AUTOR: Hans Christian Andersen
TÍTULO: Cuentos
EDITORIAL: Porrúa S.A. (Undécima edición)
AÑO: 1998
PÁGINAS: 222
SELECCIÓN/PRÓLOGO: María Edmée Álvarez
RANK: 10/10




Por Alejandro Jiménez

Lo más posible es que todos nosotros –al menos quienes ya sumamos más de dos décadas en el mundo- recordemos de una u otra manera algún cuento de Andersen. Sus historias, tal como las de los hermanos Grimm, fueron material reincidente en nuestra niñez: se las leía en los colegios, se las adaptaba en la televisión, se las recordaba por boca de padres o abuelos –quienes también habían crecido escuchándolas- o, se las sabía, en fin, como todas esas historias que sobrepasan la simple escritura y se introducen en un espacio más constante de la cultura de los pueblos. De suerte que hoy, cuando oímos nombrar “El Soldadito de Plomo”, “Pulgarcilla”, “El Patito Feo” o “El Silbato Prodigioso”, no podamos por menos que sentir un poco de nostalgia.

Pero aquello que puede ser menos conocido por nosotros, es que la vida de Andersen tuvo mucho de esos rasgos que leímos –y algunos leemos aún- en cada uno de sus cuentos. Hijo de un humilde zapatero oriundo de Odense, en Dinamarca, Hans Christian Andersen (1805-1875) tuvo al mismo tiempo una niñez triste –por la precaria situación económica de la familia- y maravillosa –por el amor que le prodigaron sus padres y las miles de historias que, al final de la jornada, le fueron contadas y que, desde entonces, constituyeron el material vital para esa imaginación desbordada que luego caracterizará su literatura y frente a la cual es muy difícil hacer comparaciones-.

A la muerte de su padre y, luego del visto bueno de la viuda –una mujer supersticiosa y abnegada-, Andersen se ve abocado, como tantos de sus personajes, a ir en busca de aventuras, primero en Copenhague y luego a lo largo de la Europa Continental, que recorrerá como una criatura ansiosa de experiencia, mientras se perfila más y más su vocación literaria. Cierto que el camino fue siempre difícil, primero porque tuvo que renunciar al canto –la pasión de su juventud que pareció le abriría las puertas a toda Dinamarca-, luego por su azarosa y truncada carrera como escritor de piezas teatrales y, finalmente, por la suerte tan distinta con que fueron asumidos sus cuentos que, a la postre, sin embargo, serían los que le granjearon los más notables honores.

Y bien que se relacionó con príncipes y reyes de su tierra natal, Francia e Inglaterra, y atestiguó en vida el reconocimiento a su talento, y ostentó grandes cargos de gobierno, y obtuvo para sí la independencia económica. Pero, también, como los protagonistas de Bajo el Sauce o La Virgen de los Ventisqueros, se enamoró perdidamente una, dos, tres veces, sin ser correspondido. Seguro que Andersen no fue un hombre agraciado, pero lo de morir solo, da pie para preguntarse algunas cosas, sobretodo, por ejemplo, si de haber sido su suerte distinta en las cuestiones amorosas hubiese perdido la literatura algo de su nutrida producción. Sea como fuere, lo cierto es que quedan para dar fe de su existencia más de 168 cuentos, que son todo un mundo con voz y lenguaje propios, y detrás de ellos toda una imagen de la historia humana, todo un recorrido por las tradiciones y mitos nórdico-germanos y, por supuesto, las costumbres más cercanas de su época con las que Andersen trabó relación, unas veces de distancia y otras de amistad.

Dar, pues, con una colectánea de sus cuentos, significa mucho. En primer lugar, porque su nombre empieza a borrarse de los pizarrones, o de las conversaciones de la tarde, para dar paso a una literatura que más parece una burla de los niños, unas veces porque es espantosamente vacía, otras porque se cae de su abundancia y complejidad. Andersen, por el contrario, siempre pudo dar con el punto exacto en el que los grandes problemas de la existencia humana encuentran la posibilidad de ser abordados por los niños, quienes, es cierto, pueden pensar que el mundo es un lugar de ensueño y fantasía, pero también de maldad, tribulaciones y mucha confusión. Hay quienes, por ejemplo, todavía nos consternamos leyendo la historia del Patito Feo, que nos mordemos la lengua ante La Niña de los Fósforos y, por qué no, nos apabullamos con las cosas dispuestas por la casa después de vérnoslas con El Gollete de la Botella.

María Edmée Álvarez seleccionó y prologó esta antología compuesta por 34 cuentos, que no es más que una pequeña muestra de esa escritura lúcida y entrañable de Andersen, muy pocas veces encontrada nuevamente en la literatura, ya no digamos infantil, porque puede considerarse esto una reducción arbitraria del asunto, sino de la literatura en general. 34 cuentos atravesados por unas características que son además, rasgos constitutivos de su obra: la aventura, la animación de los objetos, plantas y animales, la relación entre el bien y el mal, la lucha entre los rangos sociales, y el amor. Dichas características tienen así mismo, dos marcos que las unifica y les proporciona una originalidad deslumbrante: el romanticismo y el costumbrismo, que deben entenderse aquí muy bien, para no limitar la obra temporalmente, sino al contrario, ampliarla, y permitir que se desafore por doquier a través de los tiempos.

Andersen escribió también poesía, teatro y libros de viajes, pero es indudable que en el mundo se lo conoce, esencialmente, por sus cuentos. Él mismo era conciente de esta situación, y antes que considerarlo un problema, pensaba que el cuento no era una posibilidad entre tantas que tiene la literatura para expresarse, sino el espacio más propicio para alcanzar una auténtica liberación interior; a este respecto escribía en 1857:

“El cuento es el más dilatado de los dominios de la poesía; se extiende desde los ensangrentados sepulcros del tiempo primitivo hasta la imaginería de las leyendas piadosas infantiles; admite así tanto la poesía popular como la artística; para mí el cuento representa a toda la poesía, y el que lo domina sabe encerrar en él lo trágico y lo cómico, la ingenuidad, la ironía y el humor; a su servicio están las cuerdas de la lira, la lengua de los niños y los recursos del contemplador de la Naturaleza” (Pág. XXVII)

Sobre la aventura

Cómo definir, sino diciendo ¡Aventura!, las historias que nos presenta Andersen en La Sirenita, El Patito Feo, El Escarabajo o El Sapo. Uno de los rasgos más importantes de su obra se encuentra, precisamente, en este carácter aventurero que asumen sus personajes sin importar quiénes sean –hombres, objetos, plantas o animales-. Las razones que impulsan a salir de un estado natural, acomodadizo y a apostar por la búsqueda de lo nuevo –que es a lo que podríamos llamar aventura- varían de cuento en cuento: el sapo de El Sapo, quiere salir del estanque en donde ha nacido porque piensa que el mundo no puede ser solamente aquella humedad soterrada, así que un día sube a la superficie y aún tiene tiempo de pensar: tal vez este mundo con su sol y llanuras y árboles también sea un estanque del que es preciso escaparse; la elfo de Pulgarcilla debe iniciar su propia aventura porque un sapo grotesco ha interrumpido la tranquilidad en la que vive con su madre: su caso es la búsqueda de sus iguales, es decir, los otros elfos, que no conoce y, por tanto, constituyen una novedad para ella; el insecto de El Escarabajo considera que debe partir de la calle real porque se le ha ofendido obsequiando al caballo del rey con unas herraduras de oro que el palafrenero ha negado colocarle a él.

Así, pues, una aventura se inicia tanto por decisión propia, como por obligación. Sus desarrollos y desenlaces también varían: la de La Sirenita concluirá con la muerte, sucede lo mismo en Bajo el Sauce –en donde nuestro personaje muere de frío soñando con un amor difícil-, o en Algo –cuento que concluye, incluso, con la muerte de todos sus protagonistas y la puesta en escena de una nueva dimensión-. Pero puede suceder también que el desenlace de la aventura sea del todo feliz: pasa así en Los Cisnes Salvajes –cuando la hermana logra deshacer el hechizo de la madrastra que convirtió a sus hermanos en cisnes-, en El Patito Feo –cuando el hasta entonces espantoso animal se da cuenta de su alta progenie-, o en El Soldadito de Plomo –que después de tantas peripecias en alcantarillas, basuras y demás, vuelve a la caja de juguetes de su niño-. Pero he aquí que también encontramos situaciones un poco más abiertas como las de El Baúl Maravilloso –que cierra con el vuelo por la inmensidad de nuestro personaje encerrado en una caja-, Los Vecinos –en donde alternativamente mueren unos y sobreviven otros-, o en El Gollete de la Botella –frente al cual el lector no sabe si reír o lamentarse-.

El inicio de Cinco Guisantes muestra perfectamente no sólo el talento narrativo de Andersen, sino la forma en la que se gesta la aventura:

“Cinco guisantes estaban metidos en una misma vaina; eran verdes, la vaina era verde también, y por ello creían que era verde todo el mundo. Es natural y está muy puesto en razón.
Creció la vaina, y al propio tiempo los guisantes, los cuales plegándose a las circunstancias se colocaron en fila. El sol calentaba la vaina, y la lluvia la volvía transparente, y con el buen tiempo los guisantes que iban creciendo en corpulencia y en madura reflexión, llegaron a imaginar que tenían alguna misión que cumplir.
-¿Estará de Dios, que debamos permanecer eternamente inmóviles?, decía uno de ellos. ¡No faltaría más sino que nos anquilosáramos y endureciéramos por falta de ejercicio! Vaya, a mí se me antoja creer que ha de haber alguna otra cosa fuera de esta cáscara que nos encierra” (Pág. 118)

De lo inanimado a la fuerza de la vida

Seguramente la personificación de los animales y plantas o la animación de los objetos no sea una invención de Andersen, esto es un artilugio ya usado por Esopo 600 años AEC. Pero si no es cosa suya el origen, si lo es el tratamiento: en los cuentos de Andersen la vida de los objetos, su humanización, responde, no a una forma de escabullirse simplemente por los derroteros de la fantasía, sino, al contrario, de volver a los problemas de lo humano, con unos ojos renovados. Cuestiones tan propias del hombre como la identidad, las diferencias sociales, el destino, la animadversión, el desasosiego, la fuerza de voluntad, etcétera, son vistas a través del gollete de una botella que se lamenta de los días en que, todavía con su cuerpo completo, se la utilizaba para servir los mejores vinos, antes de verse convertida en el cesto para el agua de un canario; a través de un juguete que experimenta la distancia de los otros que le juzgan por una pierna que le hace falta; o a través de una aguja que al perder su cabeza se percibe a sí misma como cosa inútil.

Los rosales se preocupan por el destino de sus hijas: unas irán a dar en el ojal del chaleco de un príncipe, otras en el ramillete que acompaña un ataúd, y las últimas, quizá mueran con la cabeza sobre su cuerpo, dejadas allí a su santa suerte. Una margarita estaría dispuesta a entregarse al gozoso festín de un ruiseñor, sólo a razón de sentirse tan bella y apetecida como sus vecinas flores. Un cardo desea a toda costa hacer parte del jardín real, del que se ha visto apartado porque sus flores, además de estar protegidas por peligrosas espinas, son más bien vulgares en el país.

Y, en fin, los animales van y vienen en cada historia de Andersen: son buenos, son malos, tienen problemas, sonríen, cantan, se desesperan como cualquier humano, sueñan envalentonados, se engañan, suscitan discusiones, gestan venganzas, destruyen paradigmas, y se sienten a sus anchas o profundamente constreñidos en el mundo. Un ejemplo de la manera tan original y profunda en la que se relacionan los unos con los otros, esto es, objetos con animales, plantas con objetos y demás, podemos apreciarlo en Una Pareja de Enamorados, cuento en el que nuestro querido trompo se ha enamorado perdidamente de la orgullosa pelota:

“- Mírame, mírame, le decía a la pelota; ¿qué te parezco? Vaya, ¿nos casamos? Cree que hemos nacido el uno para el otro; tú saltas y yo bailo, ¿puede darse una pareja más feliz que nosotros?
- ¿De verás?, contestó la pelota con ironía. ¿Ignoras que mis padres fueron unas soberbias zapatillas de tafilete? ¿No sabes que tengo el cuerpo formado de corcho de España?
- Está bien, repuso el trompo; pero ten en cuenta que yo soy de caoba y que el autor de mis días es el burgomaestre en persona, quien en sus ratos de ocio se dedica a labrar toda suerte de objetos al torno, siendo yo, modestia aparte, una de sus obras maestras.
- ¿Es cierto lo que dices?, preguntó la pelota un tanto menos esquiva.
- Que nunca más pueda bailar, si falto a la vedad, exclamó el trompo.
- Veo que sabes exponer tus méritos, pero así y todo tu proyecto es imposible: yo estoy algo comprometida con una golondrina. Cada vez que me elevo al aire, asoma su cabecita fuera del nido y me dirige una declaración muy tierna. Hace ya mucho tiempo que he concebido el secreto propósito de entregarme a ella, y en este concepto me considero ligada por un irrevocable compromiso. Así pues, ya ves que no puedo acceder a tus pretensiones; estimo mucho tus sentimientos, y aun te prometo que no he de olvidarlos en toda mi vida.
- Algo es esto, sin duda, repuso el trompo lleno de tristeza; pero no basta a consolarme” (Pág. 106)

Sobre los rasgos sociales

Saberse algo si que es una constante en los cuentos de Andersen. Saberse lo que es, o al contrario, lo más distinto, pero saberse algo. En todas sus historias la aventura o situación se inicia con el reconocimiento de una cierta identidad. Pensemos en algunos ejemplos: la Sirenita se reconoce como tal, limitada a su vida en el agua, a su familia y reino, pero quiere experimentar la mortalidad humana; la última pato venida de Portugal en Escenas de Corral anda orgullosa por la granja segura de su origen; o bien, el patito feo ha escuchado tantas veces lo que dicen sobre su fealdad que ha terminado atribuyéndose esta condición. Hay algo que se es, y conforme a ello se actúa, ora porque la resignación es una virtud que parece plausible, ora porque se presenta como impostergable transformar ese condicionamiento. Y, en ese sentido, es que aparece el problema de las diferencias, de los rasgos sociales. Conforme a esta relación entre ser y actuar puede entenderse una escena como la representada en La Bujía y la Vela, en donde ambos objetos reflexionan sobre estos particulares:

“Érase una hermosa bujía de cera, que estaba infatuada por su elevado rango. ‘Soy de cera, decía; las abejas me han amasado con el jugo de las flores más fragantes, y los hombres me han hecho con molde. Alumbro mejor que todos los luminares conocidos. Mi puesto está en los suntuosos candelabros, en las arañas de cristal o cuando menos en los candelabros de plata’.
- Fastuosa es en efecto tu existencia, lo reconozco, le contestó una vela de sebo. En cambio yo soy pobre y vulgar: que me formaron con grasa de carnero; que no me han fabricado con molde, como a ti, sino haciéndome cuajar alrededor de una mecha; pero, ¿qué importa? Estoy contenta y resignada. Ocho veces mojaron la mecha en el sebo para darme el grueso necesario, mientras que para hacer una candela no la mojan más que dos veces. Estoy contenta de mi suerte, y si bien reconozco que es mucho más distinguido ser de cera que de sebo, ya sabes tú que nadie en el mundo está en el caso de escoger su nacimiento. Por lo tanto, si tú te pavoneas en el salón instalada en un candelabro o en una araña de cristal, el lugar que a mí me asignan es la cocina, y no es tan despreciable la cocina, puesto que sin ella ¿cómo podría subsistir la casa? ¿cómo comerían nuestros amos?” (Pág. 116)

Sobre el amor y el bien-mal

No podría cerrarse esta reseña sin hablar un poco sobre eso que en el lenguaje popular, y desde hace mucho, se utiliza para referirse al amor como un cuento de hadas. Por las páginas de estos Cuentos de Andersen se respira mucho de ese aire principesco, de amores marcados por la fatalidad o el egoísmo, por los deseos malévolos de alguna bruja. Así y, sobretodo, en La Sirenita, El Compañero de Viaje, El Baúl Maravilloso o La Virgen de los Ventisqueros, nos encontramos con que es menester deshacer algún conjuro, superar alguna prueba, llenarse de valor y luchar contra las adversidades, porque después de todo al otro lado del océano, o arriba de las profundidades, hay uno de esos hombres de tez blanca y ojos claros esperándonos, o alguna princesa que deslumbra con su simple presencia y que deja a su paso arrastrados suspiros.

Lo que caracterizará en este respecto a los cuentos de Andersen será acaso el hecho de que los finales de estas historias no siempre sean felices. Tenemos el caso de La Sirenita, quien sacrificó su condición natural de sirena y su propia voz para subir a la tierra, en donde se encontró con que su querido príncipe amaba a otra persona; o el caso del protagonista de El Baúl Maravilloso que bien puede hacerse al corazón de su amada, pero no escapar a los designios del destino que condenan su intrepidez y excesiva codicia. Por ello es que la relación bien-mal se encuentra muy tensa en las historias que nos presenta Andersen: no sólo resta ser, por ejemplo, un tipo audaz y lleno de simpatía, si en el fondo sus intenciones traicionan la apariencia, porque este tipo de cosas son castigadas por Sinos superiores, que allí en las situaciones concretas que se narran serán dios, la muerte, el olvido o la naturaleza.
_______________________

Cuentos constituye una lectura obligada no sólo para ese público especial a quien siempre se le han atribuido este tipo de historias, sino para toda persona, no importa su edad, que quiera, por un momento, suspenderse de los hilos más profundos de la magia, y elevarse por sobre lo dado, a un plano en donde cada cosa del universo, sin importar sus determinaciones materiales, cobra tales vida y fuerza propias, que lo humano ya no puede verse de perfil, sólo de frente y como todo.

These icons link to social bookmarking sites where readers can share and discover new web pages.