AUTOR: Hannah Arendt
TÍTULO: ¿Qué es la Política?
EDITORIAL: Paidós S.A. (Primera edición)
AÑO: 2004
PÁGINAS: 156
INTRODUCCIÓN: Fina Birulés
TRADUCCIÓN: Rosa Sala Carbó
RANK: 10/10



Por Alejandro Jiménez

Decir que Hannah Arendt (1906-1975) es la filósofa más importante del siglo XX, es tanto como decir que es la más importante de la historia. En esta idea –expuesta en una conferencia de Manuel Cruz a propósito de su centenario- creo que muchos de nosotros coincidimos. Y es que Arendt fue algo así como una luminaria para un siglo que caía de bruces en el abismo de las guerras y los totalitarismos, pero sobretodo en el vacío en que fluctuaba ese conjunto de ideas gastadas, históricamente inoportunas y cargadas de tal perfil ideológico que apenas si eran instrumentos al servicio de la demagogia.

Tal vez la figura de Arendt resulte por esta razón tan atractiva, esto es, por escapar tan contundentemente de las determinaciones que caben para una lista interminable de filósofos. Pero que a Arendt no quepa un simple adjetivo clasificatorio, no es equivalente a afirmar que tiene un lugar difuso en el panorama del pensamiento. Muy por el contrario, su sitio es de sobremanera privilegiado, bien porque su forma de acercarse a la historia y los problemas de su época fue en sumo grado original, bien porque su trabajo escapa de los simples resultados y se convierte, para quien la lee, en una herramienta de comprensión.

Pero además de esto, es posible encontrar una razón quizá un poco más profunda para percibir la dimensión de Hannah Arendt y que estaría más cercana a la propia interpretación que la autora hizo sobre su trabajo. Hablamos de su juiciosa reflexión sobre la cuestión política, aquello que, en tono jocoso, llamaba la enfermedad profesional de los filósofos. Los títulos de varios de sus libros hablan por ellos mismos: Los Orígenes del Totalitarismo (1951), Entre el Pasado y el Futuro (1961) o Sobre la Revolución (1963). En ese sentido, el texto que ahora presentamos: ¿Qué es la Política? (Was ist Politik?) (1993), reviste una especial importancia. Se trata de la publicación de los manuscritos que escribió Arendt durante 1956-1959 y que harían parte de una obra que no llegó a concretarse, pero que tendría por título Introducción a la Política.

Transcurrieron más de treinta años antes de que la misma editora que esperaba publicar el libro (la Piper norteamericana), instara a la socióloga alemana Ursula Ludz a reunir todos aquellos manuscritos que Arendt había dejado inconclusos debido a sus múltiples compromisos con universidades, las conferencias, sus otros escritos, etcétera, treinta años, pues, y aún algunos más para que por fin se editara este volumen ¿Qué es la Política?, que al contrario de lo que puede pensarse por su origen fragmentario, abarca un espacio muy amplio y profundo de los problemas de la política.

Por lo demás, no pudo escogerse alguien mejor para introducir el libro que Fina Birulés, tal vez la figura que ha seguido más de cerca la obra arendtiana en España, y quien nos presenta un estudio de casi cuarenta páginas que permite ubicar –para quienes no los hemos leído- un marco de relación con otros libros de Arendt. De suerte que se encargue de recuperar algunas nociones como las de labor, trabajo y acción; disquisiciones respecto del problema de la pluralidad/alteridad; o, en fin, incluso, aquello que Arendt entiende por acontecimiento; cosas que aquí, vienen a convertirse en herramientas bastante útiles para no perderse en ese lenguaje algo denso, profundo y, en ocasiones, pesado, pero siempre interesante, que caracteriza su escritura (rasgo que siempre hace recordar que nuestra autora fue discípula de Martin Heidegger).

Intentar abarcar aquí el conjunto de la obra es una pedantería, porque si bien el libro apenas está compuesto por dos partes (la segunda de las cuales es sólo un apéndice que recoge unas páginas en que había organizado Arendt el orden que tendría su libro, una carta enviada al editor y la presentación del proyecto) el alcance de la reflexión es muy hondo. Por nuestra parte intentaremos volver sobre lo escrito por Arendt a partir de tres cuestiones que nos han parecido cardinales: el sentido de la política, los orígenes del concepto y la relación guerra-política.

¿Tiene la política todavía algún sentido?

Pensemos en el contexto en que Hannah Arendt se formula esta pregunta: es un mundo caracterizado por dos elementos principales, en primer lugar, el advenimiento del totalitarismo –no solo en Alemania, sino también en la URSS con Stalin- y, luego, la evidencia de la posibilidad de una guerra total, es decir, de una destrucción nuclear-atómica que acabara para siempre con la especie humana. Totalitarismo y guerra total son los hechos que están de fondo en la disquisición sobre la pregunta por el sentido de la política.

Ahora, la pregunta es posible también, puesto que los marcos tradicionales con los que se ha entendido la política están gastados, al menos es necesario reformularlos. En efecto, históricamente se descubre que el problema de la política ha sido entendido exclusivamente en términos del hombre, esto es, de su singularidad, como si lo político fuese una condición connatural al hombre y sólo posible en él. Arendt no verá en esto otra cosa que una perversión, puesto que entiende que la política se basa en el hecho de la pluralidad y que, por lo mismo, no se trata de un carácter del hombre, sino de un espacio creado entre los hombres y, por lo mismo, fuera de ellos.

La familia y todas las formas de organización social basadas en su estructura tendrán como rasgo característico esta perversión, la de convertirse en marcos en que se diluye la pluralidad y se sobrevalora el hombre, al que tendríamos que entender, en tanto individuo solitario y apartado, como apolítico. La consanguinidad y el parentesco en la familia, así como el patriotismo o la idiosincrasia en la sociedad, actúan como fórmulas para dar unidad a lo diverso, y dado que su imposición no crea espacios entre los hombres, escenarios en donde se puedan discutir los asuntos humanos, se convierten en elementos no políticos.

Lo anterior deja claro que la pregunta por el sentido de la política debe estar atravesada por una reflexión sobre la pluralidad, puesto que ésta es su base, no el hombre. Lo que se hace necesario ahora, es discutir sobre lo que debe entenderse por sentido, y en esto es muy clara Arendt. Toda acción política comporta tres grandes elementos: un sentido, un fin y una meta. En sus palabras, se trata de lo siguiente:

“El sentido de una cosa, a diferencia del fin, está encerrado siempre en ella misma y el sentido de una actividad sólo puede mantenerse mientras dure esta actividad. Esto es válido para todas las actividades, también para la acción, persigan o no un fin. Con el fin de algo ocurre precisamente lo contrario; sólo hace su aparición en la realidad cuando la actividad que la creó ha llegado a su término (…). Finalmente, las metas a que nos orientamos, establecen los criterios conforme a los que debe juzgarse todo lo que se hace; sobrepasan o trascienden el acto en el mismo sentido en que toda medida trasciende aquello que tiene que medir” (Págs. 133-134)

Lo que pretende Arendt con esta diferenciación es trabajar en dos vías. La primera tiene que ver con el hecho de ubicar la libertad en el problema de la política. La autora se inclina a pensar que la libertad no puede ser el fin de la política, puesto que aquello implicaría que está por fuera de ella. Piensa, más bien, que se trata del sentido de la política, pero que aún así la relación política-libertad no se resuelve ya como en la Antigua Grecia, cuando ambas nociones tenían dos implicaciones totalmente distintas a las que tienen en el Mundo Moderno. La segunda vía de análisis respecto del sentido de la política es la violencia. Aquí es donde cobran relevancia el totalitarismo y la guerra total, porque Arendt examina la manera en la que la violencia puede manifestarse en un determinado momento de la historia como sentido de la política, buscando proveer un fin como la paz –piénsese en las revoluciones, por ejemplo-, y el desentrañamiento de este tipo de situaciones suscitará siempre miles de paradojas.

Hay otro aspecto importante con relación a este particular y no es otro que el papel de los prejuicios. Hannah Arendt hace un amplio análisis sobre ellos. Observa, primero, que se trata de la base desde la cual cada persona debe partir para hablar sobre política. Pero, partir de ellos no significa convertirlos en una camisa de fuerza. Sucede que un prejuicio no es otra cosa que un juicio que en su momento constituyó, dadas las circunstancias, una interpretación exacta de la experiencia real, pero que con el paso del tiempo y su no problematización terminó transformándose en una forma rígida de referirse a los hechos de la realidad. Las ideologías funcionan de esta manera, puesto que para quienes las siguen, no existe otra manera de explicar los hechos y fenómenos. De lo que se encargará la política, pues, será de ir en la búsqueda de aquellos juicios implícitos en los prejuicios para encontrar su grado de validez y permitir al hombre juzgar con nuevos ojos, puesto que de ello depende su acción sobre el mundo.

Dentro de la larga lista de prejuicios formados en la historia sobre la política existen tres de especial importancia. 1. La política siempre debe entenderse como una relación medios-fines, con lo cual se reduce el papel de lo político a medio y se considera extrínseco el fin del mismo; 2. El contenido de la política es la violencia, lo cual es sólo factible cuando ésta es combinada con el poder público del estado, al menos allí es cuando su discurso sobre los fines de la libertad o la vida se caen al suelo; 3. El concepto de dominación es propio de la política, cuestión bastante alejada del concepto originario de política que vendría a ser algo así como asociación de iguales en libertad.

Juicio y acción serán los dos elementos más importantes para el ejercicio político en Arendt. El primero, como dijimos, se refiere a la experiencia libre frente a la realidad. El segundo, el más estrechamente ligado con ese "espacio-entre" [Zwischen-Raum], que es el escenario de la política, tiene que ver con el provocar cadenas de acontecimientos, interrumpir procesos naturales o sociales, en última instancia tiene que ver con crear. De aquí que -al contrario de lo que muchos filósofos de su época hacían como Sartre, Heidegger o Jasper, quienes privilegiaban el concepto de muerte para explicar la existencia y acciones del hombre- Arendt prefiera recuperar la categoría de natalidad y entender por ella ese privilegio que es propio de cada acción política en el mundo: el ser libre y contingente, el iniciar lo nuevo, el no ser predecible o reversible, el ser prerrogativa del actor político. Por la misma razón, yuxtapone la acción a otras esferas de lo humano como la labor o el trabajo, las cuales no gozan de ninguna condición política puesto que, o bien se reducen a las necesidades y ciclos biológicos, siendo producto destinado al consumo y la uniformidad (labor), bien porque amplían lo que ya tiene una existencia estable, pero siguen reduciendo su alcance a lo material y proyectable (trabajo).

Los orígenes de la política

Buena parte de los dos capítulos más largos del libro están dedicados a la revisión de los orígenes de la política. No es sólo una cuestión que tenga que ver con los intereses propiamente conceptuales del libro, sino también con el deseo siempre manifiesto de Arendt por ir atrás a limpiar un poco las palabras de sus usos convencionales y evitar confusiones de orden práctico. El examen tiene tres momentos especiales: Grecia, Roma y Edad Media y lo que intentará nuestra autora es ir tras la pista de las transformaciones que han venido manifestándose en torno de lo político y la manera en la que han repercutido en la consideración moderna del problema.

Lo primero que encuentra Arendt es que, si bien todavía se sigue asumiendo que libertad y política mantienen una relación bastante estrecha, hasta el punto de hacerse indistinguibles, hay una distancia infranqueable entre estas dos nociones según se observen en Grecia o en el Mundo Moderno. Lo que sucede es que en el mundo helénico la política era una acción que sólo podían ejercer los hombres libres, es decir, aquellos que esclavizando a otros para que supliesen las necesidades de la vida, si se quiere mundanas, podían dedicarse a los problemas de la polis. Siendo libres, compartían una condición de igualdad, o lo que equivale a decir, eran iguales en tanto libres para ejercer la política; de modo que ni los bárbaros, ajenos a la forma de organización de la polis, ni los esclavos pudiesen considerarse aptos para la vida pública.

Nuestra forma de entender la igualdad varía radicalmente de ésta en el sentido de que la asumimos especialmente con relación a la justicia, no a la libertad, estamos, por así decirlo, permeados de una noción de derecho inexistente en Grecia. Aquella condición cambiará, sin embargo, con la llegada del mundo romano. Al contrario de los griegos, para quienes la política externa era una cuestión inexistente, los romanos basaran su vida pública en acuerdos y alianzas, esto es, a través de la consolidación de una lex (ley) producto de negociaciones a las que se llega durante la guerra: un sometimiento a un marco regulador que permite extender el territorio conservando una cierta unidad. El nomos griego, no estaba influenciado por esta idea, puesto que la ley para ellos era entendida como una función no política para la que se pagaba a un legislador y que precedía la formación misma de la polis, que desde entonces se regiría por esa ley. Para el romano, en cambio, la ley trasciende el espacio, y sólo surge desde cuando es creado en el ámbito público.

El otro gran elemento en la búsqueda del concepto de política, se encuentra en el advenimiento del cristianismo. En Grecia tuvo lugar con la aparición de la Academia el nacimiento de los centros de pensamiento que –sin ser políticos- discutían sobre los asuntos de la polis: la Academia era un lugar de encuentro, pero no era pública en el sentido de que no estaba diseñada para tomar decisiones concretas respecto del futuro de la polis. Sucede algo similar en el cristianismo: la iglesia construye un sitio de reunión que también se desliga de lo público en tanto no se preocupa por ello, sino por una relación de hombre-hombre mediada por valores alternos: amor, misericordia: cosas que estaban por fuera de la cabeza de los griegos. Sólo hasta San Agustín podrán observarse algunos cambios respecto de esta inclinación de la religión, pero se centrarán especialmente en la exigencia hecha a la política para el ejercicio de su libertad como institución.

En este punto, ocurrió con la iglesia lo que antes con la Academia y que puede explicarse como una degeneración de la política. Esta, la política, había nacido como una relación entre iguales para debatir asuntos públicos, pero empieza ahora a entenderse como un marco regulador que permite ciertas libertades no políticas –la de culto o la de pensamiento, en los casos citados-. Dicha degeneración vendrá hasta nuestros días, y se la interpretará en el marco moderno de forma parecida: la política es el mecanismo para salvaguardar las libertades privadas y públicas no políticas, y en ese sentido, aparecen los estados-nación. Pero, como se ve, es algo que dista enormemente del origen primario de la política.

La relación guerra-política

En el momento en que emerge la figura del estado-nación, la política sufre un trastrocamiento profundo: aparece la violencia estatal. Ciertamente que durante toda la historia han existido cientos de situaciones que permiten dar cuenta de guerras totales. Arendt cita el caso de los pueblos bárbaros que barrían con ciudades completas sin dejar rastro de nada. Pero, la violencia estatal es mucho más peligrosa por varias razones. En primer lugar, no sólo se trata de violencia externa –como es el caso bárbaro-, sino también interna, es decir, contra los mismos habitantes del estado. Esto se debe básicamente a que, dentro de la teoría política de Arendt, no cabe la posibilidad de destruir una parte del mundo, sin que quien la destruye se vea perfectamente afectado.

Si el mundo es aquello que los hombres construyen con sus acciones entre ellos, y sabiendo que una bomba atómica barre no sólo con los recursos físicos de una ciudad o un país, debe comprenderse que también desaparecen con ellos, formas particulares de interpretar el mundo, o sea, aquello que conformaba la pluralidad. Algunas páginas antes de analizar los alcances de la guerra Arendt ha planteado lo siguiente:

“Lo decisivo entonces como hoy no es de ninguna manera que cada cual pudiera decir lo que quiera, o que cada hombre tenga el derecho inherente de expresarse tal como sea. Aquí de lo que se trata más bien es de darse cuenta de que nadie comprende adecuadamente por sí mismo y sin sus iguales lo que es objetivo en su plena realidad porque se le muestra y manifiesta siempre en una perspectiva que se ajusta a su posición en el mundo y le es inherente. Sólo puede ver y experimentar el mundo tal como éste es “realmente” al entenderlo como algo que es común a muchos, que yace entre ellos, que los separa y los une, que se muestra distinto a cada uno de ellos y que, por este motivo, únicamente es comprensible en la medida en que muchos, hablando entre sí sobre él, intercambian sus perspectivas” (Pág. 79)

La guerra no puede ser, como es el decir de muchos, una continuación de la política en otro plano. Y no lo puede ser porque, así lo hace ver Arendt, cuando la guerra destruye un grupo particular de hombres, elimina aquella perspectiva que era propia de ese mismo grupo y que por lo tanto no estará presente cuando se busque interpretar acertadamente un fenómeno objetivo de la realidad, puesto que esa interpretación sólo es posible en el reconocimiento de la múltiples perspectivas. De suerte que lo que traiga de desastroso un totalitarismo (entiéndase aquí como politización total y libertad mínima) no es tanto la violencia física que pueda ejercer su aparato estatal, como la destrucción de esas formas de entender la realidad propias de cada quien y, por ende, la eliminación de los espacios de libertad política que se han construido.

Ahora bien, la perspectiva es mucho más crítica cuando se trata de amenazas de tipo nuclear. Las experiencias de Hiroshima y Nagasaki fueron bastante significativas para Arendt en términos de analizar este respecto. Precisamente, cuando la autora se pregunta por el sentido de la política está pensando en aquello de lo que la gente del común empieza a sentirse persuadida: la política nos amenaza. En efecto, si la política es el marco que permite la emergencia de la violencia estatal, que potencia las invenciones tecnológicas, que concentra el poder, por qué ha de confiarse en ella. En cierto modo, lo que resulta de la lectura de ¿Qué es la Política? es la limpieza del concepto y un hacer ver cómo esas atribuciones sólo pueden hacérsele a una degeneración de lo político.

Pero sea como sea, el peligro sigue siendo inminente, y a ello se le suma algo que no tenía precedentes: ahora no sólo se encuentra en peligro la estabilidad de los países que están en conflicto, y que pueden o no tener ideologías totalitarias, sino la especie humana en su conjunto. Como puede observarse en la experiencia atómica japonesa, ni Estados Unidos, ni Japón misma eran naciones totalitarias. Aquellas bombas nucleares habían sido preparadas como una supuesta precaución frente a los desarrollos tecnológicos alemanes, pero fueron a dar contra una nación, imperialista sí, pero no totalitaria. Esto quiere decir: ninguna nación está exenta del peligro de una guerra total. Lo que está en riesgo, nos dice Arendt, es algo que no podría entrar nunca en el terreno de las negociaciones: la simple existencia de un país o un pueblo.
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La teoría política de Hannah Arendt rebosa una originalidad deslumbrante en el planteamiento de sus problemas y, por la misma razón, lo que llama la atención de ella, ya no es aquello que podemos aprender de sus reflexiones, sino la manera en la que podemos tomarla por base para la comprensión de la realidad en su conjunto, es decir, ¿Qué es la Política?, como en general el pensamiento arendtiano, no es tanto una obra de referencia, como una experiencia frente a la pregunta: cómo pensar.

La fundación Juan March realizó en octubre de 2006 un ciclo de conferencias dedicadas exclusivamente a la recuperación de la figura de Hannah Arendt en su primer centenario de nacimiento, y están disponibles en su portal para escucharlas y descargarlas todas las intervenciones (los ponentes son de primer orden: Manuel Cruz, Fina Birulés, Fernando Vallespín y Victoria Camps):

Fund. Juan March – Pensadora del Siglo: Hannah Arendt (1906-1975)

Del mismo modo, los invito a visitar el blog de nuestros amigos de la Videoteca de Humanidades en donde está disponible para descarga una entrevista a Hannah Arendt de 1974, con buena calidad de imagen y subtítulos en español:

Hannah Arendt - Grandes Pensadores del Siglo XX

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