AUTOR: Gordon Lumas
TÍTULO: Demasiado Plomo para Mí
EDITORIAL: Ediciones B, S.A. (Primera edición)
AÑO: 1997
PÁGINAS: 95
RANK: 7/10
.
.


Por Alejandro Jiménez

Tal como sucedió con las colecciones de ciencia ficción y terror, las del oeste también estuvieron muy presentes en el inicio mismo de la historia de los bolsilibros. Las primeras colecciones acaso daten –como aquellas- de los años cincuentas y, desde entonces, siempre han contado con un público recurrente. Podría decirse por ello y sin temor a equivocarse, que prácticamente por cada casa editora de pulps ha existido una serie dedicada a las historias del oeste. Algunos nombres como los de Lou Carrigan o Marcial La Fuente Estefanía han, incluso, trascendido el espacio exclusivo de los pulps, para figurar en ese otro, más amplio, formado en la literatura por los relatos que dan cuenta del "salvaje oeste".

Es tal la acogida que han tenido los bolsilibros de este tipo que, por ejemplo, Ediciones B, no sólo publicó durante los noventas la colección Oeste Legendario –serie en la que apareció este título Demasiado Plomo para Mí-, sino casi una docena más, entre las que se cuentan: Ases del Oeste, Calibre 44, Héroes de la Pradera, Kansas o Texas. Todas ellas, por supuesto, comparten esa característica primordial de las historias del oeste, esto es, su acción: violenta, trepidante, continua, plagada de vendettas y desaires, impulsada por tipos malos, rencorosos y llena de duelos y tiroteos hasta el final; una acción que, en fin, no sólo por sus cualidades en tanto fábula, sino también por el ritmo narrativo que exige el formato pulp es, verdaderamente, una experiencia de la que uno sale oliendo a pólvora.

Gordon Lumas, pseudónimo de José María Lliró Olivé –quien también usa el nombre Burton Hare para sus publicaciones de otros géneros-, es autor además de Los Hay Mejores en el Infierno, Te Quiero Muerte y Huracán en Valle Hondo. Esta historia suya, Demasiado Plomo para Mí –número 334 de la Serie Oeste Legendario-, comporta ese tipo de acción al que antes me refería, pero es especial por el telón histórico que le sirve de fondo: la guerra entre mestizos y blancos de la Baja California. Se trata de una historia de amor y venganza que es, al mismo tiempo, algo así como el paso concreto de una sociedad en donde las distancias raciales estaban totalmente pronunciadas, a otra en donde opera su reconciliación en el plano de los derechos y valores.

La narración de Lumas está centrada de sobremanera en los acontecimientos; es así como las descripciones de los espacios exteriores –muy frecuente en otros autores-, los desiertos, las zonas rocosas o los pueblos, apenas son pinceladas aquí, y más bien se privilegia la velocidad de lo sucedido, los diálogos entre personajes, la intriga que impulsa a su protagonista, etcétera. Debilidad o virtud, lo cierto es que en Demasiado Plomo para Mí, el lector se siente como ante una breve película que pasa demasiado rápido, pero que no por ello, deja de crear una intriga y una trama bastante bien logradas, cuyo único defecto quizá sea el que concluyan como uno quiere.

La edición está bastante bien cuidada, de suerte que no se perciba tal cantidad de errores como sucede en un buen número de pulps. Sin embargo, sí hay un craso error y es que en la primera página no se anuncia a Gordon Lumas como el autor del libro, sino a Lou Carrigan, cosa que desmienten los derechos de autor registrados al inicio y la misma portada del bolsilibro. Pequeñas cosas que siempre se encuentran en este tipo de publicaciones pero que, no sé exactamente por qué razón, antes de resultar un motivo para inquietarse, terminan siempre despertando en uno, la más grande sonrisa cuando se descubren.

Johnny Meroy: un mestizo justiciero

Thomas Risto y su pandilla de bandoleros se han apoderado de Los Portales, un pueblo olvidado camino a la frontera. Se han dedicado a hacer lo que se les antoja: robar, beber, perseguir a las mujeres y matar. Huyendo de aquel paisaje espantoso y de una violación inevitable, Doris Murray –una muchacha de apenas diecinueve años- corre hacia las montañas en donde encuentra a Johnny Meroy, un vagabundo que va al galope de su caballo negro. La chica le comenta la desgracia que se cierne sobre el pueblo y la inminente fatalidad que la persigue. Él, cautivado por la belleza de Doris, decide permanecer con ella toda la noche a la espera de que los bandidos abandonen el pueblo, cosa que acostumbran a hacer después de cierto tiempo.

Pero Risto, también cautivado por la imponente figura de la muchacha, no renuncia a sus intenciones y manda a algunos de sus hombres a buscarla, de modo que Johnny –quien por demás es un excelente pistolero- debe enfrentarlos, matando a los tres hombres. A la mañana siguiente, y pensando que la pesadilla ha terminado, regresan a Los Portales, en donde nuevamente Meroy debe enfrentarse a los forajidos de Risto. Creyendo que esto sí resultaría suficiente para que renunciase a su cometido, Johnny continúa su camino hacia la frontera, pero un presentimiento lo hace volver encontrándose con que la chica ha terminado por fin en las manos de aquel bandido. Gracias a las indicaciones de la madre de aquella, de la que sólo recibe miradas desconfiadas, Johnny parte de nuevo hacia las zonas rocosas, ataca la caravana que lleva el botín del pueblo, captura a Risto, que terminará al fondo de un abismo y salva a la mujer que, a la sazón enamorada de su héroe, le entrega su virginidad.

Pero hay dos situaciones infranqueables entre ellos. En primer lugar, él es un mestizo y la madre de la chica no está dispuesta a que su hija termine casada con un hombre de sangre inferior. Y, segundo, Johnny, a pesar de lo que empieza a sentir por Doris, es un tipo seco, circunspecto y está enredado en un objetivo bastante claro que se aparta de los líos amorosos: vengar la muerte de sus padres y tribu. Por ello, continúa su camino hacia la frontera, en donde se encuentra a León Zuleta Vargas, el villano que colaboró en el proceso de expropiación de tierras y en el exterminio de todos los pieles rojas de la región, raza a la que pertenecía la madre de Johnny y su padre que, si bien blanco, se enfrentó en la línea de los indios cuando los invasores descubrieron que existía oro en las tierras de los nativos.

La misma vida, sin embargo, se ha encargado de saldar cuentas a Zuleta Vargas que es poco más que un indigente en Arroyo Seco –un pueblo de la frontera-, razón por la cual Johnny decide no matarlo. No así con Randy Helm, el verdadero culpable de toda esa cadena de muertes que acabó con la raza de su madre. Aquel, al contrario de su camarada venido a menos, sí ha sabido granjearse un destino envidiable: rico, dueño de los mejores territorios y hasta alcalde de Nogales, un pueblo del norte. Es así que Johnny toma su caballo y marcha en su búsqueda, descubriendo que el tipo es más poderoso de lo que pensaba y que, incluso, ahora tiene una esposa e hija. Confiesa a esta última el pasado de su padre, lo que causa tal revuelo en ella que termina huyendo de su hacienda, que poco después se verá consumida por las llamas. Al momento llega Randy Helm –un verdugo sin escrúpulos que Johnny reconoce por su pelo rojizo y una cicatriz en el rostro-, lo captura y lo lleva a la montaña. Habrá que esperar qué sucede allí y todavía qué pasa a la vuelta de Johnny a Los Portales, en donde Doris, todavía enamorada de él, debe confesarle una situación que tal vez pueda unirlos para siempre.

Sobre los mestizos y los blancos

Johnny es mestizo; hijo de padre blanco y madre india, gozó, gracias al trabajo de su padre con las pieles de animales, de una buena educación que, incluso, alcanzó la formación en leyes. Pero su destino cambió una vez que los pieles rojas fueron expulsados de sus territorios ancestrales para dar paso a las comunidades blancas, y mucho más cuando en los parques en que fueron asentados se descubrió el oro. La avaricia de los blancos los llevó a planear el asesinato de toda la tribu, cosa ante la que Johnny, menor todavía, no pudo hacer nada. Su madre asesinada y su padre torturado hasta desfallecer fueron fantasmas que acompañaron el deseo de venganza de Johnny y que después de una década todavía seguía ferviente en él. Esto lo sabemos sólo hasta el final, cuando el mismo Johnny cuenta la verdadera razón de su desquite a la hija de Randy Helm:

“- Un hombre lo planeó. Política de hechos consumados le llamaron después a eso. Reunió una gran partida de ambiciosos buscadores y les hizo comprender lo fácil que resultaría exterminar a un puñado de indios famélicos, casi sin armas, desmoralizados y miserables. Luego, buscaron un buen conocedor del territorio, alguien que fuera capaz de servirles de guía para atacar por los puntos más vulnerables… Contrataron a un mexicano llamado León Zuleta Vargas, buena parte de cuya vida había transcurrido en aquellas tierras y por consiguiente las conocía bien. También conocía a los pieles rojas, con los que había compartido muchas noches de fogata y cena…
- (…) Se vendió al mejor postor, y el mejor postor fue el hombre que había tramado el plan. De modo que atacaron la reserva una noche, dispuestos a no admitir prisioneros, sólo muertos. Naturalmente que los pieles rojas se defendieron. Pero poco podían hacer contra una tropa de desalmados bien armados y mejor dirigidos. Resistieron como fieras atrapadas en una trampa… No les sirvió de nada. Hombres, mujeres, niños y ancianos fueron asesinados bárbaramente, pasados a cuchillo los que sobrevivieron a los combates, exterminados como alimañas…” (Pág. 83)

Esta situación que es algo así como una crónica del exterminio –que, ciertamente, se produjo no sólo en esa parte de América, sino en todo Centro y Sur América con los distintos grupos indígenas- se suma a otra gran reflexión presente en el pulp sobre la condición de los mestizos e indios en un territorio en el que el peso de las costumbres y discursos de los blancos era ya la norma. Me refiero a los actos que, dentro de la cotidianeidad, comprueban ese estado histórico al que responde el exterminio de un determinado grupo racial. La madre de Doris, por ejemplo, se encuentra profundamente indignada ante la posibilidad de que su hija se enamore y establezca relaciones maritales con Johnny, quien para ella no es más que un mestizo de sangre sucia e inferior. Aquello es también lo que parece pensar el mismo Johnny, para quien la relación con Doris no sólo se dificulta porque tenga que cumplir con su cometido de venganza, sino además porque, más allá de lo que pueda sentir por la muchacha, hay barreras sociales que no pueden sobrepasarse: como el color de su piel, los rasgos de su rostro o ese tipo de cosas.

Sin embargo, mucho de esto se encuentra en pleno proceso de transformación. Lo vamos a ver con el desenlace de la historia, pero además con otras muchas cosas propias de la estructura social que empiezan a cambiar, como la posibilidad de la propiedad privada para los mestizos. Cuando Randy Helm es capturado y, viendo el ineluctable final de su existencia, ofrece una cantidad maravillosa de dinero a Johnny a cambio de su vida, acompaña su oferta con una afirmación: con dinero no importa ser un mestizo, porque esa condición puede borrarse cuando se tiene el poder que otorga una propiedad, es decir, hay ya algunos espacios en que es salvable la diferencia racial. Por su puesto que la cuestión es discutir sobre la forma en que es factible eliminar esa diferencia, que a fin de cuentas corresponde al lenguaje de los blancos y, sobretodo, qué alcance real tiene –incluso hasta nuestros días- cuando lo cotidiano, sus valores, sus costumbres y demás, siguen tan permeadas de lenguajes discriminadores y racialistas.

Sobre el carácter de Johnny Meroy

Ese peculiar origen de Johnny Meroy hace que su carácter no sea tan clasificable como tradicionalmente se hace. Uno puede pensar que los indios fueron y son todavía aguerridos, místicos, defensores a ultranza de sus creencias y que, por su parte, los blancos, durante todo el proceso de conquista y colonización, se han mostrado como astutos, codiciosos y sin escrúpulos. Y bien, Johnny está en el medio de esta caracterización –que lógicamente subvalora individualidades, pero sirve de marco de referencia-. Quizá, por lo mismo, no resultara del todo desacertado afirmar que Johnny es lo que podríamos llamar el hombre americano que nace durante esta parte del desarrollo histórico, puesto que él es el espacio en donde se condensan los dos grandes núcleos de su espíritu: lo blanco y lo indio y, cómo no, es la primera vez que esa misma condición bipartita, responde a las condiciones propias del territorio americano: su clima, geografía, costumbres, etcétera.

Ahora, es verdad que el mestizaje existía ya desde hacía muchos siglos en América, que aquello a lo que solemos llamar el "salvaje oeste" es mucho más reciente, pero sucede que es aquí en donde por primera vez se está poniendo en un relieve justo y reivindicador el problema del mestizaje y su lugar dentro de la estructura social de los países de América. Y en ese sentido Demasiado Plomo para Mí, no es una historia más del oeste, de sus pistoleros y venganzas, de los hombres fuertes que beben en la taberna mientras se salvaguardan del imperioso clima del desierto americano, sino también un examen –muy breve, es cierto- sobre el tipo de dilemas que en el marco de las relaciones entre personas se estaban gestando para la época y que, por lo mismo, configuraban ciertas condiciones reales y factibles de la historia.
___________________

Rápida como cualquiera de las balas que salen del “44” de Johnny, contundente como su puntería e intrigante como sus pensamientos, Demasiado Plomo para Mí es una historia de venganza, de amor, de muerte y de golpes, que por su alcance histórico, bien puede ser recomendada como lectura para el análisis de las condiciones históricas desde las que habla.

These icons link to social bookmarking sites where readers can share and discover new web pages.