AUTOR: Ramón J. Sender
TÍTULO: La Aventura Equinoccial de Lope de Aguirre
EDITORIAL: Bruguera S.A. (Primera edición)
AÑO: 1981
PÁGINAS: 416
RANK: 7/10
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Por Jorge Vanegas Aparicio

La Aventura Equinoccial de Lope de Aguirre (1964) es una novela de carácter histórico que constituye, a su vez, una epopeya trágica que narra las desventuras de una expedición española forzosamente anclada en un viaje que la conducirá de manera inevitable por la senda de la tragedia y la perdición. Es una historia que describe, ante todo, la despiadada lucha que emprende Lope de Aguirre, un individuo afanoso por obtener y mantener el poderío absoluto sobre las tierras y hombres del Nuevo Mundo.

La novela hace parte del conjunto de obras que el escritor español Ramón J. Sender (1901-1982) concibió ya durante la madurez de su carrera, después de recorrer –muchas veces a título de exilio- buena parte de Europa y América. Por tal razón, se aparta de los motivos revolucionarios y sociales, propios de sus primeros escritos, y se concentra en la recuperación de ciertos capítulos históricos que matiza con su particular estilo narrativo.

Es la época también de obras como Carolus Rex (1963) y El Bandido Adolescente (1965). Sea porque las relaciones de Sender con España siempre fueron difíciles, o porque su compatriota Lope de Aguirre tuvo una existencia inquietante, o porque su amplia experiencia narrativa le daba la fortaleza para ello, pero La Aventura Equinoccial de Lope de Aguirre constituye una página memorable de la novela histórica española de la segunda mitad del siglo XX.

Una expedición condenada al fracaso

En el año de 1559 el rey de España Felipe II encarga a don Pedro de Ursúa iniciar la expedición que dará con el famoso Dorado. Sin dudarlo un instante, el capitán Ursúa emprende la empresa junto con su amante, la bella Inés de Atienza, desatendiendo los consejos de su amigo Pedro Añasco que lo insta a que no viaje con ella, pues las mujeres en las empresas de guerra sólo traen desgracias; no lo escucha, tampoco oye las advertencias que le da sobre ciertos bribones que se hallan enrolados dentro de la expedición, en especial un tal Lope de Aguirre, un rufián sin escrúpulo alguno. Don Ursúa, seguro de él mismo desatiende las recomendaciones de Añasco aduciendo que ciertamente aquellos canallas eran quienes daban más muestras de valentía en el combate:

“En otra carta Añasco le decía también que cuidara mucho de algunos individuos que llevaba en su armada y que prescindiera de ellos… Le daba los nombres de los soldados que consideraba peligrosos, entre ellos Lope de Aguirre, Zalduendo y La Bandera. Pero Urzúa no echó de su campamento sino a un soldado que no era ninguno de aquellos tres y sólo por un delito ligero de disciplina” (Pág. 7)

La expedición comienza mal: las embarcaciones apresuradamente construidas empiezan a pudrirse por los hongos de la zona tan pronto fondean los temerarios ríos de Sur América, los alimentos empiezan a escasear y el carácter de los inactivos soldados españoles se torna difícil debido al intenso calor del equinoccio ecuatorial.

Tiempo después, ya en tierra, la situación en la armada comienza a deteriorarse: ya casi no quedan alimentos, algunos indios que traían consigo huyen o mueren de hambre, los pocos animales que transportaban en sus embarcaciones para reproducirlos allá donde llegaran a tomar tierra son sacrificados y consumidos en el acto. También la conducta de don Pedro de Ursúa empieza a cambiar, se torna negligente a causa de los goces que le otorga su amada, sus propios hombres empiezan a desconfiar de él, lo creen un ser altivo que ignora las penurias de todos sus soldados mientras éste se amodorra en placeres y en abundantes víveres que tiene para él mismo y su amada:

“Pero la insolencia de Ursúa no estaba sólo en mostrarse demasiado seguro de sí, sino que iba acompañado de alguna clase de desdén que no era habitual en Ursúa, pero que venía a ser consecuencia de su saciedad sexual” (Pág. 38)

El amotinamiento es inminente; el experimentado soldado Lope de Aguirre, insatisfecho con la expedición en la que andaba enganchado y poco amigo de don Ursúa –lo llamaba despectivamente “el gabacho”, a sus espaldas- ve una oportunidad de oro en todo este descontento general: confabula con sus amigos, se hace nuevos aliados, explota aquí y allá las envidas e inquinas de los soldados de la expedición, todo con el único fin de apartar del mando al apático Pedro de Ursúa:

“Montoya y otros que ya abiertamente formaban corro con Lope de Aguirre y hablaban en voz alta contra el gobernador decían que habían caminado más de setecientas leguas y ni habían hallado las provincias ricas que buscaban ni poblaciones industriosas ni comarcas agrícolas y de provecho, que no había rastro de ellas ni rumbo por donde tratar de buscarlas” (Pág. 103)

Dicho y hecho, don Ursúa es derrocado por Lope, implantando en su lugar a don Hernando Guzmán, un noble sevillano incondicional de este último. No obstante, su figura es poco más que la de un títere, su escaso carácter hace menoscabo en su don de mando y simplemente se dedica a seguir las disposiciones del vascongado Aguirre. Por otro lado, las antipatías resurgen de nuevo en la expedición, los intereses particulares de unos tantos empiezan a salir a flote:

“La gente se dividió en grupos. Algunos soldados fueron a Lope y le insistieron en la desvergüenza de La Bandera, pero Lope los atajaba:
- Calma señores que cada día trae su afán”

Lo que queda de la expedición española se transforma en un ejército renegado que se desprende de la autoridad real, se hacen llamar a ellos mismos los marañones y muchos de ellos, aunque no todos, deciden volverse contra el monarca Felipe II y todas las instituciones del reino español.

Lope de Aguirre que encabeza esta insubordinación, comienza a desarrollar una personalidad en extremo paranoica: siempre se hace acompañar de dos enormes negros que le sirven como verdugos, ejecuta a aquellos de quienes sospecha son los próximos conspiradores. Su previsión en ésto le llevará a trastocarse en un ser brutal, temido por casi todos sus subalternos e, incluso, por el mismo don Hernando Guzmán, que no se atreve a contradecirle.

Al mismo tiempo, unos cuantos tratarán de cortejar a la viuda doña Inés, para lograr su amor; Lope advertirá en esto otra ocasión para, de nuevo, hacer a un lado a aquellos soldados adversos a su posible ascenso al poder. Incluso empieza a desconfiar de la misma Inés de Atienza, pues ve en ella un punto de quiebre de toda la armada:

“Pero La Bandera anda enamorado y eso es algo. Zalduendo sueña con quitarle la hembra a La Bandera y eso es algo más” (Pág. 162)

A pesar de haber eliminado a los gobernantes ineptos, las penurias en la expedición continúan, el acoso de los belicosos indios, del hambre, de la sed, de las enfermedades tropicales, de los insectos ponzoñosos, de las enormes boas que engullen hombres en un dos por tres, de la selva misma, se convierten en barreras que pondrán grandes dificultades a los conquistadores españoles; todo ello, sumado al despótico gobierno de Lope de Aguirre, determinará el desasosiego entre los marañones.

Al proseguir su camino se topan con una colonia española, en cuya próspera capital Yua, Lope de Aguirre comete las más indecibles atrocidades, no sólo contra la población civil que habita la ciudad sino también contra sus propios soldados, circunstancia que provocará la deserción y la traición de sus mejores hombres. Lope, que anda con su hija Elvira cuando puede y con su sirvienta llamada la Torralba, se torna de un carácter tempestuoso, ni siquiera sus más fieles subordinados se confían de él, cualquier contrariedad hacia Lope es vista como un signo de traición por éste e, inmediatamente, castigada con la muerte. Los ajusticiamientos en la productiva colonia se suceden hasta por las nimiedades más absurdas:

“Algunos soldados comenzaron a pensar que ni por leales ni por dudosos tenían sus vidas seguras, ya que dependían más del capricho de Lope que de ninguna consideración de justicia. Y sus caprichos nadie los entendía” (Pág. 300)

Lo que resta de la expedición de Aguirre se decide a embarcar de nuevo hacia el Perú, y conquistar a sangre y fuego lo que por derecho, ellos piensan, les pertenece; será preciso que todos los gobernantes españoles de las áreas circundantes aúnen esfuerzos para hacer frente a los marañones de Lope de Aguirre e impedir que su cruzada continúe.

Sobre Lope de Aguirre

Lope de Aguirre fue un curtido soldado español que participó en las conquistas del Nuevo Mundo; vascuence de nacimiento pero afincado en la provincia del Perú, logró hacerse un respetable lugar tanto entre sus subalternos como entre sus regentes; aquellos que lo conocían le consideraban un fiero guerrero que nunca huía de la batalla. Sarcástico de comentario, de baja estatura y cojitranco por un arcabuzazo recibido en su pierna durante una batalla contra sus propios compatriotas. Siempre deseoso de ir más allá de lo que la fortuna le otorgó, Lope fue un eficaz líder que hacia acopio de un carácter tenaz e inquebrantable.

Era un soldado recursivo pero también un hombre artero. Algunos le apodaban Aguirre el loco, aunque eso de loco era más bien algo casual ocurrido quizá por su manía a la guerra, porque su lucidez en la empresa conquistadora nunca se puso en duda. Padre de una única hija, la mestiza Elvira, supo tratarla con afecto, y quererla tanto como pudo. Fue un individuo que descreía de las instituciones eclesiásticas y de la corona española por creerlas artificiosas y corruptas.

Lope, un prócer independentista

Algo que, sin embargo, causa gran curiosidad en la figura de Lope, es el hecho de que haya renegado de toda su casta española. Dirán algunos que lo hizo por pura conveniencia, pero lo cierto es que, según como nos lo muestra Ramón J. Sender, Aguirre denostó todo lo que fuera español y representara a los reyes católicos:

“Reniego de mi nombre de español y me halago con llamarme marañón y peruano y todo para mejor descartarme de la servidumbre al rey Felipe II. Reniego de un rey y de unos ministros que en el nombre de Dios hacen al servicio de Satanás en España y las Indias” (Pág. 183)

Unos afirman que, a su modo, fue el primer prócer independentista del nuevo mundo, trató de desligarse de cualquier vínculo con la monarquía española pues quiso, con todo su ímpetu, regresar cuanto antes a Perú, eliminar toda la oposición que fuera fiel a la corona allí y formar junto con sus marañones un Estado independiente a ésta:

“Yo voy a fundar y establecer un reino a mi manera ¿Es qué no tenemos nosotros derecho a conducirnos estúpidamente en lo alto de la pirámide como los que están ahora?” (Pág. 228)

Aunque no hay duda de que en su proceder se cometieron las más absurdas matanzas que llenaron de hastío hasta a sus soldados más curtidos, muchos de ellos acostumbrados a las crueldades de la guerra. Lope sólo se escudaba en la idea de que el rey Felipe II asesinó mucha más gente durante la conquista de las Indias, argumento cuestionable pero no del todo traído de los pelos:

“Poco haría con su honradez Felipe II si no matara gente. Que ha matado más cristianos en secreto que diez veces la gente que yo llevo en el real” (Pág. 229)

El equinoccio ecuatorial

Los conquistadores españoles que se aventuraron por el río Amazonas en busca del célebre Dorado fueron presa de un insufrible calor, que repercutió en la forma como se comportaban con los demás integrantes de la tropilla. El tormentoso calor fue un elemento que produjo la desidia entre la tropa, lo que hizo mella en el estado anímico del grupo. Algunos sólo se movían como autómatas, otros ni siquiera tenían voluntad para hacerlo, a estos se les menguaba el ánimo y a aquellos los enardecía en límites peligrosos. La selva fue un obstáculo casi infranqueable, pero el equinoccio ecuatorial con su insoportable acaloramiento fue un fantasma inquebrantable que los españoles nunca pudieron soslayar:

“El día entraba poco a poco en el fanal del equinoccio y una vez más producía el calor efectos extraños. Tan pronto tomaba la gente una determinación urgente, como su cumplimiento –que se había considerado inmediato e inevitable- se aplazaba sin saber por qué. O se olvidaba, a veces” (Pág. 213)

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La Aventura Equinoccial de Lope de Aguirre constituye un relato histórico que recrea de manera deleitante los hechos acontecidos durante la expedición española que intento alcanzar el Dorado. La figura de Lope de Aguirre es un calco que representa la ambición humana en su anhelo por conseguir el poder. Empero, fue un individuo presa de las más absurdas paranoias que lo constriñeron a cometer absurdos crímenes, todo por no dejar que nadie le quitara la autoridad absoluta. Si pensase en todo lo que escribió Maquiavelo en su celebre El Príncipe, sin duda llegaría a mi cabeza la figura de Aguirre el loco, aquel viejo soldado que codició el poder comportándose de manera feroz y fulminante contra aquellos “enemigos” que se le interponían en su paso.

Ver también: Los Pecados de Inés de Hinojosa

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