AUTOR: Miguel de Unamuno y Jugo
TÍTULO: Niebla
EDITORIAL: Época S.A. de C.V. (Primera edición)
AÑO: 1997
PÁGINAS: 148
RANK: 10/10
.
.



Por Alexander Peña Sáenz

Miguel de Unamuno y Jugo (1864-1936) –escritor y filósofo, prolífico representante de la generación del 98-, tomó parte en la historia de dos siglos (XIX y XX), cultivando géneros tan dispares como la novela: Paz en la Guerra, Amor y Pedagogía, La Tía Tula, Abel Sánchez; la poesía: El Cristo de Velásquez, Romancero del Destierro o Rosario de Sonetos Líricos; el teatro: Fedra, El otro, Hermano Juan, Sombras de Sueño; y el ensayo filosófico: Del Sentimiento Trágico de la Vida, La Agonía del Cristianismo, Vida de Don Quijote y Sancho, Andanzas y Visiones Españolas, entre otros.

Niebla es la obra clave en la novelística unamuniana; terminada de escribir en 1907, no es publicada sino hasta 1914. La novela (o nivola) es un drama ligero que narra la vida de Augusto Pérez y su existencia fuera de la realidad; un hombre que se enamora de Eugenia Domingo del Arco, una profesora de piano que aparece como su inspiración vital y con quien sueña compartir sus días, pero que no lo considera a él, como determinante en su vida. Así, se desarrolla la búsqueda de Augusto por este amor que le atrae, pero que a la vez le hace dudar de la existencia.

Como concepto, la niebla no es muy clara en la novela, ni en la condición de sus personajes. Pero, sin duda, hay momentos en los que la vida de todo ser humano se torna nebulosa a razón de las diversas sorpresas con las que debemos enfrentarnos. Para el caso de Augusto Pérez, Eugenia es una niebla física que le cegará pero, al mismo tiempo, le otorgará un sentido a su existencia.

Tenemos también que en uno de los tantos capítulos de la novela, Unamuno se inserta como personaje, mostrando una niebla a sus lectores, puesto que resulta difícil determinar si el episodio en donde aparece junto a Augusto Pérez es un diálogo o un monólogo. El personaje, en una especie de reclamo a él mismo y a su autor debate sobre el sentido de una existencia dramática, y la decisión de optar por la vida o por la muerte. De modo que el tema central de Niebla pueda concebirse como la vida misma enfrentada al miedo del sinsentido y la lucha contra la muerte, y que su desentrañamiento tenga lugar a través de múltiples diálogos, los soliloquios de Augusto Pérez, y la parte más sorprendente: la inserción del autor, quien al principio narra los hechos en tercera persona para luego convertirse en un personaje más que termina cuestionando en primera persona lo que un poco antes había narrado como autor.

Esta situación es una de las características de lo que Unamuno ha denominado como nivola, neologismo que designa una nueva forma de novelar; en oposición a la novela realista imperante en aquel entonces. La niebla será más densa con el bello epílogo que Unamuno nos regala, desde la voz de la mascota de Augusto, quien también habla cuestionando al ser humano y su existencia.

La niebla como sinónimo de la vida

Augusto Pérez es un hombre afortunado con algunas riquezas heredadas de sus padres. Es licenciado en Derecho y posee una casa con un par de criados que conviven con él: Domingo y Liduvina. Su madre, Soledad Pérez Rovira –al comienzo de la obra- lleva algunos meses de fallecida. En un día cualquiera de su existencia, Augusto sale a la calle a caminar. En aquella salida ve la imagen de una bella mujer que genera una sensación extraña en su cuerpo y su alma. Se embeleza por la linda dama y adquiere un nuevo sentido para su vida.

Impresionado, Augusto persigue a la mujer hasta su casa. Es entonces cuando comienza a pensar que para amar algo se ha de vislumbrar este algo a través de la niebla. En su vida, previamente nebulosa, logra vislumbrar algo que le despeja, es decir, el amor en forma de mujer: Eugenia. El sentimiento del amor en este hombre, precede al conocimiento. Una de las razones para que esto ocurra es que la madre de Augusto, antes de morir, lo ha inducido a que después de su muerte se case, para que así la figura femenina de la madre sea reemplazada.

Avanzan los días. Augusto adopta a un pequeño perro, el cual es llamado Orfeo. Esta mascota escucha con paciencia todos los soliloquios y reflexiones de su amo, también sus dramas, penas e ideas acerca de la vida y la muerte. Por supuesto, Orfeo lo que más escucha de la voz de su dueño es el anhelo por el amor de la bella Eugenia. Transcurren varios días desde que Augusto tuvo su primer encuentro con Eugenia; motivado, toma la decisión de rondar la casa de la mujer, para ver si así puede acercarse a ella y tendrá una excelente oportunidad: salvar a un canario que cae de un balcón del segundo piso de la casa de Eugenia. El canario es propiedad de doña Hermelinda, tía de Eugenia quien, agradecida por el acto de salvar al pequeño animalito, invita a Augusto a seguir al interior de la casa. Allí conoce al señor Fermín, esposo de la doña, quien le habla en esperanto (la lengua que ha de unificar al mundo). Augusto no entiende lo que dice, pero aún así simpatiza con el señor. Los tíos de Eugenia cuentan la historia del padre de esta joven mujer: su padre se suicidó después de una mala operación bursátil que, sumada a demasiadas e insostenibles deudas –entre ellas la hipoteca de su casa- lo llevaron a la quiebra. Sin embargo, este acercamiento no le permite conocer personalmente a Eugenia. Aparece la niebla del aburrimiento, como el primer síntoma que padece Augusto en su tortuoso camino por el amor:

“Casi todos los hombre nos aburrimos inconcientemente. El aburrimiento es el fondo de la vida, y el aburrimiento es el que ha inventado los juegos, las distracciones, las novelas y el amor. La niebla de la vida rezuma un dulce aburrimiento, licor agridulce” (Pág. 23)

Eugenia es profesora de piano y tiene un novio: Mauricio. Se trata de un seductor que se caracteriza además por ser un vago, alguien que no trabaja ni para sostenerse a él mismo. Eugenia está dispuesta a irse a vivir junto a él, pese a que tenga que trabajar para su sostenimiento con la música que tanto odia. En efecto, la música para la mujer es detestable y su trabajo no es más que una simple obligación.

Cada hora llega a Augusto empujada por las horas precedentes, así nunca había conocido el porvenir. Cuando parece que en su vida se vislumbra tal porvenir, tiene la impresión de que pronto éste convertirá en pasado. Esta es la niebla del aburrimiento, en donde hoy es como ayer, y mañana será como hoy. El tiempo sencillamente se desteje. Pese a esto, persiste la motivación. El amor, según Augusto, es la lluvia bienhechora en que se deshace y concreta la niebla de la existencia. Su dulce ilusión: amo, ergo sum. Augusto se crea así una ilusión del paraíso. Ve hermosas a todas las mujeres. Se enamora de la mujer, del abstracto, se enamora de la colectividad del género.

Siguen las visitas a la casa de Fermín y Hermelinda y logra por fin encontrarse con Eugenia. Augusto entra en un estado de nervios, donde aparece una niebla roja. Al conocerla, sus ideas de amor se intensifican. Está dispuesto a sacrificar todo por la felicidad de ella. Augusto cree que Eugenia le ha vuelto ciego al darle la vista. Antes no sabía qué era vivir, ahora sabe y siente lo que es morir.

En la casa de Augusto trabaja una jovencita que se encarga de las labores del planchado, Rosario, quien tiene diecinueve años. Ella aparece como otra posibilidad para el amor, pero no es ella el anhelo fuerte para él, sino la mujer que habla a su corazón, es decir, Eugenia.

Paulatinamente Augusto idealiza más su amor. Para él, dormir solo ha sido una ilusión, ahora quiere dormir junto a una mujer para compartir un sueño y vivir en la realidad: “El mundo real es el sueño que soñamos todos, el sueño común.” Su sueño ilusorio es Eugenia, y se propone volverlo realidad. Augusto paga la hipoteca de Eugenia, piensa hacer hasta lo imposible por hacerla feliz. Pero este movimiento no le ayuda para acercarse, puesto que ella le reprocha su actuación, piensa que él desea comprarla. Frente a esto surge la niebla de la confusión, en donde existe tanto ilusión como desengaño: “Porque la ilusión, la esperanza, engendra el desengaño, el recuerdo, engendra a su vez la ilusión, la esperanza”.

Doña Ermelinda busca a Augusto para agradecerle el pago de la hipoteca. Le cuenta que Eugenia ha dejado a Mauricio. Augusto se indigna y piensa que la mujer quiere jugar con él, como si fuera un piano. Entonces se va al parque a caminar, cuestionando su existencia: “yo no soy yo”, mientras observa los árboles en el otoño de la ciudad. Eugenia le visita de nuevo. Es una fatalidad que hace quebrantar los propósitos de Augusto y hace que él no sea él. Augusto piensa que deberíamos “ser fieles y leales a nosotros mismos”. Rosario llega a su casa y le habla sobre cómo Eugenia quiere engañarlo. Todas estas cosas presionan su mente: “yo ya no soy yo”; se está volviendo loco.

El mejor amigo de Augusto es Víctor, casado hace doce años en un feliz matrimonio. A veces escribe -es él quiin sugiere el término nivola-. Víctor ha tenido un hijo con su mujer y, ahora, más que nunca, esta pareja siente que su vida es una sola. La situación es discutida por el par de amigos; Víctor le dice a Augusto: “No te cases, no te cases si quieres gozar de la ilusión de la juventud eterna”. Le sugiere que si no puede amar a una mujer, pues se dedique a filósofo. La mayoría de estos han sido solteros: Descartes, Pascal, Spinoza, Kant, hasta Sócrates antes de su muerte despachó a Santipa.

Augusto decidido a estudiar la psicología femenina, visita a Paparrigópulos, un hombre que encuentra en el arte inmaculado un consolador refugio para las desilusiones de la vida. Paparrigópulos le explica algo sobre el alma de la mujer, citando a un escritor holandés del siglo XVII, cuya teoría con tintes misóginos afirma:

“(…) así como cada hombre tiene su alma, las mujeres todas no tienen sino una sola y misma alma, un alma colectiva, repartida entre todas ellas. Las diferencias que se observan en el modo de sentir, pensar y querer de cada mujer provienen no más que de las diferencias del cuerpo, debidas a la raza, clima, alimentación, etcétera, y que por eso son tan insignificantes. Las mujeres se parecen entre sí mucho más que los hombres y es por que todas son una sola y misma mujer” (Pág. 105)

Augusto busca cerrar el triángulo de su vida: la imaginación (inteligencia), el corazón (sentimiento) y el estómago (voluntad). Tres mujeres le hablan a cada parte de este triángulo. Eugenia le habla a la imaginación; Rosario le habla al corazón; y Liduvina le habla al estómago. Al encontrarse con Rosario en casa, le da un beso. Augusto quiere hacer un experimento psicológico y ahondar en ella, pero su fracaso con la chica es inevitable y se siente ridículo.

Augusto busca una vez más a Eugenia y logra comprometerse en matrimonio con ella, pero Mauricio también vuelve a buscarla, pidiéndole un empleo para la subsistencia. Así que Eugenia exige a Augusto que consiga un empleo para aquél y lograr así que se aleje definitivamente de sus vidas. Al parecer Mauricio se ha hecho novio de Rosario. Augusto piensa en cómo los desgraciados se unen. Irritado de gran forma, siente de nuevo la densidad de la niebla a su alrededor.

A Eugenia le desagrada la mascota, Orfeo. Augusto, triste, no sabe qué hacer con el pobre animal después del matrimonio. Todo está listo para la boda. Inesperadamente, una carta llega a manos de Augusto. Angustiado la abre y se entera de una triste noticia: Eugenia ha decidido partir con Mauricio para siempre, lo cual pone en duda su existencia:

“Si yo fuese un hombre como los demás, con corazón; si fuese siquiera un hombre, si existiese en verdad, ¿cómo podía haber recibido esto con la relativa tranquilidad con que lo recibo?” (Pág. 125)

Todas estas desgracias llevarán a Augusto a tomar la determinación de suicidarse, pero antes de esta decisión es necesario hablar con don Miguel de Unamuno, a quien visitará en Salamanca.

Augusto Pérez y don Miguel de Unamuno ¿Diálogo o monólogo?

Acaso sea este el episodio (capítulo XXI) que más complejidad tiene en Niebla, pues no sabemos si Unamuno lo plantea como un diálogo entre dos personajes, o como un monólogo del autor, en donde Augusto Pérez funciona como otro yo de Unamuno. Por otra parte, el contenido filosófico de la conversación es denso y deja entrever cómo la fantasía y la realidad muchas veces se confunden de manera similar a una niebla. La conversación, pues, de Unamuno y Augusto, comienza con la idea del suicidio que quiere cometer este último. El autor le responde que él no puede hacer eso ya que no se encuentra vivo, ni tampoco muerto puesto que no existe. De manera que, el autor le hace ver a Augusto que sólo existe como un ente de ficción, producto de la imaginación del nivolista.

“En efecto; un novelista, un dramaturgo, no pueden hacer en absoluto lo que se les antoje de un personaje que creen; un ente de ficción novelesca no puede hacer, en buena ley de arte, lo que ningún lector esperaría que hiciese…” (Pág. 133)

Consternado, Augusto habla del suicidio, a lo que se responde a sí mismo. “Los más de los suicidas son homicidas frustrados; se matan a sí mismos por falta de valor para matar a otros…”. Si don Miguel toma la determinación de matar a Augusto, puede hacerlo, está en todo su derecho. El personaje le reprocha diciendo que él también morirá y volverá a la nada de donde salió; también morirán aquellos que lean la historia de Augusto Pérez, todos sin quedar uno. Al ser un personaje de nivola, Augusto Pérez posee inmortalidad, pues existe como un ente de ficción, cuya historia puede ser leída por cientos de miles de lectores. Existirá en sus cabezas y sobrevivirá aún después de la muerte de su propio autor:

“¡Yo no puedo morirme; sólo se muere el que está vivo, el que existe, y yo, como no existo, no puedo morirme…, soy inmortal! No hay inmortalidad como la de aquello que, cual yo, no ha nacido y no existe. Un ente de ficción es una idea, y una idea es siempre inmortal… los inmortales no vivimos, y yo no vivo, sobrevivo; ¡yo soy idea!, ¡soy idea!” (Pág. 138)

Da la impresión de que Unamuno se siente todopoderoso al manejar a su antojo a los personajes, pero a la vez yace impotente frente a ellos, pues al ser entes de ficción son inmortales, y perdurarán en la historia, en sus nivolas. Este episodio quizá sea el monólogo que sostiene un Unamuno del mundo de las ideas inmortales con el Unamuno del mundo material y mortal.

Nivola: una forma de cambiar la estructura de la novela

En los diálogos que Augusto Pérez sostiene con su querido amigo Víctor se vislumbra el concepto que Unamuno plantea como nivola. En uno de los episodios de Niebla, los amigos hablan acerca de una novela que escribe Víctor. Aquella no tiene argumento o, mejor dicho, tendrá el argumento que vaya saliendo, el argumento se hace solo. El escritor habla por hablar –en este caso escribe por escribir-, monologando. Ese es un primer acercamiento a lo que es la nivola.

El principio para crearla, sin duda alguna es la palabra. Unamuno piensa que es la palabra la que nos lleva a la mentira y nos hace hipócritas. La palabra es el elemento que contribuye a explayar la imaginación, la creatividad y la precisión de la realidad. La realidad expresada a través de crudezas, más no pornografías. Lo que hay en la nivola es realismo con crudezas que excitan la imaginación para conducirlas a un examen penetrante de la realidad de las cosas; tales crudezas deben ser pedagógicas.

El lenguaje debe ser utilizado para narrar cosas grotescas, bufonería, chistes fúnebres y gracias funerarias. El nivolista ha de escribir por diversión, y si divierte a los que lean, la nivola es un éxito. Así, el escritor se pone en un camino de curación a la soledad.

Del mismo modo, el escritor de una nivola va más allá de ser el dios de sus personajes nivolescos. Ellos pueden reclamar a su autor el por qué de su existencia. Así se explica cómo don Miguel de Unamuno se introduce en el relato como otro personaje a quien Augusto le exige una explicación. Según la crítica literaria, Niebla es la primera novela en donde se confrontan los personajes con su propio autor. El alma del personaje de una nivola no debe tener más interior que el alma del lector:

“Un nivolista oculto que nos está oyendo toma nota de nuestras palabras para reproducirlas un día, el lector de la nivola llega a dudar, siquiera fuese un fugitivo momento, de su propia realidad de bulto y se crea a su vez no más que un personaje nivolesco como nosotros” (Pág. 129)

Finalmente, la nivola como arte: lo más libertador del arte es que nos hace olvidar y dudar de que se existe. Muchos lectores se hunden en sus lecturas de novelas para distraerse de sí mismos y olvidar sus penas.

Oración Fúnebre de Orfeo (Epílogo)

En la voz de la mascota de Augusto Pérez, Unamuno quiere expresar su inconformismo con lo que es el ser humano. El perro Orfeo está triste porque su amo ha abandonado el mundo en que vivía. Aprendió mucho de él a través de sus soliloquios, en honor a eso, hará uno a manera de epílogo y oración fúnebre:

“¡Qué extraño animal es el hombre! Nunca está en lo que tiene delante. Nos acaricia sin que sepamos por qué y no cuando le acariciamos más, y cuando más a él nos rendimos nos rechaza o nos castiga. No hay modo de saber lo que quiere, si es que lo sabe él mismo. Siempre parece estar en otra cosa que en lo que está, y ni mira a lo que mira. Es como si hubiese otro mundo para él. Y es claro, si hay otro mundo, no hay éste” (Pág. 145)

Es el hombre a quien se le juzga en este epílogo. Orfeo, la mayoría de las veces vio a su querido amo melancólico y fatalista, lo que lo hace sospechar que en el ser humano por lo general pueden rondar estas actitudes valiéndose de la palabra como mentira, pues el lenguaje hace hipócritas a los seres humanos. Frente a esto asevera de forma contundente:

“Es un animal enfermo, no cabe duda. ¡Siempre está enfermo! Sólo parece gozar de buena salud cuando duerme, y no siempre, porque a las veces hasta durmiendo habla… El animal hipócrita por excelencia. El lenguaje le ha hecho hipócrita. Como que la hipocresía debería llamarse antropismo si es que la imprudencia se le llama cinismo” (Pág 146)

Para el perro Orfeo, el hombre es un animal enfermo, que ha optado por vestirse para ocultar sus vergüenzas, que almacena sus muertos, que sueña y se ilusiona, pero que muere como cualquier otro ser vivo. Orfeo sin otra razón para existir desaparece al igual que su ya difunto amo. Este epílogo es sin lugar a dudas uno de los más bellos pasajes de la novela.
________________

Son bastantes las cosas para reflexionar sobre la existencia humana. La niebla es el sinónimo de la vida, pues nunca nada está claro de forma total. Una cita de Unamuno para animar un poco la niebla de la existencia:

“La vida es la única maestra de la vida; no hay pedagogía que valga. Sólo se aprende a vivir viviendo, y cada hombre tiene que recomenzar el aprendizaje de la vida de nuevo...” (Pág. 57)

These icons link to social bookmarking sites where readers can share and discover new web pages.