AUTOR: José Antonio León Rey
TÍTULO: Guayacundo
EDITORIAL: Instituto Caro y Cuervo (Primera edición)
AÑO: 1976
PÁGINAS: 120
PRÓLOGO: Eduardo Guzmán Esponda
RANK: 6/10
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Por Alejandro Jiménez

Guayacundo es un cerro enclavado cerca de la laguna de Ebaque, al oriente de Bogotá. Es el nombre con que lo designaron los indígenas que habitaban la región antes de la conquista, quienes además lo veneraron, puesto que en aquellos territorios tenían lugar las ceremonias sagradas en que los caciques indígenas –Guatavita y Ebaque- robaban los resplandores de los dioses, al tiempo que lograban la comunicación con ellos, en el acto más figurativo de la experiencia del Dorado.

Y Guayacundo pervive allí mismo desde aquellos tiempos primordiales, encajado a las más profundas raíces de la tierra, erecto hacia el cielo y fungiendo como testigo de los tiempos y los hombres que pasan por sus laderas desde entonces. No pudo seleccionarse, por ello, un título mejor para esta colectánea que nos presenta José Antonio León Rey (1903-¿?) y que es algo así como un retrato de esos tiempos y hombres que han venido construyendo su historia merced de la compañía, atributos y condiciones de este sorprendente territorio.

Por Guayacundo y todas sus zonas aledañas transitó el indígena con su sabia mitológica y libre; el conquistador azaroso a quien impulsaba la codicia; el campesino con su fardo de trabajo y supersticiones e, incluso, el distraído citadino que, por esos azares del destino, apenas debe recorrer unos setenta kilómetros si quiere encontrar una zona de arriesgo y leyenda. Este Guayacundo de León Rey, una colección de quince cuentos propios, es al mismo tiempo testimonio y homenaje a la naturaleza de Cundinamarca y al hombre que la brega y canta.

Ciertamente que la tradición cuentista que en Colombia ha buscado, de una u otra manera, recuperar ese misticismo y también ese lenguaje particular no sólo de esta zona, sino de buena parte de los territorios primordiales de nuestro país, es bastante amplia; pero es justo reconocer que mucho de aquello ha sonado a mentira, a veces por forma y las otras por contenido. El caso de León Rey es privilegiado, porque si bien es un hombre emérito de la Academia Colombiana de la Lengua, además de jurisconsulto y maestro es, al mismo tiempo, un hombre de campo que no reniega de sus orígenes en Fómeque.

Así, existe un compromiso –que tiene mucho de gozo además- por recuperar varios de esos relatos que andan de boca en boca entre las familias campesinas y que, hasta hace algunos años, eran el material de interacción más frecuente que tenían aquellas personas cuando las faenas del campo terminaban; pero, también el de recuperar esas leyendas de carácter antiquísimo y que nadie se ha precavido de dejarlas por escrito para que no se pierdan con los años. El mismo León Rey, en la presentación de su antología, consciente de esta relación establecida entre los relatos que circulan, el territorio y él como autor, aclara lo siguiente:

“Si los cuentos que hoy presento son de creación personal, ello no significa desprecio por el paisaje de mi tierra, porque lo he aprovechado y no podría prescindir de él pues los orientales lo llevamos muy dentro del alma y a donde nos conduzca la vida; ni quiere decir que haya vuelto la espalda al lenguaje popular, porque de él debe servirse el escritor para hacer hablar a los personajes y presentarlos con su personalidad íntegra (…); y tampoco podría sospecharse que he prescindido de las costumbres y creencias del pueblo, porque las aprovecho y tomo de ellas algunas como base para construir el relato, que así resulta natural producto de una cultura y de un enfrentamiento a la vida” (Pág. 19)

Paisaje, lenguaje y costumbres son los elementos cardinales que distingue León Rey respecto de sus cuentos. Hay otros, por supuesto, pero pensaríamos que son intrínsecos a estas tres categorías, como el original uso de los personajes animales o la emergencia de algunos temas de la literatura social. Trataremos de seguir este camino nosotros mismos para intentar captar el espíritu de esta antología, el volumen número 15 de aquella increíble serie La Granada Entreabierta que el Instituto Caro y Cuervo edita desde 1973.

Sobre la omnipresencia del paisaje

El paisaje presente en Guayacundo ha heredado un carácter mágico. En el primer cuento La Laguna Desfondada de Chingaza asistimos al nacimiento de ese paisaje por allá en los tiempos de Ebaque, cuando una de las lagunas más bellas de la zona empezaba a formarse, consecuencia de un castigo impuesto por el Brujo Mayor a los hijos del Cacique, como venganza por los altos designios que este último había heredado de los dioses.

Destinado a ser heraldo de belleza, el paisaje de Guayacundo rebosa en la limpieza de sus aguas, en lo alto e imponente de sus montes, en lo fértil de sus suelos y lo pródigo de sus frutos. Porque si bien con aquel primer cuento se abre y cierra el capítulo que podríamos llamar indígena de esta colectánea, su vigor y aliento perdura en todos los espacios que León Rey tiene reservados para sus herederos directos, los campesinos. Cómo si no, entender esa belleza que enamora a todo el que pasa cerca del puente del Guayabal y observa ese “retazo de tierra” de Mariquita, la mujer del cuento La Culebra Sapa, que se hace pasar por moribunda para conseguir el favor de un amante.

Es la belleza que reaparece en La Ladera del Patrón Lucas, el hombre que pierde todo cuando llegan a los montes los rumores de revolución; la del cultivo de durazno de María de la O, aquel en donde los árboles parecen caerse del peso de sus frutos. Un paisaje que tiene su fuerza en nombres propios: guayaba, plátano, ciprés, gallo, patio, río, peña. Una belleza que ni siquiera cuando se torna peligrosa u oscura –como en El Camino del Tahúr o La Cantora- pierde la potencia de su gracia:

“Parpadeaba la noche con los deslumbrantes fulgores de los relámpagos. El soplo de los llanos que subía inquietante por el cañón del Río Negro, atribulaba los arbustos y estremecía los árboles haciéndolos presentir los pasos ágiles de la tormenta. Bramaba entre su cauce el Río Negro y, sintiéndolo estrecho para su tamaño y fuerzas, se precipitaba sobre los bancales ribereños cultivados con esmero por los campesinos y arrastraba entre el turbión revuelto de sus aguas los prometedores sembrados y los animales desprevenidos. Y la lluvia dejaba oír por donde quiera su clamoroso estrépito” (Pág. 89)

Sin embargo, de a momentos el paisaje cambia. Se transforma cuando va hasta sus pueblos más cercanos para recibir la sustancia de la historia; sucede así en El Familiar de Ñor Braulio o El Niño del Sagrario; incluso, alcanza los límites de la ciudad en Vidas Rotas, cuando por efectos de la guerra un padre campesino y sus dos hijos van a parar allí como desplazados. Es cierto que el paisaje muda rotundamente su aspecto en estas condiciones: la ciudad, por ejemplo, en contraste con la calidez del campo, se muestra hostil y sombría, deshumanizada, pero, quizá porque el mismo León Rey procede de uno de ellos, hasta los pueblos alcanzan una identidad bastante propia y su paisaje también es contundente: los cementerios, las calles, las casas semicaídas, etcétera.

Sobre el lenguaje

No cabe duda de que la apreciación que hacía más arriba el mismo autor sobre la importancia de vincular el habla popular cuando se trata de crear historias de este tipo cobra total vigencia en Guayacundo. León Rey es un narrador que conoce bastante bien el lenguaje de los campesinos y por ello no nos llama a engaño: no se excede, no improvisa. Maneja alternativamente distintas posibilidades de narración: primera o tercera persona, unas veces su foco es intradiegético, otras veces lo es extradiegético. Pero sea como sea, siempre resultado acertado:

“- Era una culebra volantona, que me apañó bien porque ‘taba enchipada y toriada más a más como la mesma juria –decía la pobre solterona entre quejido y lamento.
- ¡Ave María purísima! ¿Y qué le pasó a la niña Mariquita? –dijo Eusebio cuando, muy sosegadamente y como medroso de llegar a la estancia que, según se decía, tanto había deseado poseer, se presentó en el patio de la casa.
- ¡Ayayayay, sumercecito! ¡Ayayay mi piernecita! Pus… ¿Qué me iba a pasar sino que me mordió una taya?
- ¡Dios nos ampare y nos javorezca! –replicó contrito el niño- ¿Y no hubo naide que matara la culebra, pa’ darle a la niña Mariquita la jiel del animal, que es cuanto lo primero pa’ la contra de la picadura?
- ¿Qué iba a haber, si ‘taba yo íngrima sola? ¡Ayayay, sumercecito! Y más a más, se largo la taya pu’entre el chiribital y cogió pa’l lao de Corral Jalso… (Pág. 34)

Se vincula, pues, perfectamente el lenguaje a los contenidos que desarrollan los cuentos y no es una forma superpuesta. En esto tiene bastante habilidad León Rey y lo más posible es que sea gracias a los muchos y extensos trabajos que hizo sobre lexicografía popular y por supuesto a haber estado siempre en contacto con las gentes humildes, conocer sus palabras, expresiones, coplas y demás.

Pero si el lenguaje de los cuentos campesinos siempre está a tono con el hecho, también lo están aquellos que tienen que ver con leyendas indígenas, como Pacho Tunjo y La Laguna Desfondada de Chingaza, en donde el estilo retoma las formas tradicionales del mito; o aquellos en donde aparece la ciudad, puesto que no sólo se actualizan las voces y formas de hablar de los personajes, sino la voz del narrador mismo, que asume papeles diferentes a los atribuidos en los cuentos que preceden.

Las costumbres y creencias

Si se tratara de definir de manera más particular el tema de los cuentos de Guayacundo podría arriesgarse la palabra: costumbres. Hay costumbres y creencias de indígenas, en abundancia de campesinos, de hombres de ciudad y, hasta de animales. Las segundas son más numerosas porque, en rigor, el trabajo que ha hecho León Rey para su recuperación es mucho más complejo y constante: ha convertido en cuento el pedazo de una copla que circula en la fonda campesina, ha escuchado leyendas y más leyendas sobre brujas o demonios, conoce yerbateras y gente agüerista, tiene una larga lista de lugares cuyo sólo nombre evoca la experiencia literaria y, ha visto estampitas, cuadros de esos que los campesinos cuelgan de las paredes de sus fincas y que tienen atrás toda una historia.

León Rey se ha sentado juiciosamente a trabajar sobre la base de estas cosas y las ha recreado con su propio lenguaje: en las páginas de Guayacundo hay unos seres misteriosos llamados tunjos que emergen de la tierra cuando el hombre no los ve y quedan inmovilizados, muertos, apenas alguien los descubre y les pasa por enfrente un candelabro o les grita muy fuerte; hay un buey barcino del que su familia tuvo que prescindir por el no pago de unas deudas y que muere de pena moral; hay una perra llamada Sombra que se da a entender a su ama con el simple destello de los ojos y que salva vidas y cuida la casa; hay un hombre que guarda un “familiar” dentro de una caja negra y se presume que aquello es brujería; hay un carbonero que no sabe rezar pero siempre va a la iglesia; hay un tahúr que hace apuestas diarias con el diablo; hay, hasta una familia de ratones con preocupaciones seriamente existenciales.

Y, podría preguntarse si es posible que alguien pueda acostumbrarse a estas cosas que parecen tan descabelladas. Y bien, es posible cuando los campesinos han heredado tantas cosas del pensamiento indígena, cuando se ha entrecruzado tan profusamente con las tradiciones impuestas. León Rey recupera la figura de las yerbateras, las brujas que venden el quereme para atrapar a los amantes o la novedad que causa en la vida campesina la llegada de un nuevo bienecito, pero sabe conservar sobre ello una mirada de atractivo misterio, es el caso de la descripción del jugador en El Camino del Tahúr:

“Cuando los campesinos encontraban al Tahúr por el camino, lo saludaban más que con respeto, con no disimulado temor, porque entre ellos circulaba con insistencia la hablilla de que el misterioso personaje tenía tratos con el mismísimo Mandinga (diablo). Porque ¿cómo explicarse aquello de vivir solo, sin familia, allá en la vega del río, acompañado apenas de una sirvienta motejada de endiablada, de un bobo más estúpido que una pared y de dos mastines negros como la noche, e imagen viviente de la Trampa? Y fuera de eso, no tener ocupación conocida, vivir sin oficio ni beneficio y sin jamás acercar su humanidad por los lados de la iglesia parroquial, ni descubrirse respetuosamente a la hora del ángelus al igual de todos los buenos cristianos” (Pág. 87)

Esos personajes enigmáticos que habitan en las casas más apartadas y solitarias en el campo; aquellos que llevan amuletos para evitar las brujerías; todos aquellos que han venido perpetuándose en las coplas que cantan los labriegos mientras aran; todos ellos son los personajes de Guayacundo, y todo lo que hacen, es lo que podemos considerar sus costumbres.

Los últimos cuentos de la colección se perfilan hacia nuevos derroteros. Estas costumbres de las que hablábamos se trastocan por la llegada al campo de las ideas revolucionarias importadas desde la ciudad, y que van haciendo que se marque un cambio en el pensamiento campesino. En Vidas Rotas, el trastrocamiento ha alcanzado tal punto que los campesinos empiezan a salir de sus tierras para adentrarse en la ciudad, en donde viven marginados y en la miseria. A nuestro parecer este no es sólo el cuento más triste de la antología, sino el que da paso a Ratoncito, un cuento en donde, si bien se recupera ese juego narrativo y psicológico que León Rey ha trabajado antes con un buey y una perra, se muda el interés sobre la costumbre o la superstición, para dar pie a unas reflexiones de tipo filosófico, que en boca de un ratón aplica únicamente como metáfora:

“El mundo de su espíritu (el del ratón) era ciertamente muy estrecho, aunque por el discurría, según la moda, el fantasma del ser y el existir, arropado con el manto de la angustia del siglo y abrumado con la convicción de la inutilidad de la vida” (Pág. 119)

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Guayacundo es un particular recorrido por la historia colombiana, porque en él no sólo es posible evidenciar un devenir, sino también espacios que han venido desapareciendo, lugares comunes y yuxtapuestos, costumbres, idiosincrasia, cultura. Si bien podría considerarse que muchos cuentos tienen finales demasiado forzados y un tanto moralizadores, su lectura puede resultar gratificante.

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