AUTOR: Jesús Ernesto Patiño Ávila
TÍTULO: El Derrumbe de la Utopía
EDITORIAL: Universidad Distrital F.J.D.C. (Primera edición)
AÑO: 1991
PÁGINAS: 138
PRESENTACIÓN: Gabriel Restrepo
RANK: 7/10
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Por Alejandro Jiménez

Se considera como uno de los rasgos más representativos de la posmodernidad la muerte de lo que Lyotard ha dado en llamar los grandes relatos. Hablar de Marx en el siglo XXI, por ello, podría resultar para muchos un disparate, al menos una cosa que suena a trasnocho, a algo superado. Si se es un poco inteligente, podrá saberse qué es aquello que se esconde detrás de ese tipo de afirmaciones, es decir, los intereses que defienden quienes las hacen. Lo cierto es que aún hoy estamos en tiempos de capitalismo y que, tal como lo afirmó Sartre en su Conferencia de Araraquara, la filosofía de Marx –ese gran relato- es, por esa misma razón, todavía insuperable.

¿Quién lee hoy a Marx?, se pregunta Gabriel Restrepo en la presentación de este libro. Y puede decirse con justa causa que: lee a Marx todo aquel preocupado por las condiciones de su época; aquel que tiene conciencia de que este hoy también es tiempo de capitalismo, de explotación y cosificación. Hay una quema simbólica de los libros de Marx que debe detenerse porque la teoría marxiana es –pese a quien pese- el marco interpretativo más pertinente de las actuales estructuras políticas y económicas de la sociedad.

Marx escribió para su siglo, es indiscutible, pero no es menos cierto que lo denunciado ha mudado sólo en apariencia desde entonces, lo cual quiere decir que su lectura no sólo reviste actualidad, sino también que se nos presenta como necesaria. Ernesto Patiño Ávila tiene bastante clara esta situación, así como los peligros que puede revestir el trabajo de regresar a Marx: el endiosamiento o el rechazo a ultranza. De suerte que este libro El Derrumbe de la Utopía se equilibre perfectamente y no tenga las características ni de una apología ni de un antagonismo.

Patiño Ávila, investigador durante años de la Universidad Distrital, doctorado en Filosofía por la Universidad Complutense de Madrid, nos presenta un trabajo bastante riguroso, producto de una investigación teórico-epistemológica sobre la lógica existente entre los aspectos más destacados de los postulados de Carlos Marx. Así, se pregunta cómo Marx logró desarrollar la consistencia lógica de su teoría, y propone una tesis propia de trabajo que atraviesa tres grandes momentos: la teoría de la historia, la teoría política y la teoría económica.

Estos grandes momentos que se corresponden con los aspectos más relevantes del pensamiento marxiano, fueron desarrollados, en opinión del autor, de forma especial en La Ideología Alemana (1845), El Manifiesto Comunista (1848) y El Capital (1864), respectivamente. Su intención es, por la misma razón, recorrer este camino y develar la manera original en que Marx articuló la filosofía, la economía, la política y otras disciplinas dentro de una fundamentación teórica y metodológicamente lógica.

La teoría marxiana de la historia

Patiño Ávila está persuadido de que:

“(…) los grandes lineamientos de su teoría de la historia (la de Marx), que habían sido presentados de manera polémica en la Ideología Alemana, son precisamente los que orientan la construcción de la lógica de la teoría del valor; o por lo menos, no la desdicen. Son además los lineamientos que sirven a la formulación de una teoría política” (Págs. 133-134)

No sólo por la fecha de su concepción, 1845, sino por la orientación de sus tesis, la Ideología Alemana es, junto a los Escritos Económicos y Filosóficos, las obras en donde por primera vez puede evidenciarse la originalidad del pensamiento marxiano. Ciertamente que estas dos obras fueron publicadas después de la muerte de Marx, pero para el caso de un examen como el hecho por Patiño Ávila, este hecho no reviste importancia, puesto que de lo que se trata es de asumir su contenido en términos de las proyecciones que empezaban a establecerse en ellas.

En la Ideología Alemana, Marx rompe con toda una tradición filosófica que concebía la historia de la humanidad como la historia de las ideas. Al contrario de esta opinión, entenderá que lo que debe primar en el análisis de la historia son las condiciones económicas –de producción-; lo que equivale a decir que la realidad no se explica a partir de las ideas, sino de las realidades materiales. Es claro que las condiciones objetivas que producen al hombre, originan al mismo tiempo creaciones en el orden espiritual, pero bajo cualquier filosofía de cualquier época subyace un hecho social, unas condiciones históricas que han permitido la emergencia de todas las ideas.

Por tanto, en la perspectiva de Marx, hombre y circunstancias históricas están condenados a una constante interacción; el resultado de aquella relación será el fundamento del hombre, esto es, su esencia, de suerte que ésta cambie a través del devenir de los tiempos. No hay en la tesis de la historia de Marx la posibilidad para una naturaleza o esencia humanas ideales, ahistóricas y constantes al modo en que, por ejemplo, las entiende Hegel; al contrario, en la visión marxiana, la historia cambia cuando cambian las modalidades de interacción entre hombre y condiciones materiales.

Así, el hombre experimenta una cierta tensión: por un lado, no preserva su unidad originaria con el mundo natural (puesto que el trabajo hace que se transforme esa naturaleza), pero además, no es posible que renuncie definitivamente a la relación con lo natural para construir su propio espíritu (puesto que todo abstracto está condicionado necesariamente por lo material).

Asistimos con esta explicación de Marx sobre la historia al origen de la ideología. En cada época, dirá, hay unos grupos hegemónicos que controlan los medios de producción; dicha clase impera a nivel material y, por lo mismo, espiritual. Es imposible que una clase que no posea los medios pueda producirse a ella misma en el plano espiritual; en este sentido es víctima de una distorsión de sus intereses, puesto que piensa por unos ideales que le son ajenos (tesis que está estrechamente ligada con la cosificación del obrero y la objetivación del trabajo). En opinión de Marx:

“(…) si ciertos valores se imponen –por ejemplo, el honor y la fidelidad en una época, la libertad y la justicia en otra- no es por su fuerza argumentativa intrínseca sino por la fuerza del dominio de la clase que los defiende y fomenta. (…) no hay mucha opción libre en la escogencia de valores y de lo que se trata es de neutralizar en las explicaciones históricas los valores de la clase dominante, en cualquier época, para encontrarles su sentido en relación con el ejercicio y dominio de poder” (Pág. 11)

La teoría política marxiana

Tres años después de haber sacado en limpio estas ideas, Marx y Engels publican por primera vez el Manifiesto Comunista. El maestro Patiño Ávila verá en el contenido de aquel texto, no sólo una relación lógica con la metodología y las ideas esbozadas en la Ideología Alemana, sino la alternativa política frente a la situación social que ellos mismos habían ayudado a develar. Si en 1845 habían escrito: “La historia del hombre es la historia de los medios de producción”, y bajo esta idea construyeron una postura que superó la tesis de la historia y la naturaleza como productos ideales; en 1848, dirán: “La historia de las sociedades es la historia de la lucha de clases”.

La única posibilidad frente al sistema de explotación propio de las sociedades distribuidas por clases es su superación a través del advenimiento de una estructura que las elimine por completo. Patiño Ávila va a dedicar un capítulo entero de su libro a observar la manera en la que Marx –no los marxistas- postulan la forma en la que debe llevarse a cabo esta transformación. Verá en él algunos rasgos que permiten entenderlo como un teórico de la violencia política, haciendo la salvedad de que esta violencia se presenta como una tesis transitoria que hace las veces de “partera de la historia”, es decir, del derrocamiento del orden existente.

Parece claro que los presupuestos de la teoría política de Marx con relación a la manera en la que debe operar este derrocamiento son más oscuros que otros particulares, pero aún así, sabe muy bien a qué debe llamársele socialismo y a qué no. Patiño Ávila se encarga aquí de retomar algunas discusiones que tanto Engels como Marx establecieron frente a algunos socialismos que eran vistos como antecedentes de su doctrina, pero de los cuales se apartaban taxativamente: del socialismo feudal, que atacara a la naciente burguesía de finales del XVIII y principios del XIX y quisiera de vuelta sus antiguos privilegios; del socialismo cristiano, movimiento en contra de la secularización propia del capitalismo; del socialismo pequeño-burgués, que pretendía mantener las prerrogativas usurpadas por la nueva burguesía; del socialismo verdadero o alemán, basado en un carácter ideal y abstracto, no de clase e, incluso; del anarquismo utópico, que tiene un perfil idealista y un miedo terrible a las grandes transformaciones.

Contrario a estos “socialismos” de naturaleza utópica y abstracta, el proyecto socialista marxiano se nos presenta, primero como científico y, luego, como histórico. Es decir, construye una propia interpretación de la realidad –la dialéctica del materialismo histórico- y se formula en términos de proyecto frente al devenir, es decir, no pretende resarcir prerrogativas, no le interesa retornar a “estados naturales”, sino que pretende simple y llanamente acabar con la estructura social de clases. El papel histórico de esta superación corre por cuenta del proletariado. Al contrario de lo que ha sucedido con todas las anteriores revoluciones cuyo objetivo central estuvo en la apropiación de los medios de producción para luego nuevamente imponerse –caso de la burguesía-, con el advenimiento de la revolución proletaria la imposición de unos sobre otros ya no será posible, puesto que sobre su base social ya no existirá la división por grupos.

La teoría económica marxiana

¿Pero qué hace que sea precisamente el proletariado el abanderado en este gran relato histórico que es el socialismo? Patiño Ávila nos ha hecho ver dos grandes cosas en su análisis: primero, que mientras no se poseen los medios de producción es imposible pensarse a sí mismo. Si, en efecto, lo que soy es aquello que resulta de mi relación con las condiciones, y esas condiciones materiales me son impuestas por otra clase, lo que puedo considerar de mí no es otra cosa que una realidad falseada. Segundo, mientras estas condiciones perduren será imposible que las cosas sean de otra manera, luego si quiero construir mi propia realidad es necesario que emprenda la lucha histórica para hacer míos los medios productivos que la hacen posible.

No se trata de otra cosa que de tomar conciencia del lugar que se ocupa en el proceso de producción (unos son los dueños, otros son los explotados). Patiño Ávila entiende que esta es la parte más compleja de la teoría marxiana y por esa razón le dedica dos capítulos de los cinco que componen su libro. En el primero recupera la teoría del valor que considera el punto de partida para entender la dinámica del capitalismo y, en el segundo, extiende su mirada hasta los problemas que sugiere la disertación sobre la mercancia y el trabajo en términos de objetivación, cosificación y alienación.

Toda mercancía dentro del capitalismo tiene una doble condición: valor de uso y valor de cambio. El primero hace referencia a su utilidad, por lo tanto tiene un carácter cualitativo; el segundo, tiene que ver con su condición en el mercado, por tanto tiene un carácter equivalente al trabajo humano que contiene. Compramos cualquier mercancía (una prenda de vestir, un automóvil, un servicio) y aquella tiene tanto un valor por su utilidad –que responde a una necesidad que el hombre ha determinado-, pero también un valor por el trabajo que ha sido necesario para su fabricación –y que es la que determina el precio que debo pagar por ella-.

Ahora bien, dentro del sistema capitalista ni el uno ni el otro pertenecen al trabajador. Participa en la producción de las mercancías, pero no lo hace bajo libre autodeterminación. No tiene otra cosa que su fuerza de trabajo y debe venderla para poder sobrevivir. Lo que produce pierde para él su valor de uso, puesto que si bien para él también puede revestir una necesidad (piénsese en los alimentos, por ejemplo) no puede tomarlo de primera mano, porque los medios con que lo produce no le pertenecen; debe esperar a que adquiera un valor de cambio y pueda comprarlo como mercancía. Y, por supuesto, a él tampoco pertenece ese valor de cambio, puesto que éste se encuentra determinado por la relación que establecen las mercancías como cosas entre sí, esto es, valores de equivalencia respecto del trabajo socialmente requerido para la fabricación de una u otra cosa. En palabras de Marx el trabajador:

“Cuando trabaja no es él, y sólo recobra su personalidad cuando deja de trabajar. No trabaja, por tanto, voluntariamente, sino a la fuerza, su trabajo es un trabajo forzado. No representa, por tanto, la satisfacción de una necesidad, sino que es, simplemente un medio para satisfacer necesidades extrañas a él… no se pertenece a sí mismo sino que pertenece a otro. Esta pérdida de sí mismo representa, como resultado del trabajo forzado, la conversión de las funciones humanas en funciones animales” (Pág. 83)

En efecto, en opinión de Marx, lo que distingue a los humanos de los animales es su capacidad conciente de producir condiciones materiales, es decir, de trabajar. Por medio del trabajo el hombre transforma la naturaleza y construye unas condiciones materiales distintas a las dadas, esas condiciones son su realidad. No existe otra naturaleza humana que sea distinta a la que el hombre ha construido a través de su trabajo. El hombre que actuando libremente sobre lo dado lo transforma construye lo que es, puesto que la necesidad que lo lleva a trabajar le pertenece completamente y no tiene que enajenarla frente a un valor de intercambio. Si, por el contrario, el hombre no es dueño de esa necesidad, pierde su carácter humano, es una cosa, puesto que enajena su conciencia, su fuerza de trabajo y su condición.

En las mismas páginas de El Capital se hace manifiesta la necesidad de constituir un acto de voluntad política que permita hacer frente a la opresión y explotación capitalista. Preguntábamos al inicio del apartado ¿Por qué el proletariado debe asumir el papel histórico de la lucha de clases? Y bien, como se ve, es claro que debe hacerlo a razón de recuperar su condición de hombres. En las fábricas –es decir, en los bancos, en las casas de abogados, en las clínicas, en las universidades- los hombres dejan de serlo, dice Marx, para convertirse en animales. Todo se vuelve mercancía en el capitalismo y nada de esa mercancía nos corresponde plenamente.

Hay una relación lógica entre esas tres grandes dimensiones de la teoría marxiana que estudia Ernesto Patiño Ávila. Las condiciones históricas son al mismo tiempo las condiciones económicas; su interacción es aquello que podríamos llamar la naturaleza humana. El examen muestra una difícil situación: la cosificación de esa naturaleza dentro del capitalismo; cuando el trabajo no le pertenece al hombre –ni sus medios de trabajo, ni los medios para la producción- lo único que le queda es su fuerza de trabajo, esto es, algo así como su animalidad. Razón por la cual se hace urgente su revaloración histórica y el emprendimiento de un proyecto que reivindique su verdadera condición.
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El Derrumbe de la Utopía es un texto denso y complejo que tiene la virtud de construir un marco general del pensamiento marxiano que, por su profundidad y originalidad, es un fiel retrato de las condiciones sociales de nuestro tiempo. Quizá muchos miran estas cosas como situaciones ajenas, pero lo cierto es que en la página 67 de El Capital se declaró hace 150 años porque ellos mismos y nosotros y todos, excepto uno, seguimos siendo apenas una cosa.

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