AUTOR: Fred Hercey
TÍTULO: Magia Negra
EDITORIAL: Andina S.A. (Primera edición)
AÑO: 1975
PÁGINAS: 96
RANK: 7/10
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Por Alejandro Jiménez
Ya habíamos escrito un poco sobre la historia de los pulps con ocasión de Cazando Insectos en el Planeta Okon, el texto de Ralph Barby. Y ahora tenemos frente a nosotros un nuevo bolsilibro, esta vez perteneciente a la colección Terror, que Editorial Andina publicó desde mediados de los setentas en España y que alcanzó la admirable suma de 268 números. Esta colección fue, al parecer, junto a Galaxia 2001 –de ciencia ficción, 372 números-, las únicas series que editó Andina, de origen madrileño, y que fueron distribuidas semanalmente con un costo que no llegó a superar las 18 pesetas.

Pero si resulta difícil encontrar más información, además de esta, sobre la casa editorial, no lo es menos con relación a Fred Hercey, el autor de Magia Negra. También al parecer, y muy por el contrario de buena parte de los autores de pulps españoles que llegaron a escribir centenares de novelas cortas, Hercey apenas publicó otras dos historias aparte de ésta; nos referimos a Sombras Siniestras (1978) –volumen 139- y La Gruta del Pirata (1980) –volumen 186 de la misma colección-. De suerte que tenemos la imagen de un Hercey, no sólo centrado en la creación de historias de terror, sino también la de alguien que –contrario a otros camaradas escritores de pulps- dejó un número verdaderamente limitado de historias.

Fred Hercey, seudónimo de Fernando Orviso Herce, nos presenta en Magia Negra una historia en donde se mezclan hábilmente dos de los temas más recurrentes en la literatura de terror: la brujería y los zombies. Cierto que también recurre a muchos elementos propios de la literatura de suspenso, pero estos elementos hacen parte, ante todo, de la organización estructural y no de la historia propiamente dicha.

Lo que más impresiona de la obra de Hercey, sin embargo, es la rapidez con la que se suceden los acontecimientos. Tendremos claro que este es uno de los rasgos más distintivos de los bolsilibros, en buena medida porque cualquiera de sus historias siempre debe limitarse al número de páginas. Pero el caso de Fred Hercey es bastante acertado porque –distinto a muchas otras obras de su género-, en ninguna parte de Magia Negra hay situaciones forzadas por el tiempo narrativo, sino que todo fluye y, aunque rápido, no por ello sin ritmo regular. En esto sin duda que el autor gana frente a otros narradores de pulps, que se dan cuenta de que su obra debe avanzar más aprisa cuando ya van por la mitad, de modo que terminan volcándola de una forma desaforada.

Hercey es, además, un descriptor privilegiado: los cementerios, las marismas, las cabañas o caminos en donde transcurre su historia, son presentados con contundencia, no hay abuso de adjetivos, más bien existe como un marco dibujado que no requiere calificaciones, como una imagen total que uno va observando de a pedazos, al modo caleidoscópico. Quizá por esa misma preeminencia descriptiva, la caracterización de sus personajes está centrada en el aspecto físico y sólo de a momentos parece perfilarse hacia el examen de sus móviles o pretensiones.

Sin embargo, como sucede en la mayoría de los pulps, uno puede empezar a hacer la cuenta de sus errores. En Magia Negra se cambian nombres de personajes dos veces durante las primeras páginas: Jasper Raleigh es llamado Jasper Mitchell en la página 8, es decir, con el mismo apellido de su enemigo y, Bart Mitchell es llamado en la página 11 Bart Harlinger, es decir, con el propio apellido del brujo. Así mismo, ya en el desenlace de la historia, Maurice, el enano servidor de Harlinger, lleva a la mesa de su amo dos veces la misma aguja: en la página 85 se dice que ha ido hasta la alacena para sacar de allí el objeto que utiliza su amo en los rituales y lo ha dejado sobre la mesa, pero en la página 90 nuevamente va por la aguja, sin explicar qué había sucedido con la otra.

Pero, en fin, estos errores realmente no importan, porque la historia es ágil y atrapa con los elementos que pone sobre la mesa: la esclavitud, la brujería y el zombismo. Vamos a verlos, luego de presentar el marco general de la obra.

Magia Negra: historia de una venganza

Estamos en Roak City, Virginia, a mediados del siglo XIX. La esclavitud de los negros está en todo su furor y una cadena de extraños hechos ha empezado a suceder. Peter Raleigh ha muerto repentinamente de algo parecido a un ataque al corazón; sólo unos días después ha sucedido lo mismo con Edmund Wagger, un rico hacendado. Al mismo tiempo, Bart Mitchell ha acudido a la cabaña de John Harlinger, un tipo que vive en medio de las marismas –acompañado únicamente de un enano jorobado llamado Maurice- y que tiene fama de practicar la brujería. El motivo de su visita es claro: desea que Jasper Raleigh, hijo del recién fallecido Peter, muera pronto, puesto que quiere poseer a Pauline, una mujer que lo ha despreciado para corresponder a los favores de Jasper.

Mitchell paga el favor que pide y el brujo Harlinger se compromete a eliminar a Jasper. Para ello no hace falta mucho, puesto que Harlinger ha conocido en India y África los más secretos conocimientos de la magia negra y ahora es capaz de asesinar a un hombre desde la distancia, únicamente con una figura de barro, un mechón de su cabello y una aguja. Pero, al viejo Harlinger –un tipo de rostro perverso, arrugado y malévolo- no sólo le interesa asesinar a Jasper porque haya recibido un pago por hacerlo, sino además porque aquel es el hijo de Peter, el hombre que alguna vez lo humilló y arrebató todas las propiedades de su padre, quien no pudo pagarle una deuda contraida.

En efecto, iremos descubriendo poco a poco que Harlinger es quien está detrás de las muertes extrañas de Roak City; y no sólo de ello, también de la profanación de sus tumbas y el robo de los cuerpos. Sucede que, entre aquellos misterios que logró aprender el brujo en sus viajes, está el de convertir a los muertos en sus servidores, es decir, el de transformarlos en unos zombies a su disposición. Mientras vamos descubriendo estas cosas, la tercera víctima cae en la ciudad; esta vez se trata del juez Burke, el hombre que sentenció al padre de Harlinger y a él mismo a cinco años de prisión.

Pero, Jasper –que se ha salvado de que Maurice, el enano, se apodere del trozo de cabello a usar en el ritual en que moriría, y también de ser estrangulado por los zombies en una cabaña lejana en donde lo citó Mitchell- ha descubierto la desaparición del cuerpo de su padre –que ahora es otro de los zombies-. Esto –sumado a la declaración del sepulturero, James Plott, quien dice haber visto caminar el cadáver de Edmund, y, además, a la autopsia de Burke en que Jasper descubre el motivo de su muerte: una perforación del corazón- hace que él mismo ate los cabos de la situación: brujería, Harlinger, profanación. Debe tomar la iniciativa en el caso y buscar la ayuda del alguacil.

Sin embargo –y a pesar de todo lo que sucede: los negros concentrados en sus rituales de ruego a espíritus buenos, los zombies haciendo y deshaciendo, la gente atribulada por el pánico-, se necesitará un último motivo para aventurarse entre las marismas e ir en busca del brujo Harlinger: Pauline es raptada, y como todo enamorado, Jasper debe partir en su búsqueda. Pero aquel territorio lleno de pantanos, los zombies al servicio de Harlinger, el enano que disfruta los degollamientos y el olor de la sangre, harán de aquel viaje una noche que nunca podrá sacar de su cabeza.

Sobre la cultura negra y la esclavitud

La esclavitud de los negros es el telón de fondo de la historia. La cultura traída por ellos desde África parece albergar secretos insondables para los blancos: misticismo, brujería, espiritismo. Es la situación que parece adivinarse cuando Pauline se percata de la condición de Magda, su criada negra, quien se encuentra profundamente perturbada por el presentimiento de los malos espíritus:

“Decidió dejarla en paz. Nunca había comprendido bien a los negros. Tenían una cultura diferente, una civilización diferente. No era sólo el color de la piel, era algo más lo que los separaba de ellos. Y también había odio, justificado por parte de los negros que sufrían una esclavitud infamante” (Págs. 63-64)

Hay, pues, por un lado, el temor de los blancos a esa cultura africana llena de espiritualidad y que se les presenta como terrorífica e incomprensible y; por otro, está el odio que los separa por las diferencias sociales. Es la época de la venta de esclavos negros, de su quema y castigo cuando intentan la liberación. Y por las mismas razones, sobre el entendimiento abarcador y sintético de los blancos, todos los secretos mágicos de los negros se presentan como armas a su favor.

Después de la muerte de su padre en la cárcel, Harlinger huyó de Roak City y viajó a India y al África. Allí estuvo en contacto con los grandes conocedores de la magia negra, con los sacerdotes más sabios, y aprendió de ellos todas sus técnicas con un solo propósito: regresar a su pueblo de origen para vengarse de todos aquellos que contribuyeron a la quiebra y muerte de su padre con un arma que escapara a lo racional o judicial. Es lo mismo que dice a Pauline, cuando sostiene con ella una conversación en el cobertizo en que guarda los zombies:

“Me fui, viajé mucho. Estuve en la India y aprendí muchas cosas de sus sacerdotes. Y en África también. Entonces, dotado de poder superior a la sociedad y la hipocresía de Edmond Wagger, superior a la investigación del juez y al poder del dinero de Peter Raleigh, que por cierto ya estaba casi en la ruina, decidí volver y vengarme de ellos. Y esta es mi venganza. Yo los he matado y ahora me sirven, después de muertos, como animales dóciles (zombies)” (Pág. 72)

Sobre la brujería

Después de volver de sus viajes, el juez Burke, todavía poderoso, ordenó a Harlinger vivir en las marismas, fuera de Roak City. Pero esto no tenía importancia para él, puesto que había aprendido cómo asesinar desde la distancia. Aquello se le presentaba incluso como una ventaja. En el pueblo siempre se hablaba de que él era un brujo, y ciertamente lo era. Su ritual principal consistía en construir una figura de barro simulando la imagen de la persona a quien quería matar, colocaba un mechón del pelo de la víctima sobre la figura, se arrodillaba y empezaba a repetir una serie de palabras ininteligibles, entrando en un trance peculiar, y más tarde atravesaba la aguja exactamente en el pecho de la figura, al tiempo que, en donde estuviera, la persona moría.

Su acompañante de siempre –al menos desde que lo conoció, luego de que se quemó casi todo su cuerpo en una carreta circense en que trabajaba- fue Maurice: un enano jorobado tanto en su espalda como en el pecho, y quien tenía un aspecto horroroso debido a la contextura de su piel, la risilla que siempre lo acompañaba y su apetito descomunal por la muerte. En efecto Maurice era:

“Un ser deforme, un auténtico engendro. Era un enano de enorme cabeza, cuerpo deformado por una doble joroba que sobresalía en su espalda y en su pecho, llegando casi hasta el mentón. Sus piernas eran muy cortas y patizambas. Pero era el rostro del enano lo que más impresionaba. Sin duda ese rostro había estado expuesto a los efectos del fuego, que habían dejado en él huellas indelebles. Cicatrices sonrosadas en las mejillas, jirones de carne en todas partes. Sus labios estaban algo retorcidos y su ojo izquierdo, por efecto de una profunda cicatriz, estaba un poco más elevado que el derecho” (Pág. 7)

Sobre el zombismo

Asesinar a las personas era sólo parte de la venganza de Harlinger. Además de esto, el brujo gozaba de sobremanera convirtiendo a las víctimas en zombies a su servicio. A través de la magia negra los hacía ponerse de pie y estrangular a quien quisiera. Aquellos zombies eran ciertamente lentos, pero no descansaban nunca hasta alcanzar a la persona y apretarle el cuello hasta matarla. No los detenía nada: ni las balas, ni el fuego, ni los golpes. Sus cuerpos seguían descomponiéndose como cualquier cadáver normal, y por lo mismo hedían de forma exasperante. Pero, además, tenían una particularidad, eran ciegos, es decir, cumplían una misión, pero no podían estar seguros de que aquella era la persona indicada. Eso lo descubre Mitchell, cuando se acerca a la cabaña del brujo, y es sorprendido por uno de ellos:

“La verdad, la horrible verdad se abrió paso en su mente cuando aquellas manos gélidas tocaban su garganta. Recordó lo ocurrido a su capataz negro Zacarías en la cabaña del Ovejero. También la respuesta de Harlinger. Los muertos eran instrumentos ciegos, no oían ni veían. Fueron a la cabaña en busca de un hombre al que había que matar. En lugar de Jasper encontraron a Zacarías y lo estrangularon. Entonces, cumplida su misión regresaron a las marismas. Y ahora no habían encontrado a Jasper, continuaba en vigor la orden de matar a un hombre, y la víctima iba a ser él, porque los cadáveres, los “zombies” lo habían encontrado en su camino” (Pág. 83)

Pero, sucede que hay algo que sí funciona efectivamente para hacerlos desaparecer y que se descubrirá justo al final de la obra, cuando la suerte para los negros empiece a encontrar una nueva perspectiva.
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Magia Negra es un pulp rápido y contundente, con un lenguaje sumamente acertado y descripciones llenas de grotesca gracia. Lo más posible es que John Harlinger todavía no haya muerto y habite alguna de las marismas de Virginia o cualquier oscuro refugio del África Negra y esté esperando la oportunidad para nuevamente divertirse atinando hombres con su aguja.

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