AUTOR: Frank G. Slaughter
TÍTULO: Nadie Debería Morir…
EDITORIAL: Círculo de Lectores S.A. (Primera edición)
AÑO: 1970
PÁGINAS: 460
TRADUCCIÓN: José Onrubia
REVISIÓN: Raimundo Aliaga R.
RANK: 5/10
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Por Alejandro Jiménez

Nadie debería morir cuando es posible evitarlo. El juramento de Hipócrates dice que al médico que entra en una casa debe impulsarle el único propósito del bienestar de los enfermos; pero, ese mismo juramento dice sólo un poco después que, todo aquello que el médico pueda oír y ver durante el ejercicio de su profesión y que sea de tal naturaleza que no deba propalarse, lo debe guardar con reservado sigilo y hacer como si aquello en realidad no hubiese ocurrido. Es algo así como tener un gran impulso y al mismo tiempo un marco que regula las posibilidades; un proyecto altruista y una ética: la ética del silencio y la reserva a la que tanto abogan los médicos y especialistas.

Frank G. Slaughter (1908-2001) conoció muy de cerca esta disyuntiva. No sólo porque fue médico buena parte de su vida, sino porque fue una de las constantes más representativas de su obra literaria, al menos de aquella que comprende desde esta Nadie Debería Morir… (1941) –su primera novela- hasta Esposas de Médicos (1967). Una constante con todos los rasgos de una preocupación, la preocupación que buscó develar la tensión en la que desarrollan su trabajo los médicos: el compromiso social, la burocracia política, la sobrecarga laboral, la ética de la reserva, la no intervención en casos de colegas, etcétera.

Así como A.J. Cronin –el novelista escocés- combinó su carrera como médico y cirujano con la producción literaria, Slaughter trabajó en medicina desde sus veintidós años, después de graduarse en la John Hopkins Medical School. También como Cronin, fue movilizado durante las Guerras Mundiales, y la experiencia no le resultó para nada complaciente puesto que ya en 1946 se retiraba casi definitivamente de su ejercicio como médico. Pero lo que para Cronin es una condición ciertamente trabajada, para Slaughter, como dijimos, las cuestiones de la medicina constituyen una preocupación cardinal, de allí que en su primera docena de novelas se haya preocupado por recuperar no sólo su propia experiencia en los hospitales de Estados Unidos, sino también aquel marco general que constituyó para la medicina la experiencia de la guerra.

Después de aquella primera época de su obra, en donde también alternaron algunos escritos científicos, Slaughter dedicó un número similar de novelas al tratamiento de algunos hechos y personajes históricos, especialmente bíblicos, remembranza de las primeras lecturas a las que tuvo acceso cuando joven. Nadie Debería Morir… constituye la primera experiencia narrativa de Slaughter, éxito inmediato, fue traducida a más de diez idiomas y, justamente, debe ser considerada como un insumo autobiográfico –así como todas las obras de la primera época- por muchas de las situaciones que se verán representadas a través de su personaje central: Randolph Warren.

La magia salvadora del escalpelo

Nadie Debería Morir… es una novela extensa por la que circula una lista considerable de personajes: tipos rudos, políticos, médicos de todas las clases, campesinos, ciudadanos del común, jóvenes chantajistas, mujeres amantes y atareadas. Ciertamente que su lenguaje no ofrece nada especial para un “lector exigente”: una estructura básica, un narrador en tercera persona que lo sabe todo, un ritmo lento aunque firme y una intriga que se va perfilando, pero de la cual se pueden sacar unas proyecciones bastante acertadas mucho antes del final.

Pero si Slaughter no está a la vanguardia del lenguaje, si posee un as bajo la manga: conoce de primera mano un tema del que, aún hoy, no se ha escrito con la misma suficiencia que otros temas, es decir, la medicina, el trabajo médico. Por esa razón Nadie Debería Morir… ofrece muchas reflexiones interesantes y, aquello del lenguaje, pasa a un segundo plano con relación al conjunto de preocupaciones que rondan por la obra y que podrían agruparse en dos grandes miradas: las condiciones políticas que limitan la medicina y la condición ética de cada médico en el ejercicio de su profesión.

Es Randolph Warren el encargado de dar forma a estas inquietudes. La novela narra un buen pedazo de su vida, el que va desde su graduación como médico en Lakeview, hasta muchos años después cuando está abierta para él la posibilidad de ejercer dentro de la Secretaría de Sanidad el segundo cargo de más prestancia para un médico en Estados Unidos. Ran es un hombre talentoso, comprometido con su oficio. A pesar de haber crecido en un orfanato ha sabido abrirse un camino en la difícil carrera de la medicina; siendo uno de los estudiantes más destacados de su época, logra hacerse a una vacante en el Hospital de Lakeview, primero como ayudante, luego como interno, teniendo su primera experiencia en cirugía, especialidad que será siempre su principal fortaleza.

Conservará de aquella temporada de formación la amistad con otros personajes elementales de la historia: Larry Wilson (hijo de un político adinerado y bastante influyente), Tim Brennan (amigo leal de Ran), Sibila Barr (la única mujer médico de la historia, también amiga de Ran), Frances Libby (primera experiencia amorosa de Warren) y, Ann (futura esposa del médico). La unidad amistosa que compartieron todos ellos durante la Universidad se verá trastocada, sin embargo, por los derroteros que toma la vida de cada uno: Wilson emprenderá la carrera política, Brennan y Sibila marcharán lejos a trabajar en otros hospitales, y Frances se casará con un hombre adinerado.

La experiencia en Lakeview es interesante ante todo porque es el primer contacto que tiene Ran Warren con ciertas situaciones en las que se ve en peligro aquel propósito de Hipócrates: el bienestar de los enfermos. Negligencias, incumplimientos, falta de compromiso, etcétera, harán que muchos inocentes terminen bajo la lápida; Alec Porcher, Pee Wee Harter, Rena (un parto mal practicado) hacen parte de esa lista interminable. Ran quisiera hacer algo pero, por ejemplo, la ética médica impide emitir juicios sobre las actuaciones de los médicos colegas, al tiempo que es imposible decidir sobre la salud de un paciente sin autorización del médico que generalmente lo atiende; pero sobretodo, hay una gran máquina política llena de intrigas, mafia y confabulaciones que ha hecho de los médicos hombres interesados en todo menos en los enfermos.

Su recia conducta moral hará que Warren busque nuevos horizontes, puesto que aunque hay figuras destacadas, la mayoría de sus colegas y los intereses que están detrás de ellos le resultan intolerables. Después de una aventura amorosa con Frances, marcha hacia Farmington, donde le espera un puesto principal como cirujano. La época coincide con su matrimonio con Ann, una enfermera que conoció en Lakeview. Las perspectivas son buenas, Ann está embarazada y su trabajo le procura más dinero que nunca. Pronto, sin embargo, tipos como Sarnov –un partero sin escrúpulos-, le harán comprobar que también en Farmington la máquina de silencio y muerte existe.

Paulatinamente Ran se verá forzado a denunciar como mejor puede toda esa cadena de negligencias, tanto políticas como médicas, que han venido convirtiendo al médico en verdugo y matarife, pero aquello le costará su puesto. Además, de forma paralela, el gobierno ha logrado hacerse al control de la medicina, de suerte que ahora Ran se convierta en un servidor del Estado y la situación se complique mucho más. Como médico general será enviado por la comisión reguladora a ejercer en Stoneville, cerca de Adson, en donde la situación llegará a su punto culminante: ya no es posible callar más la situación, pero hay mafias detrás de todo: la distribución de las drogas para los pacientes, las llamadas de enfermos al hospital, el nombramiento de nuevos médicos, los abortos silenciosos. Ran, con ayuda de Tim Brennan y algunas personas de buen carácter, como el senador McDonough, decidirán asumir el riesgo de sacar a la luz pública todos los enredos, sin saber muy bien las consecuencias que esto puede acarrear.

Condiciones éticas del ejercicio médico

Podría pensarse que se trata de monotonía, de falta de motivación; pero lo cierto es que no existe excusa alguna para que el médico no procure siempre la mejor atención a los enfermos. Un tocólogo ha cometido un error grave durante un parto y luego dice a su familia: “Ha sido preciso elegir entre la vida del niño o la de la madre”. Es una mentira, aquello no lo sabe la familia, pero tal vez sí los otros médicos, y estos callan por distintas razones, porque no pueden emitir juicios contra sus colegas o porque la reputación del hospital y el médico como figura está en riesgo.

Para un tipo como Ran, recién salido de la Universidad todo esto resulta impresionante. Pero no se tratará nunca de tiempo, es decir, de acostumbrarse; muy pronto Ran sabrá que aquello no tiene razón de ser y que, no importa si así se han hecho las cosas durante años, hay una cuestión de ética que prevalece; en el fondo Warren es un idealista. Idealista es el término con que despectivamente se han denominado las aspiraciones de quienes desean transformar las cosas absurdas de la realidad. Pero qué hacer entonces cuando:

“Las condiciones en que desarrollaba su tarea constituían un motivo constante de irritación para las normas profesionales y la conciencia médica de Ran, que odiaba la precipitación. Su carácter y sus enseñanzas estaban contra aquel método apresurado, que le constreñía a dedicar sólo unos pocos minutos de examen superficial a un caso que hubiera requerido una hora de cuidadosa atención. Oía una breve y no comprobada historia clínica de labios de un paciente, lo auscultaba rápidamente y lo enviaba a su casa, tras de contentarlo recetándole dionina o alguna otra cosa similar” (Pág. 149)

Ran es el principal develador de la tensión que existe entre la ética del médico sensato y las prácticas instauradas dentro de la maquinaria política y burocrática de las instituciones médicas. La representación de su postura frente a los hechos denigrantes que a diario ocurren en los hospitales es, ante todo, la de todos aquellos que desconocemos lo que ocurre en realidad detrás de las puertas de observación o cirugía. Para él está claro que debe denunciarse cada acción mal ejecutada, si no:

“(…) se convertiría, a causa de su silencio profesional, en cómplice de un sistema de practicar la medicina que ha llegado a aprisionarse en sus propias cadenas, atado de pies y manos, debido a que, hace miles de años, alguien dijo en una ocasión: “El enfermo debe elegir libremente su propio médico”. Y sin que nadie le indique cómo debe elegirlo, ni conocer cuál es la competencia del hombre que ha elegido para que meta el bisturí en su cuerpo, el hombre se entrega en manos de cualquier charlatán, quien, por haberse graduado en alguna facultad médica de segunda clase y sufrido un examen ante una comisión oficial, ha adquirido el título y tiene los mismos derechos que los médicos y cirujanos que han dedicado años de su vida a su preparación profesional” (Pág. 151)

Condiciones políticas del ejercicio médico

¿Qué aspecto de la sociedad escapa a la política? ¿Qué de lo humano en su interacción con los otros? La médica, como cualquier otra institución social tiene una connotación política indiscutible. De modo que aquello que Ran percibe con relación a las condiciones de muchos de los médicos que adelantan sus funciones en los hospitales de manera degenerada y peligrosa –abortos, malas medicaciones, obstrucciones- hace parte de un sistema también degenerado y peligroso. Se trata de una política que podría analizarse en un doble sentido como micros y macro políticas.

Las micropolíticas de la medicina harían referencia a todo aquello que tiene que ver con las relaciones directas que el médico y la institución establecen con los enfermos y la sociedad en general. Un médico como Sarnov, que en la novela practica cesáreas sin importar la pertinencia en los casos, sólo a razón de ganar más dinero, y al mismo tiempo el Hospital de Farmington que, aun conociendo el hecho, permanece en silencio, tiene una posición política de negligencia e irresponsabilidad. Eso lo sabe Ran, sabe que no es justo, que es improcedente, pero él mismo no encuentra la manera de denunciar aquello, puesto que apenas empieza a examinar la estructura se da cuenta de que toda ella también se encuentra corrompida.

La macropolítica de la medicina es la que legitima y da sentido a todas las micropolíticas. Viene del Estado y, por ende, se supone que es “consensuada”; pero sabemos lo que hay detrás de eso. Ran también lo sabe: hay unas obligaciones que el Estado debe tener frente a la capa pobre de la sociedad que no cuenta con los recursos necesarios para procurarse una medicina privada, pero también tiene unos alcances y, aquellos, en opinión del protagonista, no pueden superar el ámbito de la autonomía médica, de los grupos científicos, etcétera.

Más allá de la discusión que pueda esbozarse sobre este respecto –y que recuerda tanto la de la Educación-, hay una cosa clara: una macropolítica enferma es la que hace posible que las pequeñas prácticas degeneradas permanezcan impunes. Con esto claro, Ran propone a través de las páginas de Nadie Debería Morir… un documento conocido como El Plan Warren que es algo así como un intento por conciliar la autonomía médica con la intervención estatal. El punto más original de aquel plan será acaso que los médicos puedan establecer colectivos de trabajo que, aun hablando a título personal en cada caso, la dignidad de los mismos siempre dependa del trabajo conjunto; aquello implicaría, al menos, no quedarse callado frente a lo que se está haciendo mal merced a una absurda condición ética. Es una alternativa para que situaciones como las impulsadas por Sarnov, y evidenciada por Ran, no ocurriesen más:

“Con el cierre de la abertura, Sarnov había echado en el útero un veneno mortal y quitado a la joven madre su última probabilidad de vida. Se hacía difícil creer que semejante operación hubiera sido ejecutada en un hospital moderno por un supuesto reputado ginecólogo. Asqueado, Ran salió afuera, temiendo no poder contenerse y prefiriendo no tener que hablar con el torpe cirujano. Lo dominaba un sentimiento de desesperada culpabilidad por haber permanecido callado y sin protestar viendo cómo un hombre, que ocupaba una posición dentro de un hospital, lo cual constituía automáticamente una recomendación para los profanos ignorantes, practicaba su especialidad mediante una operación técnicamente hermosa, pero que no dejaba a la paciente ninguna posibilidad de sobrevivir” (Pág. 158)

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Nadie Debería Morir… es un retrato complejo de los dilemas éticos y políticos de los médicos. Si bien su historia resulta un tanto lenta y manida, es suficiente para dar pie al debate de estas cuestiones de urgente pregunta. Por demás, cualquier parecido con el no menos degenerado y caótico sistema de salud colombiano, sólo demuestra la actualidad del tema; basta con que el lector eche una mirada a su última consulta.

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