AUTOR: Anónimo
TÍTULO: Muertes Trágicas No. 1: El Sufrimiento de una Estrella
EDITORIAL: Grupo Editorial Vid S.A. (Primera edición)
AÑO: 2002
PÁGINAS: 96
RANK: 4/10

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Por Alejandro Jiménez

Al parecer y, según puede leerse en Esto es Perfecto, existió por allá en la década de los setentas otra serie llamada Muertes Trágicas, también publicada por el Grupo Editorial Vid. Los encargados para la época de la casa editorial eran Guillermo de la Parra y Jorge Velazco, quienes además habían dado el visto bueno a otras colecciones -creadas y editadas por José Suárez- que alcanzaron una buena cantidad de números, como las Mini-Policíacas, las Mini-Terror o las Mini-Aventuras, amén de una de las producciones más representativas de la editorial: Memín Pinguín, de la que seguramente todos nosotros hemos tenido noticia.

Sin embargo, esta Muertes Trágicas que se inicia con El Sufrimiento de una Estrella no es esa misma colección, sino una serie publicada a partir de enero de 2002 en México y la que –hasta allí tengo noticia- alcanzó al menos ocho números. Cierto que, de cualquier forma, esta publicación conserva muchas de las características de aquellas viejas series: su formato pulp, el estilo de las portadas y, por supuesto, las historias y dibujos propios de un género que, en opinión de muchos, ha sido llamado a recrear y solazar a sus lectores.

Leemos al cierre de esta edición –en dos pequeños recuadros- que, por un lado, se trata de una publicación catorcenal y, por otro, que hay un objetivo especial en la serie, esto es, dar cuenta de:

“Dramas verídicos que en su momento fueron noticia… Una lectura sana que puede disfrutar toda la familia. Divierte y entretiene” (Pág. 96)

Por las páginas de Muertes Trágicas vamos a encontrar un conjunto de historias sobre distintos personajes, unos más conocidos que otros, pero que comparten una relación particular con la muerte: su carácter avasallador, contundente. Los títulos de la serie hablan por ellos mismos: Final de Pesadilla, Vandalismo Criminal, Matando a Golpes o Caprichos de la Muerte.

En el caso particular de este primer número El Sufrimiento de una Estrella, se vuelve a una de las figuras más representativas del cine norteamericano de mediados del siglo XX: Marilyn Monroe. Adorada por unos, reprochada por otros, evidentemente su fallecimiento puede ser asumido dentro de las páginas de esta serie como una muerte trágica, máxime cuando su propia vida siempre se perfiló hacia ello: los problemas con las drogas y calmantes, sus atormentadas relaciones amorosas, los fantasmas de la niñez, etcétera.

El retrato esbozado en este pulp-cómic comprende la totalidad de la vida de la actriz, es decir, desde su nacimiento en Los Ángeles en 1926, hasta su muerte en 1962. Toma de ese intenso recorrido vital los rasgos más importantes y los mezcla con unas imágenes bastante simples, ordenadas, carentes de cualquier particularidad artística. Los diálogos y líneas narrativas tampoco comportan alguna singularidad y, por lo mismo, no tienen ninguna proyección psicológica sobre los personajes, más bien se concentran de forma exclusiva en el desarrollo de acciones que, en no pocas ocasiones, parecen demasiado apresuradas y montadas las unos sobre las otras.

Al fin el insomnio fue dominado por el sueño

“Al fin el insomnio fue dominado por el sueño”, dice Joi di Maggio en la imagen que cierra este pulp. La vida de Marilyn Monroe fue bastante turbulenta, muchas cosas le quitaban el sueño con facilidad: la inestabilidad sentimental, una popularidad difícil de manejar, y una niñez en que tuvo que enfrentarse a situaciones complicadas. Norma Jeane (aquí Norma Jean), luego conocida como Marilyn Monroe, nunca vivió con su padre y la relación con su madre fue difícil puesto que aquella tenía serios problemas mentales, heredados de la abuela, quien murió tras una certera depresión maníaca.

Aquella anciana –mostrada aquí como una mujer irascible y amargada- gozaba atormentando a Norma Jean cuando era apenas una niña: le presagiaba sufrimientos, la atemorizaba, incluso, intentó asesinarla. Su madre, sumergida en el alcohol y en una esquizofrenia aguda, lo único que pudo hacer por ella fue dejarla al cuidado de distintas familias amigas y, tiempo después, instalarla en un orfanato. Creció porque era inevitable, pero las marcas de aquella época perduraron en su mente y vamos a ver las imágenes a lo largo del pulp en que su abuela regresa en los sueños de la actriz para invitarla a unirse con ella en el más allá.

En una de esas casas en que pasó su niñez y adolescencia, exactamente en la de Grace Mac Kee, vivirá otras dos experiencias importantes: el acoso sexual del esposo de Grace, un tipo de apellido Goddard, y su primer matrimonio con un empleado de la policía, Jim Doogherty. Esta relación será precisamente la que conducirá a Monroe a trabajar en una manufacturera militar en donde trabará amistad con el fotógrafo que le abrirá camino, primero en el modelaje y luego en el cine.

Jim, comprendiendo la brecha infranqueable que empezaba a abrirse entre las aspiraciones de Monroe y las suyas, decide separarse de la mujer, que desde entonces se consagra al mundo artístico, primero como modelo para la agencia de Emmeline Snivel y luego para la FOX. Desde allí la cuenta de los “amores” de nuestra querida actriz se multiplican: John Hide, un reconocido cazador de talentos que muere repentinamente; Joi di Maggio, con quien se casará y vivirá un tiempo, hasta que el beisbolista italiano no pueda soportar la presión de la popularidad y; Henry Miller, el dramaturgo estadounidense, con quien también contraerá matrimonio en una relación que se le presentará como insoportable por el control y celos del autor.

Pero asimismo hacen parte de esta cuenta: Yves Montand, John y Robert Kennedy, nuevamente Miller y di Maggio, etcétera. Una mujer entregada a las pasiones amorosas, pero nunca correspondida. Dirá Yves Montad en una de las viñetas de la historia: “Es la mujer ideal para el amor, pero totalmente negativa para las relaciones conyugales”.

Al tiempo que tenían lugar todas estas intrigas amorosas, su fama se había catapultado, pero también empezado a extinguir. Rodaba películas aquí y allá mientras su voluble estado de ánimo se lo permitía, a veces paraba por semanas enteras una rodación. Alguna vez descubrió en uno de los libritos de apuntes de Miller una nota que decía: “Oliver la llamó zorra arbitraria y nada puedo hacer para defenderla”. Es la época de la adicción al vermut, al champaña y a los barbitúricos.

Pero además de aquello tenemos el hecho de que su vida mental estuviera profundamente afectada y que, muchas de las cosas que sucedían en los estudios de grabación, fueran consecuencia directa de eso: las imágenes de la niñez reaparecían; su madre al igual que su abuela parecía predestinada a morir en un hospital psiquiátrico; ella misma visitará una clínica de rehabilitación y; en fin, la droga la había convertido en una consumidora compulsiva.

Nada podrá detener su final ineluctable: ni el amor constante de Joi di Maggio que reaparece en distintos momentos de su historia y que, tal vez, será el más sincero hasta su muerte; ni los deseos de ayudarla de Henry Miller; ni los consejos de su psiquiatra de cabecera, Greenson; ni el reencuentro con su casi hermana Berenice; ni la compañía de la señora Murray, la consejera y ayudanta que la verá morir; ni su fama, ni nada. Es una sentenciada a una muerte trágica: “cuatro y medio miligramos de barbital puro en la sangre, tres veces la dosis mortal media”.

Como se ve, merece la pena que aparezca en la colección de muertes trágicas. Y, como tan bien se ve, a pesar de lo simple que puede parecer la aspiración de los pulps de este tipo, todavía más cuando son combinados con la historieta, y por lo mismo, deben reducir de sobremanera sus palabras, la información que contiene no está para nada fuera del foco de lo conocido en las biografías “serias” sobre la actriz, y, quien se haya sentado a trazar tanto los dibujos como a escribir los diálogos conocía perfectamente nombres, fechas, lugares y momentos especiales.
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El Sufrimiento de una Estrella es un pulp-cómic a la vieja usanza de los primeros publicados en Estados Unidos a principios del siglo XX, pero tiene la particularidad de ligarse a un conjunto de situaciones históricas y reales que, por lo mismo, priman frente a la calidad del dibujo que puede resultar aburridora. Todo lo contrario a lo que encontraremos en el segundo número de la serie, en donde sí es posible advertir una apuesta en la imagen. Habremos que comprobarlo cuando echemos un vistazo a Caprichos de la Muerte.

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