AUTOR: Alejandro Casona
TÍTULO: La Dama del Alba
EDITORIAL: Cátedra S.A. (Decimoséptima edición)
AÑO: 1999
PÁGINAS: 151
EDICIÓN: José R. Rodríguez Richart
RANK: 9/10

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Por Alejandro Jiménez

Estamos tan acostumbrados a algunas formas paradigmáticas de la Muerte, por ejemplo, a aquella de manto oscuro y guadaña, o a aquella de una luz al final de un sendero; estamos tan permeados por ellas, tan rebosantes de sus símbolos que, al parecer, la Muerte se nos presenta hoy como una cosa desnaturalizada. Nadie quiere pensar en la Muerte si no es en estos términos; la Muerte –dice Jankélévitch- es cosa de terceros o segundos, pero nunca de nosotros; la Muerte es una cuestión que se posterga, la Muerte es algo que se evita y se ignora, algo de lo que es mejor mantenerse al margen; una idea lejana, un objeto más en el cajón de nuestra mesa.

Hemos terminando pensando que la Muerte tiene que ver con todo, menos con la vida; pero qué es la vida si no reviste su propia Muerte. Dar con un libro como La Dama del Alba es replantear todas estas impresiones que se tienen, estas ideas tan mal fundadas y vacías para llenarse con un lenguaje nuevo, con una nueva comprensión. Tenemos allí a un Casona que ha escrito mucho sobre el tema (Prohibido Suicidarse en Primavera, Los Árboles Mueren de Pie o Corona de Amor y Muerte) y que está muy lejos de esa vacuidad propia de todas las emociones simplistas, patrocinadas –no sin razones muy claras- aquí y allá, dentro de la sociedad.

Alejandro Casona (1903-1965) no necesita una presentación extensa: es ya un clásico del teatro universal y tal vez el más reputado comediógrafo que dio España durante el pasado siglo. Un autor que atrapa con sus formas y líneas renovadas, con la profundidad de sus temas, con la contundencia de su palabra –poética, libre y prodigiosa-, con ese aliento mordazmente humano que podemos respirar cuando metemos la nariz entre estas páginas. Este libro hay que leerlo y eso es definitivo, porque tiene la virtud de arrancar todo lo que podemos tener en nuestro pecho y botarlo y revolverlo y llenarlo de tierra y metérnoslo de nuevo, para luego sentirnos algo así como bastante renovados.

Dice nuestro autor que “sólo cuando el Hombre habla de igual a igual con la Muerte… es cuando alcanza la definitiva definición de sí mismo”, y no cabe duda de ello, porque Muerte y Hombre son palabras que se corresponden, porque no existe Muerte sin Hombre y viceversa, porque sólo estamos aquí para morir, para unirnos a esa Peregrina. Y porque esto es así podemos pensar ahora que la Muerte también se cansa del destino, que también es víctima de un Sino irrevocable y que, por lo mismo, tal vez, no le venga mal un poco de risa, un poco de temblor en la garganta, o una siesta cerca de la lumbre que supere las nueve.

La historia de la Peregrina
Estamos en Besullo, Asturias porque –si bien La Dama del Alba fue escrita y estrenada en 1944 en Buenos Aires, cuando Casona llevaba ya algunos años de exilio- lo que se respira aquí son aires asturianos, el lenguaje y las costumbres de estas tierras –que miradas desde el otro lado del Atlántico resultan trazadas con un dejo melancólico-. Y estando aquí no importa la fecha, acaso sólo que se trata de una casa de labranza que trasluce limpio bienestar y en donde una mujer hermosa, de manos blancas y labios cristalinos va llegando, bastante cansada por el viaje: ella es la Peregrina.

Ya estuvo hace un tiempo en estas tierras, cuando la anterior mayorazga o cuando la nevadona, o cuando la mina se vino al piso. Pero esta vez, Ella –la Muerte, que tiene unos ojos hermosos y mucho frío en sus manos- tiene tiempo para intimar con el abuelo y recordar aquellos tiempos; para cruzar algunas palabras con la Madre –la mujer que sufre recordando el fallecimiento de su hija en el río-; para dormir un poco y descansar del viaje e; incluso, para estar con los niños –que son sus buenos amigos- y jugar con ellos hasta sentir por primera vez la risa:

PEREGRINA. –Pero, ¿qué es lo que estoy haciendo?... ¿Qué es esto que me hincha la garganta y me retumba cristales en la boca?...
DORINA. –(Medrosa aún) Es la risa.
PEREGRINA. –¿La risa?... (Se incorpora con esfuerzo) Qué cosa extraña. Es un temblor extraño que corre por dentro, como las ardillas por un árbol hueco. Pero luego restalla en la cintura, y hace aflojar las rodillas…
(Los niños vuelven a acercarse tranquilizados)
ANDRÉS. –¿No te habías reído nunca?...
PEREGRINA. –Nunca (Se toca las manos) Es curioso… me ha dejado calientes las manos… ¿Y esto que me late en los pulsos?... ¿Y esto que me salta aquí dentro?...
DORINA. –Es el corazón.
PEREGRINA. –(Casi con miedo) No puede ser… ¡Sería maravilloso… y terrible! (Vacila fatigada) Qué dulce fatiga. Nunca imaginé que la risa tuviera tanta fuerza. (Pág. 80)
Viene tan casada de su viaje que duerme un poco más de lo debido, de modo que el próximo en su lista tiene suerte y se salva. Tiene tiempo para hablar con el abuelo, quien recuerda haberla visto antes –luego sabrá que precisamente en las fechas más tristes-. Y el abuelo se consterna porque en él tiene lugar una mezcla de emociones: atracción, miedo, simpatía, vacilación:

ABUELO. –¡Calla! Tienes dulce voz y es peligroso escucharte.
PEREGRINA. –No os entiendo. Si os oigo quejaros siempre de la vida, ¿por qué os da tanto miedo dejarla?
ABUELO. –No es por lo que dejamos aquí. Es porque no sabemos lo que hay al otro lado.
PEREGRINA. –Lo mismo ocurre cuando el viaje es al revés. Por eso lloran los niños al nacer. (Pág. 89)

Y la Peregrina se siente tan lealmente escuchada, que piensa que esta es la oportunidad para confesar algunas cosas:

PEREGRINA. –(Con profunda emoción de queja) Entonces, ¿por qué me condenas sin conocerme bien? ¿Por qué no haces un pequeño esfuerzo para comprenderme? (Soñadora) También yo quisiera adornarme de rosas como las campesinas, vivir entre niños felices y tener un hombre hermoso a quien amar. Pero cuando voy a cortar las rosas todo el jardín se hiela. Cuando los niños juegan conmigo tengo que volver la cabeza por miedo a que se queden fríos al tocarlos. Y en cuanto a los hombres, ¿de qué me sirve que los más hermosos me busquen a caballo, si al besarlos siento que sus brazos inútiles me resbalan sin fuerza en la cintura? (Desesperada) ¿Comprendes ahora lo amargo de mi destino? Presenciar todos los dolores sin poder llorar… Tener todos los sentimientos de una mujer sin poder usar ninguno… ¡Y estar condenada a matar siempre, siempre, sin poder nunca morir! (Págs. 89-90)

Y luego se marcha porque aquí no hay nada más que hacer hasta dentro de siete lunas llenas. Mientras tanto, las cosas de la casa transcurren: Adela, una hermosa muchacha salvada del suicidio llega a nuestra casa a hacer las veces de Angélica, la mujer que todos piensan muerta –pero que ha marchado con su amante-, de suerte que la Madre empiece a sonreír de nuevo, y que los niños recuperen la figura de su hermana, y que Martín –el esposo de Angélica-, bueno, que él también piense en darse una oportunidad. Pero el abuelo tiene miedo, porque el tiempo pasa rápido y aquí en la casa de labranza, ya se han visto pasar sietes de esas lunas.

Muy puntual, la vemos ahora llegando por los montes a la Peregrina; y el abuelo habla con ella porque no resulta justo que vuelva a destruir un hogar en donde se está recuperando toda aquella armonía que se perdió tras la “muerte” de Angélica, no es justo que se lleve a Adela porque ¿Qué otra persona puede ser la destinada, si la Peregrina ha dicho muy claramente que aquella mujer es hermosa y morirá en el río? Todos bailan y beben rondando el fuego en la rivera, porque es el día de la nueva mayorazga: Martín y Adela –que se aman pero siguen presos del fantasma de Angélica-, Telva –la criada que perdió sus siete hijos en la mina, en una de las visitas de la Muerte-, los niños –que saltan sobre el fuego y ríen y sueñan las historias que cuenta su nueva hermana- y, hasta la Madre –que ha regalado el pañolón de su hija a Adela, con lo que le ha hecho saber que ahora la reemplaza totalmente.

Y como la casa está sola, nadie se percata de que Angélica ha vuelto, mucho menos de que la Muerte la está esperando ¿Pero por qué ha vuelto? Bien, porque su amante la ha tratado muy mal en estos cuatro años y ha pasado de mano en mano perdiendo su pureza ¿Y qué busca? Recuperar todo lo suyo, ella piensa que la familia la está esperando ¿Y no puede darse cuenta de que se la esperó lo suficiente? No, aunque echa un vistazo a la fogata y puede comprobarlo ¿Y qué ganará con sorprenderlos? Tal vez sólo recibir migajas en el piso. Entonces ¿Un momento de valor y el recuerdo no es acaso lo mejor que puede darles?

Del populismo y la superstición

La Dama del Alba está marcada por una fuerte influencia de las tradiciones y costumbres asturianas. Se las puede ver en distintas formas: en el lenguaje de sus personajes, en las actividades que realizan, en su forma de entender el mundo, en su amplio inventario de supersticiones y creencias y, por supuesto, en la condición humana de todos aquellos hombres que pueblan estas tierras y que Casona conoció tan bien porque él mismo creció entre ellos.

Las supersticiones están allí, latentes, cuando la madre piensa que su hija no descansa en paz porque no está bajo la tierra, sino varios metros bajo el agua; cuando los campesinos piensan que en el fondo del río existe un pueblo entero del que se escucha, a veces, el repiquetear de las campanas; cuando los perros se inquietan y ladran nerviosos porque perciben difusas las presencias; cuando se tiran los alfileres al fondo del agua para llamar la buena suerte; y cuando se confía el destino a la panoya o al maíz.

Y, por su parte, el lenguaje popular, plagado de sus formas características se nos manifiesta en sucesiones rítmicas en los cantos alrededor de las hogueras, cuando las parejas danzan con motivo de la mayorazga; en los juegos de palabras que los niños y la Peregrina establecen –es decir, cuando la Inocencia vence lo Irrevocable-; en las palabras que designan un monte, un árbol o una fecha.

Se habrá dicho por ello, con razón, que esta es la pieza teatral en donde esa recurrencia del tema de la Muerte en Alejandro Casona, se mezcla de manera más sutil y profunda, por un lado, con las características propias del entendimiento popular e idiosincrásico que conoció y anheló en la Argentina distante y, por otro, con un delicado acento poético que venía también desde Asturias, y que responde a los orígenes como poeta que tuvo nuestro autor.
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Popular, poética y profundamente humana, La Dama del Alba rompe con las nociones de indiferencia e inexorabilidad tradicionales de la Muerte, para plantearla a partir de una mirada renovada, en donde su papel se trastoca hasta convertirla en franca, consejera, risueña y nada, nada distinta de la propia vida.

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