AUTOR: José Fernández Madrid
TÍTULO: Atala / Guatimoc
EDITORIAL: Arango Editores (Primera edición)
AÑO: 1988
PÁGINAS: 117
PRÓLOGO: Álvaro Garzón Marthá
RANK: 8/10
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Por Alejandro Jiménez

José Fernández Madrid (1789-1830) vivió en una de las épocas más convulsas de nuestra historia: aquella en donde confluyeron, por un lado, el debilitamiento de la colonia española y, por otro, el afán de consolidar la nueva república en medio de ese contraste que caracterizó la independencia, entre ideas importadas de la misma Europa y todos los problemas raciales, sociales y económicos que se enfrentaron a lo largo de los siglos XVIII y XIX. Fernández Madrid conoció ese tiempo, lo vivió, y participó en muchos de sus procesos transformadores como parlamentario, abogado e, incluso, como Presidente de la República en una breve detentación del cargo durante el año de 1816.

Pero además de su trasegar político, Fernández Madrid ha figurado en las páginas de la historia colombiana como uno de los fundadores del teatro de la república; y tal renombre se debe, principalmente, a las obras Atala y Guatimoc, publicadas ambas en pleno furor por las luchas de independencia. De suerte que, tanto por su época como por su contenido –histórico e insurreccionario- fuesen motivo para declarar la distancia definitiva que tomaba la naciente República de Colombia frente a la hegemonía colonialista española.

En efecto, Atala y Guatimoc a pesar de sus notorias diferencias formales y temáticas, se nos presentan como ejemplos claros del material teatral que para la época enaltecía los ánimos independentistas, al tiempo que constituían las primeras piezas artísticas que podríamos llamar –en relación con las precedentes- un poco más acertadamente como “nuestras”. Porque lo que se percibe en estas obras es el interés de construir un pueblo nuevo, una nación que lograra de alguna forma reivindicar la situación que atravesaban miles de personas; el mismo interés, en fin, que proclamara Bolívar y que tardaran aún en comprender los legisladores de la Patria Boba.

En Atala se recupera la historia publicada por Chateaubriand bajo el mismo título, pero aquí aquel cuadro romántico presentado por el francés, se convierte en una tragedia de proyecciones similares a las obras de los griegos. La historia, ambientada en los últimos años de la colonia, esboza la relación entre Atala y Chactas, jóvenes mestizos que enfrentan sus sentimientos a los desafíos de familias rivales, las diferencias religiosas y el dominio castellano. Guatimoc –o Guatimocín-, en cambio, es un drama de tipo histórico que recupera los últimos días del emperador azteca Cuauhtémoc y la muerte del mismo, finalmente, a manos de Hernán Cortés.

Atala: del destino trágico y la muerte

Se dice que los personajes trágicos están especialmente abocados a la muerte, y esto parece cobrar sentido claro y cierto si tomamos a Atala como ejemplo: ha conocido a Chactas después de que su padre le ha capturado y condenado; enamorada, escapa junto a él y vagan por el desierto hasta conocer al cura Obrí; aquel convence a Chactas para que se vuelva al cristianismo y pueda casarse con Atala, quien parece triste; pero ella tiene un secreto inenarrable que la ha impulsado a tomarse un bebedizo con el que ha sentenciado su propia muerte.

Y bien, aquel secreto no es otro que el de haberle prometido a su madre en el lecho de muerte conservar su doncellez para pagar tributo a dios por aquel parto difícil en el que casi muere. De suerte que, ahora, cuando ha conocido el amor, se perfile en ella esa tragedia en su sentido profundo –el encuentro de dos fuerzas irreconciliables- y que conciba como única alternativa el suicidio. Porque qué otra cosa puede elegir Atala si no es una existencia indigna al pasar por encima de su promesa o, por el contrario, morir injustamente a razón de algo frente a lo cual se percibe como inocente.

Chactas, por su parte, quien sólo descubrirá el verdadero sentido de la condición de Atala hacia el final de la obra, también experimenta su propia tragedia: si bien él es mestizo, ha sido educado en la creencia de los dioses indígenas, y debe elegir ahora entre renunciar a sus sentimientos por Atala o entregarse a un dios al que, por demás, desprecia, pues ve en él todos los principios de los vicios y crímenes de los españoles. De modo que su tragedia tiene un tono un poco más histórico y sobre él recae con mayor contundencia el problema de la época. Además, ha sido testigo de la manera en la que su pueblo se ha visto dividido merced a las trampas y mentiras de los cristianos; así pues, si bien su padre es un español, ante todo encontramos en su figura el germen insurreccionario.

Fernández Madrid hace de esta forma algunas modificaciones importantes de la novela de Chateaubriand. Primero, convierte el argumento romántico en una tragedia de doble dimensión –personal e histórica-; segundo, introduce el carácter mestizo de Chactas –indígena en el original- para fortalecer su fuerza reaccionaria; tercero, crea una consanguinidad entre Atala y Chactas, quienes resultan hijos de López, un español, condición que, sin embargo, no inmuta el desarrollo de la pieza; cuarto, proporciona un desarrollo dramático más profundo al iniciar la historia cuando ya la protagonista ha consumido el veneno y; quinto, utiliza algunas estratagemas como las alucinaciones o los fantasmas para remplazar lo que en las tragedias griegas era función del coro, es decir, el recordar el dilema inexorable por el que atraviesan los personajes.

Guatimoc: la concreción del antihispanismo

Atala fue escrita entre 1817 y 1819, y editada al tiempo que se estrenaba en Cuba en 1822. No se tiene la misma certeza sobre el origen de Guatimoc, aunque algunas fuentes también la ubican antes de 1824, cuando Férnandez Madrid trabajaba como médico en distintas zonas de Colombia, antes de embarcarse rumbo a Londres, en donde moriría mientras fungía como diplomático. Aun así, esta obra también le fue reconocida en vida y junto a sus colecciones de poemas –Atala, por demás, está compuesta en endecasílabos- pasó a la posteridad como una de las figuras literarias más prominentes de la época.

Guatimoc está ubicada en Tenochtitlán, 1521, durante el asedio que los españoles a la cabeza de Cortés hacían del último emperador de los aztecas, Cuauhtémoc. En efecto, la obra de cinco actos inicia con los diálogos entre Guatimoc y Tisoc –o Tísoc-, su consejero, sobre la manera en la que deben actuar frente al asedio al que los tienen sometidos los españoles en busca de un fabuloso tesoro. Guatimoc decidirá esconder el tesoro antes que entregárselo a aquellos que con tanto fervor y a todo precio lo requieren, y su decisión y orgullo serán el motivo para que Cortés y Julián Alderete –su tesorero- capturen al emperador con su esposa Tepoczina, su hijo y Tisoc.

Pero muy pronto los españoles se darán cuenta que bajo ninguna circunstancia los capturados hablaran sobre el paradero del tesoro. El silencio de ellos, sumado a las intrigas que entre Alderete y los soldados españoles empiezan a gestarse sobre una posible trampa de Cortés en la repartición, obligan al jefe español a ordenar primero la marcada con hierro en la frente de todos los guardianes aztecas como esclavos y, luego, la muerte lenta en la hoguera de Tizoc y Guatimoc. Aun así no logra arrancársele ni una sola palabra al emperador o a su familia, de suerte que asistimos a una situación muy compleja que puede englobarse en tres aspectos básicos: la hybris de Guatimoc, la transformación de Cortés y, la ambición hispana.

En efecto, el aspecto desencadenante de la situación es la ambición de los españoles, su búsqueda desmedida de riquezas y territorios. Si allí en Atala estos eran elementos que empezaban a perfilarse en los pensamientos de Chactas, acá en Guatimoc son desenmascarados totalmente. Dejan de ser una realidad tácita para perfilarse como hechos vividos y conocidos tanto por los conquistadores como por los indígenas. Ya no existe la forma en la que aquellos logren ocultar sus intereses bajo las trampas, las mentiras o las intrigas que antes creaban; esa conciencia es la que se debate cuando Guatimoc enfrenta a Alderete durante una de las escenas del primer acto:

Guatimoc:
Los tigres, ¿alguna vez la compasión sintieron?
¿Derechos y piedad osáis nombrarme
Usurpadores, monstruos carniceros?
¿Quién os autorizo para invadirnos?
Alderete:
La religión, el Dios del Universo.
Guatimoc:
¡Impostores! ¡Hipócritas! El oro,
La perfidia, la sangre y el incendio son
Vuestro único Dios” (Pág. 71)

El otro aspecto importante es la hybris de Guatimoc. Con ello hacemos referencia a una de las categorías creadas por Aristóteles para referirse al orgullo que siempre acompaña al héroe trágico. La tragedia es siempre una introspección, un encuentro personal con los valores y formas de entender la realidad de cada cual, y de esa introspección se desprende la hybris, la tenacidad para soportar la situación trágica y tensarla al máximo. Tal es el caso de Guatimoc, quien demuestra con sus palabras y acciones desde el primer acto hasta el último, en donde muere consumido por el fuego, la tenacidad y el valor propio de los grandes emperadores. Su situación, el ver comprometida a su familia en la defensa del imperio, el poder salvarla según la promesa española de la que, sin embargo, desconfía, la crítica que hace a su predecesor Moctezuma, de quien desprecia la debilidad, y un conjunto amplio de otras características, hacen de su tragedia también un acto de suprema valentía, hasta el punto de ser admirado por Cortés, quien no ve en todo aquello otra cosa más que la gloria de un soberano invicto.

Por ello el Hernán Cortés de las últimas escenas es un personaje en el que ha operado un cambio abismal. De la tenacidad y decisión que le caracterizaba en los primeros actos sólo queda el nombre, puesto que la ascensión de la hybris de Guatimoc se corresponde con su propio descenso en lo infame y lo despreciable. Cortés se avergüenza hacia el final de sus acciones, se palpa a sí mismo y se pregunta si aquel que siente en ese momento, y que mata sin ninguna otra justificación que su propio apetito destructivo, si aquel mismo, pues, puede ser sinónimo del conquistador valiente que transcribía listas de territorios a los reyes en España.
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Atala y Guatimoc son dos piezas esenciales del teatro de la república, pero también la oportunidad de ver cómo la conquista y la colonia han dejado una marca demasiado profunda en todo lo que somos, y que tal como era aquella con que marcaban a hierro duro a los indígenas, produciéndoles ayes de dolor, también la conservamos muchos de nosotros, un poco más silenciosa, es cierto, pero todavía bien efectiva a la hora de mantener en la esclavitud a la mayoría de nuestros pensamientos y acciones.

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