AUTOR: José Eustasio Rivera
TÍTULO: La Vorágine
EDITORIAL: Arango Editores/El Áncora Editores (Primera edición)
AÑO: 1989
PÁGINAS: 335
RANK: 8/10

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Por Jorge Vanegas Aparicio

Quizá sea porque esta obra es de lectura obligada en las escuelas colombianas, por desgracia –y digo esto porque en el colegio se la impone poco más que como una obligación que hay que hacer junto con los otros deberes-, o porque representa un doloroso testimonio de la explotación cauchera en las selvas del Amazonas; pero esta obra no deja indiferente a nadie. Toda la sordidez de la jungla colombiana es desnudada en este libro que denuncia el absoluto desamparo estatal en aquellas remotas regiones de la Nación, un testimonio que evidencia el trato inhumano en la explotación cauchera a comienzos del siglo XX.

El poeta Arturo Cova huye junto con Alicia al Casanare debido a que esta última rehúsa casarse con un terrateniente en Bogotá. La tradicional sociedad capitalina no ve con beneplácito este desaguisado por lo que toman cartas en el asunto, decididos a encarcelar a toda costa a Cova, narrador de la historia y aparente personaje de la vida real quien le deja a José Eustasio Rivera los manuscritos originales que conforman el cuerpo del libro.

En esta fuga se toparán con una serie de variopintos personajes curtidos por las penurias del campo y las necesidades del medio, donde la vida y la muerte penden de un hilo. Casi todas las rencillas se resuelven a muerte, no existe la ley, al menos no como una institución concreta del gobierno. Los habitantes del llano y del Amazonas son seres que se mimetizan con el entorno para poder sobrevivir y Arturo Cova no es tan ingenuo como para no apreciar esto, por lo que paulatinamente su carácter será forjado por las durezas de la selva.

En su huida, Cova se siente en clara desventaja en tanto anda junto con su acompañante Alicia. Descubre con amargura que la mujer más que un lujo es un sujeto que requiere ser fuerte como las demás criaturas, por lo que empieza a sentir cierto desapego por Alicia, ya que ella es demasiado delicada para una tierra que exige su cuota de tenacidad para poder salir indemne de sus agrestes rigores:

“Casanare no me aterraba con sus espeluznantes leyendas… Pero Alicia me estorbaba como un grillete. ¡Si al menos fuera más arriscada, menos bisoña, más ágil! La pobre salió de Bogotá en circunstancias aflictivas, no sabía montar a caballo, el rayo del sol la congestionaba, y cuando a trechos prefería caminar a pie, yo debía imitarla pacientemente, cabestreando la cabalgadura” (Pág. 25)

En esta continua huida se topan con Don Rafael, “Don Rafo”, amigo del padre de Arturo y comerciante de chucherías que anda por las zonas selváticas en busca de clientela para sus artilugios; junto con él, los fugitivos emprenden la travesía que los llevará hasta la hacienda “La Maporita”, sitio en el que viven las mulatas Sebastiana y la niña Griselda, y junto a ellas Fidel Franco (amante de la niña Griselda) y Antonio Correa, dos rústicos vaqueros del llano.

Fidel Franco se hace amigo de Arturo Cova, y la niña Griselda de Alicia. No obstante, esta sospechosa amistad entre Alicia y Griselda no es bien recibida por Arturo Cova, incluso se opone a ella receloso de las arterías de la anfitriona de la hacienda. Y tiene toda la razón, la niña Griselda se transforma en una suerte de celestina para Alicia, pues es la mulata quien le da a conocer al cruel Barrera, comerciante en jefe de la casa Arana –empresa que se dedica a la explotación del árbol de caucho en el Amazonas-. Con regalos, elogios y promesas hace ceder a Alicia para que abandone a su esposo Arturo Cova y se marche con él.

Cova, lleno de ira, la emprende, como es de esperar, contra La niña Griselda -quien también huye más tarde con Barrera hacia las caucherías del Amazonas-, y luego contra los secuaces del captor de Alicia:

“Me echaron en un chinchorro, y pretendieron coserlo fuera; más con pataleo brutal rompí las cabuyas, y, agarrando a la niña Griselda del moño, la arrastre hasta el patio” (Pág. 79)

Así, con este hecho fortuito surge la desesperada odisea que emprende Arturo Cova y su amigo Fidel Franco para hallar a sus mujeres; en el caso particular de Cova, no porque necesariamente la quisiera, sino porque supuso un golpe mortal a su orgullo, un resquebrajamiento a su hombría y un insulto a su honor:

“¡Era verdad que Alicia no estaba allí! En la hamaca de mi rival se tendería libidinosa, mientras yo, desesperado desvelaba a gritos la inmensidad” (Pág. 126)
El infierno verde

Cuando Cova junto con su amigo Fidel Franco se internan en la selva, ven con absoluta amargura que la empresa es harto difícil, la vastedad de todo ese territorio –denominado fatídicamente el infierno verde- es determinante para que comprendan que el hombre no ha llegado para transformarlo sino que, al contrario, la jungla los transformara a ellos.

Las penurias que el protagonista sufre en carne propia son una evidencia de ello. En ese deambular por los frondosos bosques tropicales hallará uno que otro individuo olvidado por las empresas caucheras –como es el caso del viejo Clemente Silva, un anciano que desea encontrar a su hijo perdido-, condenados a podrirse en las entrañas de la selva; estos fantasmas le servirán de espejo a Arturo para que constate a la par de su propia experiencia, que dominar a la naturaleza no es tarea fácil:

“Un signo de fracaso y maldición persigue a cuantos exploran la mina verde. La selva los aniquila, la selva los retiene, la selva los llama para tragárselos. Los que escapan, aunque se refugien en las ciudades, llevan ya el maleficio en cuerpo y alma” (Pág. 293)

Esto por no hablar de los cambios psicológicos que van sufriendo casi todos los personajes que se embarcan en el periplo, en especial Cova, que termina cediendo su sensatez ante las horripilantes condiciones de aquel infierno verde. Cuando se encierran en su espesura, la selva los corrompe no sólo física sino también moralmente:

“Lenta y dolorosamente insistía en adueñarse de mi conciencia un demonio trágico. Pocas semanas antes, yo no era así. Pero los conceptos de crimen y de bondad se compensaban en mis ideas, y concebí el morboso intento de asesinar a mis compañeros, movido por la compasión” (Pág. 151)

La selva es un ser viviente, lista para destruir al hombre, para poner a prueba su carácter. El monte modifica la conducta del individuo, lo moldea a su antojo, surge la locura como escape, pero es una salida que paradójicamente termina siendo una nueva cárcel:

“¡Déjame huir, oh selva, de tus enfermizas penumbras, formadas con el hálito de los seres que agonizaron en el abandono de tu majestad! ¡Tú misma pareces un cementerio enorme donde te pudres y resucitas!... ¡Déjame tornar a la tierra de donde vine, para desandar esa ruta de lágrimas y sangre que recorrí en nefando día, cuando tras la huella de una mujer me arrastré por montes y desiertos…” (Pág. 130)

No hay escapatoria en al selva, no cuando se intenta dominar a este elemento, al menos eso lo comprende Cova y los demás viajeros. Es el temor a la locura, a las fiebres, a las hormigas rojas, a las plantas venenosas, al jaguar, a la putrefacción, es el alma de la selva la que termina por arruinar la razón del nombre moderno:

“Algo peor todavía: la selva trastorna al hombre, desarrollándole los instintos más inhumanos: la crueldad invade las almas como intrincado espino, y la codicia como fiebre” (Pág. 179)

La selva es un ser viviente, todas las criaturas que se mueven en su interior están para hacerle la vida imposible al individuo, no porque ésta se muestre injusta, sino porque no tolera el engreimiento del ser humano. Por ende es el hombre el que irremediablemente saldrá derrotado de todo este barullo, una lucha que está de antemano perdida (“La selva se defiende de sus verdugos, y al fin el hombre resulta vencido”).

A partir de estas andanzas Cova, Fidel y el viejo Silva se internarán mucho más en la selva: hambrientos, cansados y mugrientos hasta llegar al negocio de la turca Zoraida Ayram, astuta comerciante de caucho, cuyo oscuro pasado está marcado por el designio trágico de todos sus amantes, pero que, irónicamente terminará siendo seducida por el poeta Arturo Cova. El protagonista aprovechará esta oportunidad para sacar beneficio propio y, de este modo, llegar hasta donde se encuentran Barrera y Alicia, desencadenándose un final trágico, en el que la muerte y el olvido se harán presentes como irremediables principios de la violencia y el desamparo.

Arturo Cova, el héroe romántico

Dos aspectos se entrecruzan en La Vorágine, de Rivera: el querer huir hacia el campo y la idealización de la muerte; ambas son características de la conocida corriente romántica que surgió en Europa a comienzos del siglo XIX, pero que llegó con casi un siglo de retraso a nuestro país.

Es Arturo Cova un héroe romántico en tanto quiere regresar al campo para tratar de lidiar con las circunstancias que la selva emprende contra él, lo que lo impulsa a dejar la ciudad para recluirse en los parajes inhóspitos con todos sus rigores:

“¿Para qué las ciudades? Quizá mi fuente de poesía estaba en el secreto de los bosques intactos, en la caricia de las auras… Allí en esos campos soñé quedarme con Alicia, a envejecer entre la juventud de nuestros hijos, a declinar entre los soles nacientes, a sentir fatigados nuestro corazones entre la savia vigorosa de los vegetales centenarios, hasta que un día llorara yo sobre su cadáver o ella sobre el mío” (Pág. 103)

No obstante según surgen los acontecimientos Cova comprenderá que ni él ni ningún hombre es digno oponente de la jungla, pues esta última es la que a la larga siempre se mostrará vencedora. Pero, además, Cova también se atavía de hechos en los que constantemente se está ensalzando la muerte, vista esta última como fetiche:

“El espectáculo fue magnifico. La muerte había escogido una forma nueva contra sus victimas, y era de agradecerle que nos devorara sin verter sangre, sin dar a los cadáveres livores repulsivos” (Pág. 169)

El personaje de Arturo Cova es un ser que emprende la huida junto con su amante para luego trastocarse en un ser vengativo que busca la muerte, la suya misma o incluso la de sus compañeros; un individuo que ha dejado todo atrás para defenderse del salvajismo que el campo le impone, una pelea con él mismo para no perder la poca cordura que aún le queda.

En efecto, Cova no sólo está luchando contra la selva, contra sus voraces hormigas “tambochas”, contra sus siniestras voces –porque la selva también habla-, tampoco está peleando contra el temido coronel Funes, ni contra el intemperante río Amazonas, no: Cova está peleando contra Cova mismo, una contienda que tiene por objeto no ceder ante las temidas sombras de la demencia que aguardan impasibles en la selva para aquellos que intentan surcarla:

“Apenas toqué las ondas se fugó la demencia, y comencé a sufrir la tortura de que mi propio ser me causara recelo” (Pág. 164)

La misoginia en la obra de José Eustasio Rivera

La mujer no es vista como un ser ideal y bonito, es más bien, dentro del contexto selvático, un ser que atrae las desgracias y los problemas y cuya figura irremediablemente debe responder a un canon en el que la femineidad debe estar subordinada a la figura masculina, de lo contrario se pierde un equilibrio natural que da orden en aquellas tierras agrestes:

“Un sentimiento de rencor me hacia odioso el recuerdo de Alicia, la responsable de cuanto pasaba. Si alguna culpa podía corresponderme en el trance calamitoso, era la de no haber sido severo con ella, la de no haberle puesto a toda costa mi autoridad y mi cariño” (Pág. 87)

La explotación cauchera

Movidos por la fiebre del caucho, muchos habitantes del interior del país emigrarán hacia las selvas del Amazonas tratando de conseguir mejor fortuna empleándose en la infame casa Arana, pero lo que nunca percibirán es que los patrones para los que se ocupan terminarán por esclavizarlos, casi de por vida; los excesos a los que serán sometidos no tendrán parangón alguno, sus vidas ya no les pertenecerán más, serán propiedad de un brutal sistema de trabajo que busca más producción y rentabilidad, ésto aunado a las ya de por si precarias condiciones de la jungla amazónica. La vida humana sólo tendrá valor en relación a la producción de caucho.

Es curioso como en nombre del progreso se terminan por cometer las peores barbaries, la libertad se anula, el trabajo esclavo impera en los campamentos y el hombre es solamente una estadística que debe cumplir con ciertos porcentajes de producción:

“La libertad me desconocía, porque no era libre: tenia un amo, el acreedor; tenia un grillo, la deuda, y me faltaban la ocupación, el techo y el pan” (Pág. 218)

El abandono del Estado

Los intereses particulares de unos cuantos monopolios determinan la vida de tantos obreros, retenidos en condiciones de trabajo infrahumanas, tratados poco más que como simples vasallos, y todo porque ese abandono del Estado se hace patente en unas tierras donde, aún hoy, la presencia de la ley es casi nula. Los jefes de las caucherías hacen y deshacen a su total antojo; la ley del más fuerte, de las armas, del dinero, será la que asuma las funciones que le corresponde a una presencia estatal inexistente:

“¿Qué ganaríamos con la evidencia de que fulano mató a zutano, robó a mengano, hirió a perencejo? Eso, como dice Juanchito Vega, pasa en Iquitos y donde quiera que existan hombres: cuánto más aquí en una selva sin policía ni autoridades. Líbrenos Dios de que se compruebe crimen alguno, porque los patrones lograrían cumplir su mayor deseo: la creación de alcaldías y de panópticos, o mejor, la iniquidad dirigida por ellos mismos” (Pág. 211)

Una etno-literatura

El libro deja constancia de muchos de los abusos que las empresas caucheras cometieron en las selvas del Amazonas contra los peones y los indígenas durante la época; pero también es un importante documento que señala netamente las variadas costumbres de las culturas donde giran muchos de los acontecimientos de la historia de La Vorágine. Se narran con gran verisimilitud los diversos grupos humanos que pueblan esas inhóspitas regiones de la geografía colombiana, mostrando con gran detalle los numerosos hábitos de estos, de manera que no sólo se retrata al indio, al llanero, o al peón de las tierras selváticas como simples actores secundarios que adornan las páginas de la novela, sino que se exponen como grupos humanos con unas nutridas características socio-culturales propias. El siguiente extracto así lo demuestra, y constituye uno de los tantos ejemplos que se encuentran regados a lo largo de la obra:

“El pipa ante ella, comenzó a instruirnos en las costumbres que rigen la maternidad en dicha tribu: al presentir el alumbramiento, la parturienta toma el monte y vuelve, ya lavada, a buscar a su hombre para entregarle la criatura. El padre, al punto, se encama a guardar dieta, mientras la mujer le prepara cocimientos contra las náuseas y los cefálicos” (Pág. 143)

¡Los devoró la selva!

La ferocidad está presente en la selva, eso es demasiado evidente, pero también hay que dejar constancia que esta barbarie también se halla imbricada en la violencia que esgrime el mismo hombre con sus semejantes, en un afán por satisfacer intereses egoístas. La Vorágine constituye uno de los libros más importantes dentro de la narrativa colombiana y latinoamericana, es un cuadro que responde a los abusos de un período en pleno crecimiento industrial, en donde aparece el hombre como un componente prescindible de este progreso. José Eustasio Rivera condensó todo lo anterior en esta su única novela, obra que le bastó para ser reconocido a posteriori en las letras Hispanoamericanas.

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