AUTOR: Edna O’Brien
TÍTULO: Joyce
EDITORIAL: Grijalbo Mondadori S.A. (Primera edición)
AÑO: 2001
PÁGINAS: 216
TRADUCCIÓN: Cruz Rodríguez Juiz
RANK: 9/10
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Por Alejandro Jiménez
Tal vez porque la vida de Jim parece una de sus historias, o porque O’Brien quiso un retrato apasionante, tal vez porque los trecientos años de crítica que predijo aquel sobre su obra apenas van cubriéndose en parte, o porque todo concurre para que así sea, pero lo cierto es que esta biografía de Joyce es una lectura necesaria. Apenas si tiene diez años de publicada y, sin embargo, figura como el documento que recupera de manera más cercana y talentosa, la agitada vida del más grande escritor irlandés de todos los tiempos.

Edna O’Brien tiene una extensa trayectoria como narradora: su novela Chicas del Campo de 1960, y el increíble monólogo Noche de 1972, entre otros, le han asegurado un lugar privilegiado en el panorama literario del mundo. Hacia 1999, y después de haber publicado varias colecciones de relatos, la autora se embarca en la escritura de una biografía ágil, rigurosa –aunque apartada de todo formalismo-, y virtuosa por su estilo. Un retrato cautivante que por igual considera la obra, la vida, los espacios y fantasmas de Joyce y que, también por igual, ofrece algo tanto al profano como al experto.

El libro atraviesa en sus veintidós capítulos toda la vida de Joyce, desde su nacimiento en Dublín el 22 de febrero de 1882, hasta su muerte en Zurich el 13 de enero de 1941. A pesar de ello, las fechas poco se ven a lo largo de las páginas y, en cambio, dan lugar a una figura mucho más humana: la de Jim viendo la miseria de su familia, la del adolescente que marcha al continente hastiado del provincialismo irlandés, la del hombre que escribe con carbones de colores el Ulises, y la del maduro artista que por haber apostado su vida en ello, termina solo.

Y porque esta biografía de James Joyce tiene ese carácter amplio y narrativo, resulta un tanto difícil pretender abarcarla. Podría procurarse, sin embargo, encontrar algunas líneas cardinales a través de tres preocupaciones: su obra –que teje el recorrido de su vida-, o su vida –que es al mismo tiempo el desarrollo de su obra-, o, por último, sus símbolos –de los que podríamos arriesgar la religión, las mujeres, el dinero y la fama-. Aquí intentaremos abocarnos a lo expuesto en Joyce a través de cuatro grandes miradas, mientras que el gusto por el estilo y el inventario inconmensurable de anécdotas e historias queda como trabajo para el lector.

Sunny Jim: Joyce, el sonriente

Joyce fue el segundo de diecisiete hermanos. Su familia, siempre pobre pero con momentáneas explosiones de suntuosidad, iba y venía de vivienda en vivienda por todo Dublín. Su padre, John Joyce, se ganaba la vida como podía: trabajando, fiando, endeudando, pero buena parte terminaba en alcohol; su madre, May Murray, apenas daba abasto para atender a sus hijos, varios de los cuales murieron siendo infantes. De suerte que aquello de que Joyce signifique alegría, diversión, rayaba profundamente con su realidad, con eso de pasar hambre y ver a sus padres siempre llenos de problemas.

Fruto de aquellos transitorios tiempos de derroche y de la nostalgia paterna por la buena vida, Joyce tuvo un breve paso por la escuela jesuita. Allí pudo, sin duda, aprender muchas cosas que no se enseñaban en las escuelas públicas, pero muy pronto estaba renegando de la misma, de esa “orden despiadada”. Por ello, su ruptura con la religión, o más bien, esa difícil relación con ella, data de esa época y, además, brinda pistas para las continuas críticas que hizo después en su Retrato del Artista Adolescente.

El despertar sexual de Joyce vino con una de las empleadas de su casa: la vio, accidentalmente, orinando; esa imagen de la mujer acurrucada lo acompañaría de por vida. Pero no tanto como la de su madre, a quien Joyce guardo siempre un respeto profundísimo; veía personificados en ella los más altos valores, aquellos que dejan por fuera las críticas hechas sobre su aparente misoginia: si bien en los primeros textos de Joyce la mujer tiene un papel abnegado, pusilánime, no por ello son carentes de una superioridad moral que, incluso, en el Ulises se transformará en astucia y encanto.

Exiliados

A veces Joyce ganaba dinero en concursos de redacción y podía comprar algunas cosas. Leía, a pesar de los ya pronunciados problemas de su vista. Descubrió a Ibsen, quien sería desde entonces uno de sus autores favoritos. Y, por supuesto, conoció a Nora Barnacle. La conoció un 10 de junio, pero como aquello fue apenas una rápida impresión, la historia recuerda su cita del 16 de junio de 1904, el bloomsday, la fecha que inmortalizó Joyce como el día en que transcurre el Ulises. Ella era una chica campesina, de modo que su familia no la aceptaría, pero a él le gustaba. Hastiado de sus juergas por Dublín, de andar borracho, de una adolescencia entre artística y degradante, de los amigos hipócritas que, incluso, intentan lapidarlo, marchan juntos hacia el continente.

París, Zurich, Trieste. Por aquel tiempo Joyce se ganaba la vida como profesor, y el viaje no cambió mucho las cosas porque la juerga continuaba. Se retrasaban en la renta y pedían dinero a su familia en Irlanda, se endeudaban. Un día Nora descubre que está embarazada y entonces nuestro autor parece perder el encanto, porque además ella es rústica y a él lo visitan intelectuales. Es la misma época en que está escribiendo Dublineses, el libro que contiene el cuento Una Nubecilla, sí, el mismo que narra la historia de un hombre aburrido de su vida y de su esposa, y que cuando escucha a su hijo llorar piensa que, tal vez, lo mejor sería matarlo.

Pero Joyce nunca dejaría a Nora, ni ahora, ni después, cuando naciera Lucia, su otra hija. Por lo pronto sobrevivía como mejor podía y terminaba de escribir su Dublineses, que pasaría un buen tiempo antes de publicarse en forma definitiva, ora porque los editores no se arriesgaban, ora porque había muchos obstáculos:

“Dos años después el editor original, Grant Richards, considerando que el clima moral se había relajado, decidió publicar Dublineses. Las críticas fueron tibias, se consideró que el material tratado era soso y morboso y se acusó a su autor de abordar temas que no suelen airearse. Se vendieron trescientos setenta y nueve ejemplares en un año, ciento veinte de los cuales fueron comprados, no se sabe cómo, por el paupérrimo James Joyce” (Pág. 102)
Aquella época en Suiza es también el tiempo del Retrato del Artista Adolescente, publicado por entregas en The Egoist, y auspiciado por la otra grande mujer en la vida de Joyce: Harriet Weaver. Esta era una heredera inglesa admiradora de Joyce que empezaría muy pronto a ocuparse de todos los gastos del escritor y su familia. Le procuró una mensualidad a Joyce y siempre estaba atenta a los avances de sus obras. Y sin duda, ese carácter bondadoso de Weaver, detrás del cual se ha pretendido ver una pasión amorosa, resultó de gran importancia para Joyce, no sólo porque sus problemas oculares se hacían más profundos, o porque necesitaba apartarse de cualquier otra cosa para crear, sino porque no era un hombre de negocios: su intento de crear un cine en Dublín, Cork y Belfast, así como su iniciativa para montar obras teatrales habían fracaso irremediablemente.

Un estilo ñoño mermeladoso braguitoso con efectos de incienso: el Ulises

La madre de Joyce había muerto. Él y Nora habían viajado a Irlanda a pasar un tiempo allí, y aunque vivían separados desde entonces, regresaron a Suiza juntos. Con la ayuda económica de Weaver y entregado totalmente al juego con las palabras, Joyce pudo dedicar los siete años que le costó la creación de Ulises. Escrito en esas mismas tres ciudades que habían visitado cuando por primera vez viajaron al continente, e inspirado en un doble sentido por una novela de Edward Dujardin, y las inextricables cartas que le escribía Nora, James Joyce sabía muy bien que, con esta obra, debía dejar claro para siempre lo inconmensurable de su estilo.

“Allí lo tenemos, trabajando diez horas diarias, equipado con diccionarios de rimas, mapas callejeros, la Historia de Dublín de Gilbert, dando lata a los amigos en busca de información precisa sobre esto o aquello, una lista de tiendas o los peldaños del número siete de Eccles Street, pidiendo a su fiel tía Josephine que tome un pliego de papel y garabatee la primera tontería que se le pase por la cabeza, que busque datos sobre el gélido invierno de 1893 y si se helaron los canales lo bastante para poder patinar. Una vez terminado un episodio en concreto caía agotado y se tiraba en su cuarto, con la vista peor que nunca, mientras su mujer tenía que cuidar de él y oírle soltar improperios: “Maldito Homero, maldito Ulises y maldito Bloom” (Pág. 122)
Joyce tuvo que utilizar carbones de colores y líneas de un centímetro para poder ver aquello que escribía, su vista se redujo notoriamente. Pero el costo verdadero del Ulises fue su retraimiento, el alejamiento definitivo de los problemas mundanos para dedicarse totalmente a los hechizos de la palabra: sus combinaciones, sus sonidos, sus mezclas. Su carácter férreo se hizo mucho más profundo; quienes pretendían acompañarlo debían adecuarse a sus cambiantes estados de ánimo, cosa que se hizo más evidente con la fama que le atrajo la obra.

Pero aquello no fue tan fácil, hacía falta que Sylvia Beach hiciera presencia. Atrás habían quedado los devaneos amorosos –Gertrude Kaempffer, una tuberculosa con la que coincidió Joyce en alguno de sus pasos por el hospital; Amalia Popper, la alumna judía de la que se alejó Joyce después de que fuera atravesada en un quirófano y; Martha Fleishmann, una veterana mantenida de quien hubo que alejarse cuando el amante se enteró de sus cortejos-. Beach, en cambio, sólo interesó a Joyce por ser la única dispuesta a publicar el Ulises sin ninguna condición; antes bien, fue él quien se obstinó con ciertas cosas: que el azul cobalto de la bandera griega para la portada –que implicó un viaje del editor a Alemania y Holanda-, que el blanco exacto sobre la tapa azul, etcétera. Beach también reunió a Hemingway, Churchill y Gide para animar el lanzamiento.

“Siguiendo con sus supersticiones Joyce quería que el libro se publicara el día de su cuadragésimo cumpleaños. Darantière (el editor) consiguió entregarle dos copias al conductor del expreso Dijon-París, Sylvia Beach fue a recibir el envío a las siete en punto y de la estación se dirigió directamente al apartamento de Joyce para entregarle a su progenie. Joyce dedicó un ejemplar a Nora quien, picardía habitual, se lo vendió inmediatamente a Arthur Power, un dublinés que tenía de visita. El segundo ejemplar quedó expuesto dentro de una vitrina de cristal en la librería de la señorita Beach (Shakespeare & C.O.) y la gente entraba a contemplarlo como si de una reliquia religiosa se tratara” (Págs. 146-147)
Con el Ulises publicado y alguna fama granjeada a través tanto de las críticas malas como de las buenas, Joyce empezó a despilfarrar lo poco que tenía, es decir, algunas regalías por los libros y la cuota que le daba Weaver. Sus extravagancias se acrecentaron y estando en París empezaría a escribir su nueva pieza, para él la más entrañable: Finnegans Wake. Y si el Ulises había sido considerado por muchos como una obra ininteligible, como el producto desbordado de un loco, como un libro de “baja cuna” según Woolf, su nuevo prospecto sería todavía peor de alarmante, era su “libro de la noche”, en donde todo aquello que vivimos en los sueños, se vierte de manera conciente sobre las palabras, que por ende se mezclan unas con otras construyendo juegos increíbles que, al entender de algunos, eran meras alucinaciones.

Lots off fun at Finnegan’s Wake

Confluyen en la madurez de Joyce algunas situaciones especiales: la muerte de su padre en Dublín y un creciente arrepentimiento por la distancia que siempre mantuvieron, una difícil relación con su hija Lucia –que incluso fue tildada de incestuosa- y, el volcamiento total de Joyce en la creación.

Alguna vez cuando era niño el padre de Jim creyó necesaria una experiencia formativa para su hijo y lo sostuvo con sus manos de una pierna, cabeza hacia abajo, sobre las aguas del río Liffey. Joyce siempre lo vio como un hombre borracho y miserable, y por eso prefería la compañía de su hermano Stanislaus, con quien vivió en Trieste. Pero sea como fuere, cuando murió el viejo en 1930, le fue inevitable recordar sus historias y sentir algo de amor y nostalgia por su vida; después de todo John Joyce no tenía la culpa de ser un maldito irlandés y estar condenado desde el nacimiento.

Pero también fue aquella la temporada de locura de la joven Lucia. Según decían quienes la conocían había heredado varios de los rasgos de su padre –el temperamento, la terquedad, la inconstancia- y, por ello, el mismo Joyce sentía especial simpatía por su hija; su otro hijo, Giorgio, había terminado de amante de una veterana estadounidense. Lucia golpeaba a su madre, se enfurecía repentinamente, cortejaba a todo hombre que llegaba a su casa, a Samuel Beckett, por ejemplo, amigo de su padre, y estuvo internada varias veces en hospitales psiquiátricos. Aún así, Joyce siempre pensó que su hija no tenía la culpa de nada, y que todo era producto de las situaciones y de su mala suerte.

Acaso fuera precisamente Lucia la única que mantenía a Joyce con los ojos en las cosas. Nora, a pesar de los treinta años de matrimonio con que contaba, no lo inspiraba mucho; atrás quedaron las cartas impúdicas que se enviaban de Trieste a Dublín, o los primarios deseos de exiliarse con ella y caer en el pecado. La señorita Weaver se había visto apartada de la vida del autor a consecuencia de su incomprensión de algunas partes de los libros y de su posición frente a la educación que debería recibir Lucia. Los amigos quedaron atrás, así como los admiradores y detractores: todo apuntaba a un final solitario, a una distancia –como dice O’Brien- entre Joyce y los otros.

Esa soledad, toda producto del carácter de Joyce, marcaría también la búsqueda de Finnegans Wake, un viaje al más profundo inconciente del hombre, escrito con ese lenguaje enigmático que Joyce construía mezclando las palabras (a terrible errible lot todue todie todue tootorribleday). Y bien, no tenía otra cosa más que sentir los sonidos de las palabras y jugar con ellos: apenas si podía ver lo que escribía, pero en cambio disfrutaba escuchar palabras extrañas que siempre apuntaba para luego reproducirlas en sus libros. Si Dublineses le había costado el señalamiento de la gente, y el Ulises que lo tildaran de loco, Finnegans Wake, le costó la vida: no era posible mantener más los pies sobre la tierra. Murió un día 13 y:

“Se celebró un funeral sencillo en el cementerio Fluntern al que asistieron Nora y Giorgio, algunos amigos, dos dignatarios suizos y el tenor Max Mieli, que interpretó “Addio Terra”, de Monteverdi. Lord Derwent, un ministro británico, aseguró que “Irlanda continuaría vengándose de Inglaterra produciendo obras maestras de la literatura”. Pero la propia Irlanda sólo estuvo representada por una corona verde en forma de arpa elegida por Nora” (Pág. 213)
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Alguna vez James Joyce dijo que si no era adecuado leer Ulises, entonces tampoco era adecuado vivir la vida. Pienso que estas palabras resumen mejor que cualquier cosa lo que significa su literatura.

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