AUTOR: Blas de Otero
TÍTULO: País (Antología 1955-1970)
EDITORIAL: Plaza y Janés S.A. (Primera edición)
AÑO: 1974
PÁGINAS: 153
SELECCIÓN/PRÓLOGO: José Luis Cano
RANK: 7/10

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Por Alejandro Jiménez

Uno escucha decir poesía patriótica española y de inmediato piensa en Lorca, Machado y Cernuda. Ciertamente que esta tradición poética es mucho más amplia, la más amplia de todas las de nuestra lengua: aquella que va desde Lope de Vega, pasando por Moratín y Jovellanos, las generaciones del 98 y 27, y desemboca en la segunda mitad del siglo XX sobre la figura de un Blas de Otero (1916-1979), que redefine su lenguaje, al tiempo que da un espacio, tal vez el último gran espacio, a esa madre y madrastra, a la triste y espaciosa España.

Esta antología País, seleccionada y prologada por José Luis Cano –quien también seleccionó El Tema de España en la Poesía Española Contemporánea (1964), La Poesía Española de Posguerra (1969), Lírica Española de Hoy (1974) y Antología de la Nueva Poesía Española (1978)- reúne ciento uno poemas escritos por Blas de Otero durante 1955 y 1970. El criterio de selección: tener como preocupación sustancial la reflexión sobre España, su situación en la posguerra, sus injusticias y amargo destino. De suerte que los libros de donde proceden la mayoría de poemas correspondan a una época precisa de la obra oteriana: Pido la Paz y la Palabra (1955), En Castellano (1960), Que Trata de España (1964), entre otros.

Como bien lo hace notar el mismo Cano en su estudio preliminar, es posible distinguir en la producción de Otero al menos dos grandes momentos. Uno primero, que tiene que ver con las preocupaciones existenciales de sus poemarios de juventud, Ángel Fieramente Humano de 1950 o Redoble de Conciencia de 1951, por ejemplo; y, otro momento, que empezará a gestarse tímidamente desde esta época también, pero que se concretará un tiempo después en todos esos textos citados más arriba, en los cuales la preocupación que podríamos llamar ontológica, pierde sitio frente al tema social, nacional y político. Si el mismo Otero seleccionó una antología general de su obra en 1969 –Expresión y Reunión-, País –título elegido por el mismo autor-, recoge exclusivamente sus poemas de esa segunda etapa, suficientes para verlo como la figura central de la poesía patriótica de España en el siglo XX.

Esa obsesión de Blas de Otero por España tiene, a su vez, dos grandes perspectivas: el dolor y el canto. El dolor que es el sufrir de su país, su lamento por una patria malograda, por esa madre deshecha y pervertida, pero que también es la exigencia del cambio, el llamado a horadar lo dormido, a trabajar por la tierra; el dolor que también es una esperanza. Y el canto, que no es otra cosa que el rescate de la belleza y los espacios españoles: sus ciudades, sus costumbres; un canto cargado de nostalgia, es cierto, pero por la misma razón más bello e intenso. Dolor y Canto son, pues, los hilos que atraviesan este libro pero, además, son las venas de ese hombre que levanta los brazos para hablar a su patria.

¿Dónde está Blas de Otero?: Biografía

El hombre que sufre y canta necesita su propio espejo. Por ello, la primera de las tres partes del libro –Biografía, Dolor y Canto- está reservada para él, para su historia. 7 poemas que hacen las veces de autobiografía y que ofrecen al lector una primera imagen:

AQUÍ tenéis en canto y alma, al hombre
aquel que amó, vivió, murió por dentro
y un buen día bajó a la calle: entonces
comprendió: y rompió todos sus versos

Así es, así fue. Salió una noche
echando espuma por los ojos, ebrio
de amor, huyendo sin saber adónde:
adonde el aire no apestase a muerto (Pág. 27)
Salió huyendo, sin saber a dónde, dice. Blas de Otero vivió en Francia, Rusia, Cuba, China… Era un hombre trashumante y su huída no fue gratuita. Tal como Bilbao –ciudad donde nació- le resultó alguna vez intolerable y viajó a Madrid, España también le resultó desencantada y partió al extranjero. Pero curiosamente, los poemas que mejor dan cuenta de esta situación no son los que están aquí como Biografía, sino algunos de los últimos como Bilbao, Lejana Europa o Pensándolo Bien. En estos sí que se percibe la nostalgia por la ciudad y el país de origen, por la niñez y juventud que permitieron conocerlas:

MIRA POR DÓNDE, ESTÁS EN BILBAO.
Porque la verdad es que yo a París me lo paso
por debajo del Puente Colgante.
Porque la verdad es que yo a Madrid lo amo como
a la niña de mis ojos siempre que la niña se
llame miau-miau-natajacint’miau.
Porque la verdad es que amo a Moscú más que a mi
brazo derecho; pero Bilbao soy yo de cuerpo
entero (Pág. 135)
Los poemas contenidos en Biografía son, ante todo, miradas sobre el tiempo: imágenes de un niño llorando en la terraza o lleno de miedo en su pupitre. Pero además, son los poemas en donde por primera vez se encuentra una conciencia que está muy presente a lo largo del libro, esto es, la de saberse poeta y, por lo mismo, con una única arma para la batalla: la palabra. En ese poema citado antes, llamado A la Inmensa Mayoría, Otero cierra con esta idea:

Yo doy todos mis versos por un hombre
en paz. Aquí tenéis, en carne y hueso,
mi última voluntad. Bilbao, a once
de abril, cincuenta y tantos (Pág. 27)
En Campo de Amor, Nadando y Escribiendo en Diagonal, II. Inerme, Manifiesto y Palabra Permanente, pertenecientes a la segunda parte del libro y, en Cantar de Amiga, Patria, Palabra Viva y de Repente y Diego Velázquez, de la última parte, aparece una y otra vez, transfigurada, con imágenes distintas, con voces débiles o fuertes, la misma idea: Otero es un pobre obrero de la palabra, su arma es el poema y con él se declara frente al mundo, a golpes de palabra lo recupera día a día.

España, aparta de mí este cáliz: Dolor

Recordamos a Vallejo cantando entre la guerra, diciéndole con tono herido a España: aparta de mí este cáliz. Y Blas de Otero rememora aquel pedido para variar sobre él en su poema PROAL:

España, espina de mi alma. Uña
y carne de mi alma. Arráncame
tu cáliz de las manos.
Y amárralas a tu cintura, madre (Pág. 37)
En esta segunda parte, en los poemas del Dolor de España, encontramos los versos más sentidos de la antología. Tanto aquellos en donde Otero expresa la patria desolada y estéril, esa españa con minúsculas a la que llama madrastra porque sobre ella se han abocado todos los vicios que una verdadera madre no tendría, pero también en los poemas en donde renace la esperanza, en donde la lucha a través de la palabra toma fuerza y se posiciona en su profundo sentido social. En esa línea están escritos Por Venir y II. Inerme:

Madre y madrastra mía,
españa miserable
y hermosa. Si repaso
con los ojos tu ayer, salta la sangre
fratricida, el desdén
idiota ante la ciencia,
el progreso (Pág. 56)
_______

Aún no nos damos por vencidos. Dicen
que se perdió una guerra. No sé nada
de ayer. Quiero una España mañanada
donde el odio y el hoy no maniaticen

Y como soy un pobre obrero.
Infecunda. Perdida (No sé nada,
nada) Ganada (no sé) nada, nada:
éste es el seco eco de la sangre (Pág. 78)
En Dolor, los poemas de Blas de Otero están disparados hacia varias direcciones: hacia la España que ha salido de la Guerra Civil, pero todavía ve a sus habitantes en la sangre; hacia las laboriosas fábricas en que los hombres maldicen; hacia el cielo oxidado que no presagia algún futuro; o la sociedad infestada por el gasoil y los yanquis. Y el tono de estos poemas es profundamente lastimero, exasperado, ciertas veces delirante, pero nunca apocado o pesimista. Otero denuncia la retrocedida España, su hambre y aire irrespirable, para con la misma contundencia trabajar desde la palabra en la construcción de nuevos derroteros: “Abramos juntos el capullo del Futuro”, dice en su poema Vencer Juntos; “Si me muero será porque he nacido para pasar el tiempo a los de atrás”, en Campo de Amor; y así están desperdigados por todo el libro los llamados a la vida y la lucha.

Por supuesto que hay un espacio para el Otero remilgoso, o más bien para el que a raptos de impotencia se revela contra aquello que pretende defender: “Nada me importas tú, ciudad donde naciera”, dice en Muy Lejos, “Por qué he nacido en esta tierra. Ruego una disculpa”, grita en I. Tierra. Pero Otero no puede revelarse contra España, al menos no contra la que le da su ímpetu y fuerza, aquella que ayuda a construir desde su verso. No en vano las metáforas del sol y el alba, o los atardeceres grises y oxidados, o lo sombrío y lo heroico; cada línea de estos poemas pretende construir una posibilidad de verse frente a España: huraño y triste, soñador y rebelde, apabullado y quieto, o loco y arengoso. Cada línea es un pedazo de Blas de Otero, un hombre que:

“…recorre España, caminando o en tren, sale y entra en las aldeas, villas, ciudades, acodándose en el pretil de un puente, atravesando una espaciosa avenida, escuchando la escueta habla del labriego o el tráfago inacorde de las plazas y calles populares” (Pág. 86)

En el Corazón y en los Ojos: Canto

En el corazón y en los ojos tiene Otero cada espacio de su tierra. Los recuerda aquí, en la tercera parte de su libro, cantándoles. Y su Canto viene desde lejos, desde China o Rusia, desde la misma Cuba que para él es un ejemplo; o viene más de cerca y, por lo tanto, es un susurro, viene de Madrid o de Toledo, desde cualquier parte de Cantabria. Los espacios de su tierra son los ríos y los pueblos, las laderas y los álamos, tal vez alguna puerta o una orilla, cualquier cosa, cualquier rastro. Y Otero los recuerda con nostalgia, de modo que su canto tenga un dejo melancólico, como en su poema Ruando:

CIUDADES
que vi, viví, rondando calle y plazas,
cimiento y ramo alegre
-Madrid, Bilbao, París o Barcelona-
del edificio de mi fe
vivida,
gente
cruzada, fondo de las tiendas,
lo que arrastré con lluvia o sol o viento
ruando
como
un perro de la calle,
amigo de la calle,
camarada
de la calle (Pág. 102)
Sobre las líneas de los poemas de su Canto van colgadas Toledo, Huelva, Gijón, Zamora, Soria, Granada, León, toda España de norte a sur y este a oeste, todas sus lenguas y costumbres, sus gentes humildes, su ramillete de sonrisas o miseria. Y esta es su forma de hacer poesía social, es decir, teniendo tan en cuenta la ciudad como los campos, los grandes hechos como los minúsculos.

Tiene tanta claridad el lenguaje de Blas de Otero, su proyección es tan lúcida y profunda, que cada uno de los poemas de esta parte no es sólo un llamado a la memoria de su autor, sino también a la del hombre que lejano le lee; los paisajes de España quedan rondando en la cabeza, la España que es el mediodía del mundo, que es el Mediterráneo y también el Atlántico que llega a nuestras costas. Hay también en estas líneas una pugna sincera, ella sí rebelde, contra todo superpuesto, de allí que Otero confíe tanto en el hombre humilde, aquel que se comunica a golpes de palabra. Esa es la idea de Hablamos de las Cosas de Este Mundo:

Hablamos de las cosas de este mundo.
Escribo
con viento y tierra y agua y fuego.
(Escribo
hablando, escucheando, caminando)

Es tan sencillo
ir por el campo, venir por la orilla
del Arianza, cruzar la plaza
como quien no hace nada
más que mirar el cielo,
lo más hermoso
son los hombres que parlan a la puerta
de la taberna, sus solemnes manos
que subrayan sílabas de tierra.

Ya sabes
lo que hay que hacer en este mundo: andar,
como un arado, andar entre la tierra (Pág. 114)
______

Estamos frente a una figura cardinal de la poesía patriótica española, de la poesía social. País es un trozo de tierra horadado a golpes de palabra.

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