AUTOR: Álvaro Salom Becerra
TÍTULO: Don Simeón Torrente ha Dejado de… Deber
EDITORIAL: Tercer Mundo Editores (Vigésima séptima edición)
AÑO: 1994
PÁGINAS: 218

RANK: 8 /10



Por Alexander Peña Sáenz

Publicada originalmente en 1967, Don Simeón Torrente ha Dejado de… Deber es una novela bogotana escrita por Álvaro Salom Becerra, también bogotano, quien es uno de los prolíficos representantes de la narrativa moderna en Colombia, durante la segunda mitad del siglo XX. El oficio de la literatura lo desarrolló ya en su vida madura, después de haberse desempeñado como diplomático, magistrado y periodista. Sus obras literarias se caracterizan por ser una crítica social contundente al bipartidismo político entre conservadores y liberales, enmarcar los escenarios y sus personajes dentro del costumbrismo, narrar historias con un genuino realismo, hacer de sus novelas relatos urbanos, usar la tragicomedia para hacer de lo difícil una burla, analizar elementos del capitalismo: la lucha de clases, la burocracia, el papel de los bancos en la vida pública, la pobreza y la riqueza; y ante todo, narrar la condición humana en un país poco moderno dominado por dirigentes de las clases altas.

Esta Don Simeón Torrente ha Dejado de… Deber narra la vida de Simeón, un hombre mediocre, adocenado, del montón, como lo dice el mismo autor, para explicarnos que este personaje es originalmente un bogotano cuya vida es muy común como para ver en él rasgos del tipo “lombrosiano, freudiano, dovstoievskiano o kafkiano”. Con esta explicación, Salom Becerra disuade a sus lectores para que se acerquen al libro sin ninguna presunción de orden trascendental o de reflexión filosófica.

Pero sí invita a la lectura con el ánimo de acercarse a una novela puramente humana, del común y para gente del pueblo, que entiende que en la vida se puede pasar por diversas vicisitudes y alegrías, que entiende que el hombre jamás será un producto firme ni duradero, que analiza que la vida en sociedad impregna todos los aspectos de la vida de un individuo.

“En síntesis: esta no es una novela de aventuras (podría, más bien, ser de desventuras) y no es tampoco una novela romántica, ni psicológica, ni naturalista, ni existencialista, ni nadaísta, ni… todoísta. Es un recuento sencillo de las peripecias y tribulaciones de un hombre cuya única misión en la tierra fue ¡deber!"

La vida temprana de Don Simeón Torrente: pobreza y deudas

Oriundo de una ciudad como Bogotá, Don Simeón Torrente nace en el frío mes de noviembre de 1904, en el seno de una familia pobre, en donde para ellos representa una boca más que alimentar. Sus padres, Epaminondas Torrente (Coronel en la batalla de Palonegro y de política conservadora) y doña Eduvigis Collazos preveían con tristeza que su hijo no iba a ser feliz al nacer, ni en su infancia:

“Porque si dos náufragos que en una playa esperan desesperadamente recursos, ven llegar un tercer náufrago, más hambriento que ellos, nadie podrá pretender que lo reciban jubilosa y alborozadamente”

Su padre le asigna el nombre de Simeón después de un acalorado debate con sus familiares. Católicamente se le bautiza con este horrendo nombre –según manifestaron muchos de los personajes partícipes en la obra-. Su infancia no fue precisamente feliz:

“Siendo la felicidad el estado de ánimo que se complace en la posesión de un bien, ningún pobre puede tener una infancia feliz por la potísima razón de que a quien carece de toda clase de bienes, no le es dado complacerse en la posesión de ninguno”.
De infante no se puede ser feliz mientras se esté encerrado tras barrotes, mientras se le hable en un idioma extraño, mientras se le obligue a comer y a dormir cuando no tenga hambre ni sueño. Toda la infancia de Simeón es escasez, rechazo, ilusiones de un porvenir, tradiciones religiosas y políticas que hereda de sus padres. El pequeño irá creciendo (a la vez que crecen las deudas de su padre para su manutención), asistirá a la escuela, aprenderá (o desaprenderá) en una escuela que desconoce a Pestalozzi y a Montessori y cuya filosofía es “la letra con sangre entra”.

Crece y se convierte en un púber (“espantosa etapa en que el ser humano es un producto híbrido de niño y hombre”) pobre, cuyas ilusiones (un romance de adolescente) se verán truncadas por heredar una ideología política y por supuesto la fama de deudor moroso que tiene su padre (“aquí las deudas viejas no se pagan y las nuevas…, se dejan envejecer”). Ya casi de adulto, su padre Epaminondas –ya inútil para trabajar- lo inscribe a la burocracia colombiana (círculo vicioso del cual no saldría nunca). En 1922 Simeón comienza a trabajar en un juzgado (Juzgado tercero del circuito en lo criminal), teniendo que trabajar con la Justicia, para aplicarla. En esta etapa Simeón quiso burlarse de la propia justicia, disfrazándose de ésta en un día de desfile. Con toga, gorro frigio, balanza, y un niño de la calle –disfrazado de pueblo- sale a mostrar su ingeniosa crítica. “Así es la justicia” los pobres espectadores observaban la idea de Simeón: la justicia que en el país impera, opera con la ley del embudo, “lo ancho para los ricos y lo angosto para los pobres”. A Simeón se le aprehendió por burlarse de los buenos principios de la justicia. Mientras esto ocurría su padre Epaminondas moría en su casa, en medio de una carencia de recursos, y Simeón encarcelado supo de su muerte tres días después. Los acreedores de don Epaminondas le hacen heredar sus deudas a Simeón. Su reacción dolorosa lo lleva luego a tomar una determinación que empeoraría su situación: el matrimonio.

Sofismas diabólicos del matrimonio y vida madura

Para empeorar su situación económica (toda situación por mala que sea es susceptible de empeorar), el diablo tienta a Simeón con la idea del matrimonio. “Cumple el mandato divino de creced y multiplicaos!”; una serie de sofismas vienen tras esta idea inicial: la del multiplicador y el multiplicando; unos chiquillos bonitos que alegren su existencia; el amor como el invento superior a todos los que ha inventado el hombre; darle a la pobre madre la hija que nunca tuvo… El diablo le dijo a Simeón: ¡cásate! En una de las fiestas organizadas por su jefe, conoce tímidamente a Librada, una mujer igual de común y pobre, con quien se casaría posteriormente, después de un noviazgo bastante casual. Así, la desgracia se le aparecería en forma de mujer. Se casaron en una boda modestísima y con pocos recursos –prestados todos-, y así adquirió muchas más deudas. La posición del autor frente al matrimonio es:

“Con el matrimonio cae el telón y el paraíso artificial se convierte en un infierno, donde los dos demonios se enfrentan, acometen y destrozan despiadadamente. Ella, sin la máscara de la belleza es un monstruo. Él, sin el antifaz de la inteligencia, un cretino redomado.”

El tío de Simeón, Luciano Torrente, le aconsejó antes de casarse que no lo hiciese, pues eso sería igual que un suicidio. “Multiplicaos” termina en “caos”… “cómo será de malo el matrimonio que el que lo instituyó no se casó nunca”. Tales consejos para persuadirle, indignaron a Simeón y produjo una reacción contraria. Durante su vida de casado Simeón tuvo 6 hijos, y con cada uno de ellos más deudas de manutención. Tener hijos para Simeón se convirtió en lo que alguna vez su tío le aconsejó:

“¡Ah, pero los hijos!… ¡Qué risa! ¡Unos cernícalos que atormentan al papá desde que nacen hasta que lo abandonan! ¡Unas sanguijuelas que le chupan toda la sangre! ¡Unos cuervos, que si se descuida le sacan los ojos!”

En la búsqueda de una suerte mejor, Simeón se aferra a Cristo, su único amigo y al todopoderoso. En algún momento de su desesperación “deudora”, le clama a San Judas Tadeo para que le ayude a ganar una lotería. Al ver que éste no le ayuda, se rebela en contra de su suerte y decide resignarse. Al final todas las viles situaciones en las que Simeón se hallaba inmerso resultaban inevitablemente cómicas. Una de ellas, en su vida madura, fingió locura, con la excusa de evadir a sus acreedores. Así constitucionalmente estaba protegido, pues ninguna persona con problemas mentales es apta para sostener su vida jurídica. El ardid le salvó de muchas deudas contraídas. Su vejez igual de sórdida a su demás vida, la pasaba caminando por el parque de la Independencia y leyendo grandes clásicos de la literatura en la biblioteca nacional. Supo después que tenía cáncer gástrico, y su diagnóstico mortal era inminente. Resignado y feliz de acercarse a la muerte, espera ese frío momento en su casa en compañía de Librada y de su mejor amigo terrenal, Ezequiel. Tanta era la pobreza a la hora de morir, que no había dinero para el entierro, teniendo que donar su cadáver a la Universidad Nacional para que le estudiasen y así fuese más útil. Así sus deudas sólo podrían solventarse con su muerte. Su aviso de muerte fue:

“Don Simeón Torrente ha dejado de… deber. No habiendo podido despedirse personalmente de sus acreedores, lo hace por medio de este aviso y se pone a sus ordenes en el cielo, cuyas puertas contribuyeron ellos a abrirle.”

Costumbrismo: Bogotá de 1904 a 1964

Climáticamente Bogotá es una ciudad fría, con un clima similar al de las ciudades europeas en época otoñal:

“En el año de 1904 Bogotá era una aldea que limitaba por el norte con la Iglesia de San Diego; por el sur con la Iglesia de las Cruces; por el oriente con la Iglesia de Egipto y por el occidente con la Iglesia de la Capuchina. Veinticinco calles y quince carreras empedradas”.
Una ciudad latinoamericana, delimitada geográficamente por cuatro puntos de su religión católica. A los bogotanos se les conocía como cachacos. No había acueductos, y el agua se traía de de los ríos San Agustín, San Cristóbal y el de “El Arzobispo”. Se iluminaban con la luz del sol; los tranvías eran movidos por mulas; existían “chicherías” como sitios de reunión; había más fraternidad a falta de diversiones. En 1920 Colombia seguía siendo una república pequeña y Bogotá un pueblo grande. Los bogotanos se proveían de artículos finos traídos desde Europa. Las viejas casas coloniales comenzaban a ser reemplazadas por grandes edificios. La villa con el tiempo habría de transformarse, y esa transformación, el autor la revela con nostalgia:

“Bogotá era pues una villa apacible. Carecía de todo lo que hoy tiene, pero poseía todo lo que hoy le falta: carecía de grandes avenidas, inmensos almacenes y enormes edificios… de luz eléctrica… de acueducto… de teatros y estadios… de automóviles y buses… de los millones de cuerpos… de la caterva de economistas, ejecutivos, asistentes, técnicos… de las innumerables universidades… de las millares de fábricas, de las centenares de industrias. Pero poseía una fe inconmensurable… esa luz del espíritu… gracia inagotable que fluía por todas las bocas… un Congreso donde chisporreteaba el ingenio… sentido de solidaridad humana… cien mil almas capaces de sentir… una pléyade de hombres que si trabajaban… fábricas de médicos humanitarios y abogados honorables… la cortesía imperaba en la vida de relación y ennoblecía las palabras y actitudes de ricos y pobres”
Bipartidismo: liberales y conservadores

La tensión política en Colombia durante el siglo XX es de suma importancia para la obra de Salom Becerra. En el principio de la obra, el partido conservador en su hegemonía fue una colectividad fuerte y el liberal una débil, o sea que los miembros del primero seguían mandando y los segundos pagando impuestos. Simeón, heredero de las ideas políticas de su padre, se inscribe como partidario de los conservadores (“Simeón era conservador, aunque no sabía a ciencia cierta por qué lo era”). Siempre manejado por los poderosos oligarcas, Simeón permanecía como un burócrata al servicio de los poderosos. En su vida tuvo que lidiar con el “Bogotazo”, el hecho histórico más importante de la primera mitad del siglo XX en Colombia. En este acontecimiento Simeón defendió su lugar de trabajo –su juzgado-, pero al ver que los “revolucionarios” irrumpieron de forma violenta para incinerar toda prueba criminal, prefirió conservar su vida y fingir ser partícipe de la revolución iniciada, luego del asesinato de Jorge Eliécer Gaitán.

En Colombia tan solo se heredaron por mucho tiempo estas ideologías, correspondientes al lugar de nacimiento del individuo. Estas ideas las expresa mejor Salom Becerra en su obra Al Pueblo Nunca le Toca, donde un par de amigos, Casiano y Baltasar, se inscriben en cada uno de los respectivos bandos políticos.

Don Simeón Torrente, no es más que una leve pieza en este juego de estructuras mayores, en donde el poder económico es el que manda. Simeón, un hombre heredero de pobreza y deudas; un burócrata títere manejado al antojo de los de arriba “high class”, una existencia fugaz, un voto más para un partido político; un simple individuo que a falta de dinero es una víctima del capitalismo salvaje que en Colombia funciona como un embudo: lo angosto para los pobres y lo ancho para los ricos. Sin embargo todas estas situaciones no lo envilecen, al contrario, muestra resistencia y busca una luz de esperanza, una ligera chispa revolucionaria. Es honesto y trata de ser lo más sincero que puede, pero inevitable es que caiga en las trampas de la hipocresía humana y en el dinero que manipula conciencias.

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