AUTOR: Alejo Carpentier
TÍTULO:
El Siglo de las Luces
EDITORIAL:
Seix Barral (Quinta edición)
AÑO:
1971
PÁGINAS:
365
RANK:
9/10
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Por Jorge Vanegas Aparicio

Una acomodada familia de comerciantes antillanos compuesta por dos hermanos adolescentes, Carlos y Sofía, viven junto a su convaleciente primo Esteban, joven de contextura enfermiza y apocada. A la muerte de su trabajador padre, los supervivientes del clan quedan a su suerte; entregados de lleno al lujo y al despilfarro con el beneplácito de tutores corruptos que sólo quieren sacar tajada de los huérfanos.

Durante este escenario idílico es cuando entra en acción la carismática figura de Víctor Hughes, comerciante emprendedor que se ofrece como protector de los muchachos, trayendo consigo a su vez, las nuevas ideas de la revolución francesa que no es bien vista por las autoridades de la isla ni por sus habitantes, acontecimiento que sólo acrecienta el interés de los chicos por el nuevo forastero. Cuando las cosas se ponen demasiado peligrosas Hughes y Esteban no ven otra opción que huir al viejo mundo para tratar de extender los ideales de la revolución francesa al resto de países europeos.

Esteban, ahora un vigoroso muchacho, desarrolla un recalcitrante idealismo por la revolución francesa que lo eleva en una cruzada personal para aplicar los valores de la ilustración a todas las naciones de América. Sin embargo, a partir de diversas vicisitudes, fracasos y decepciones, los quijotescos ideales de Esteban se ven amilanados pues ve con decepción que la revolución francesa, que tiene por estandarte los preceptos de las racionalidad del pensamiento moderno, no es más que la implantación de un burdo dogma que se empeña en borrar los trazos del cristianismo para crear los cimientos de una nueva religión fundada en absurdas supercherías y vanos conceptos místicos que nada tienen de fundado:
“Los ateos, de repente, eran considerados como enemigos de la república. Reconocía el pueblo francés la existencia del Ser Supremo y la inmortalidad del alma.” (Pág. 147)
Para empeorar las cosas, los intereses mezquinos entran en juego, las intrigas de unos cuantos rompen de lleno la unidad de los revolucionarios, la utópica sociedad basada en las máximas de libertad, fraternidad e igualdad se abaten lentamente ante la cruda realidad de la barbarie que es impuesta por los mismos revolucionarios:

“Nos hacen traducir al español una declaración de los derechos del hombre, de cuyos diecisiete principios violan doce cada día. Tomaron la bastilla para libertar cuatro falsarios, dos locos y un maricón, pero crearon el presidio de Cayena, que es mucho peor que cualquier bastilla…” (Pág. 111)
Delante de este constante despotismo surge Víctor Hughes, quien se ve a sí mismo como una suerte de Robespierre tropical (“había querido ser Robespierre, y era un Robespierre a su manera”). Hughes es el máximo responsable de expander la revolución francesa en las Antillas. No obstante esta nueva envestidura trae como consecuencia un cambio paulatino en su forma de ser, pasando de ser un hombre de pensamiento abierto a poco más que un tirano cruel y resentido, es decir, convirtiéndose en todo aquello que siempre había odiado y contra lo que estaba luchando todos esos años; así mismo Esteban no es ajeno a estos cambios de su mentor, tornándose poco a poco en su sombra:
"Esteban tenia la impresión de decrecer, de achicarse, de perder toda personalidad, de ser sorbido por el acontecimiento, donde su humildísima colaboración era irremediablemente anónima” (Pág. 112)
Hasta que llega al límite de su pasividad oponiéndose amargamente a su otrora querido tutor, revelándose como un ser crítico de todas las bufonadas y contradicciones de la revolución. Es muy efusiva esa escena en la que Esteban descubre desilusionado la construcción de una guillotina en el barco en el que viajaban para luego replicarle a Hughes:

“¡Con que esto también viajaba con nosotros!, exclamo Esteban.
Inevitablemente-dijo Víctor, regresando al camarote-. Esto y la imprenta son las dos cosas mas necesarias que llevamos a bordo, fuera de los cañones” (Pág. 127)
Sobre la historicidad de Víctor Hughes

Dice Carpentier al final del libro, que el marsellés Víctor Hughes fue una multifacética figura, (comerciante, aventurero, marinero, político y jefe militar fueron, entre otros, los campos en los que incursionó este gran hombre); un personaje de la vida real, que surgió durante los acalorados días de la revolución francesa pero cuya participación fue injustamente olvidada. El autor cubano, empero, logra rescatarlo del limbo histórico y transferirlo al ámbito de las antillas donde interactúa junto a otros tantos personajes ficticios, enfatizando de paso, el carácter ya de por si histórico de la obra.

La descomposición de los ideales

Casi todos los ideales de la revolución son tirados por la borda, los dirigentes, encabezados por el dictador Víctor Hughes, emprenden las sistemáticas venganzas personales, y no sólo contra aquellos traidores declarados a la causa, sino también a aquellos que fueron los más allegados a la revolución, considerados éstos como potenciales enemigos del pueblo. La guillotina de la ilustración francesa ha reemplazado la cruz cristiana de la santa inquisición, una nueva era de terror ha caído sobre las naciones del nuevo mundo. Víctor Hughes se alza como único implantador de esta reforma “intelectual” cortando las cabezas de aquellos a los que considera son hostiles al nuevo orden. Desplaza la religión católica, los antiguos dignatarios, las anacrónicas formas de pensamiento de provincia por los designios de la nueva fe de la revolución francesa cuyos ideales, no obstante, comienzan a corromperse a medida que son implantados en aquellas tierras de América:

"Era pintoresco, en verdad, ver a tantos filántropos, amigos del chino, del persa y del algonquino, prometiéndose los más tremebundos escarmientos para cuando, ya aplastada la sublevación de negros, les tocara proceder a ciertos ajustes de cuentas con algunos servidores ingratos que fueran los primeros en arrimar la tea a los edificios de sus haciendas” (Pág. 265)
La revolución ha fracasado

El Siglo de las Luces es, si se quiere, un desligarse de la figura paterna para lograr alcanzar por sí mismos la mayoría de edad tan de boga en los preceptos de la ilustración. Es una mirada crítica a todos los dogmas por más innovadores que estos sean. Nada es demasiado bueno como para que no perjudique un calmado orden ya establecido, más cuando se pretende implantarlo de manera fulminante y violenta, y todavía más si esas ideas son extraídas desde otras circunstancias y realidades. El Siglo de las Luces así, se refiere a la imposibilidad de aplicar una revolución que nunca pudo llegar a ser en las tierras latinoamericanas simplemente porque no se dio acá o quizá también porque la única lucha verdadera es la que lleva el hombre continuamente consigo mismo en su diario discurrir y no en aquellas utopías que, se pretende, regirán a los demás individuos:

“Esta vez la revolución ha fracasado. Acaso la última sea la buena. Pero, para agarrarme cuando estalle, tendrán que buscarme con linternas a mediodía. Cuidémonos de las palabras hermosas; de los mundos mejores creados por las palabras. No hay más tierra prometida que la que el hombre puede encontrar en sí mismo.” (Pág. 267)

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