AUTOR: Vladimir Jankélévitch
TÍTULO: Pensar la Muerte
EDITORIAL: F.C.E. (Primera edición)
AÑO: 2004
PÁGINAS: 131
TRADUCCIÓN: Horacio Zabaljáuregui
RANK: 8/10



Por Alejandro Jiménez

¿Es posible pensar la muerte? O como lo plantea Daniel Diné: ¿Permite la muerte que se filosofe sobre ella? Pues bien, el pensador francés Vladimir Jankélévitch (1903-1985) abordó en varios de sus libros dichos interrogantes y desarrolló una muy original interpretación sobre el problema y el misterio que sugieren para el hombre la evidencia de la muerte, aun cuando afirmara literalmente: “lo mejor que puedo hacer es buscar no pensar en ella, ante todo porque no hay nada que pensar de ella, nada que decir, ella desafía el discurso, desafía el pensamiento”.

Pensar la Muerte, publicado por primera vez en francés en el año 1994 y cuya traducción exacta habría de ser ¿Pensar la Muerte? -puesto que su original se editó bajo el título: Penser la Mort?-, contiene cuatro entrevistas –una de ellas inédita- realizadas entre 1967 y 1975 a Jankélévitch para distintas revistas especializadas, y que fueron recuperadas gracias a Françoise Schwab, quien adelantando una revisión bibliográfica para la edición de las obras completas del autor pudo encontrarlas e impulsar su rápida publicación.

En estas entrevistas Jankélévitch aborda distintas dimensiones del problema, pero así mismo mantiene siempre lo que podríamos entender como una base de pensamiento sobre la cuestión que pretende examinarse, unas ideas generales y orientadoras: 1. la imposibilidad de separar la vida cuando se intenta considerar el alcance de la muerte; 2. la difícil situación del pensamiento frente a su advenimiento; 3. el papel de las técnicas actuales en la medicina para la preservación hasta límites insospechados de la vida; 4. la religión como un mecanismo regulador de las conductas y “actitudes” del hombre frente al más allá y; 5. la dificultad que representa el hecho de la muerte para el incrédulo y el desesperado.

Lo irrevocable (entrevista de Daniel Diné)

Esta entrevista data de 1967 y fue realizada a propósito de la publicación del libro La Mort de Jankélévitch. El núcleo central de la disertación está en la situación del hombre frente a la muerte, frente a esa realidad irrevocable que nunca es necesaria y que se la mantiene allí como una cosa más en el cajón de la mesa. La razón para la distancia que el hombre siempre busca trazar entre él y la muerte, dirá el autor, podría estar en una especie de banalización de la misma. Asumir, por ejemplo, que es sólo una realidad que se da en la tercera persona (así como la asumen los demógrafos o los médicos), o incluso, en una segunda persona (como lo es en la experiencia de los seres cercanos), pero nunca como algo que también me corresponde en el plano individual y valorativo.

Es que el hombre piensa en su continua búsqueda de existencia que puede reservar el problema de la muerte a los otros, y básicamente, hace bien, porque si se toma el trabajo de examinar el sentido que tiene su propio devenir, los resultados pueden ser desalentadores. Tendría lugar un primer marco de referencia constituido por el conjunto de actividades que se realizan durante la vida: estudiar, enamorarse, trabajar, pensionarse; en él, las cosas parecen tejerse de manera segura; pero hay, por otro lado, un marco que está conformado por el sentido que tiene la totalidad de la existencia y allí, ante el abocamiento irrevocable a la nada, a la muerte, el hombre parece perder todos los asideros.
Pero, Jankélévitch encuentra que es, precisamente, en esa especie de vacío que observa frente a sí el incrédulo –porque el problema para el creyente está resuelto a priori- en donde está la posibilidad para el sentido. Dirá: “el sinsentido de la muerte brinda el sentido a la vida, negándoselo”. Y es claro: puedo sorprenderme de esta gratuidad y quedarme perplejo, o buscar por mi cuenta algo que pueda justificarla. Y, fíjense, hay una operación lógica que está sirviéndonos de base: la vida sólo existe en tanto existe la muerte, ella es quien da fundamento a lo que vive, porque ¿Qué puede haber que muera, si antes no ha vivido? Así que el hombre termina en medio de dos nadas, una que lo precede y otra a la que se perfila, y que negándose mutuamente también se fundamentan.

La pregunta será entonces si aquel pensamiento que piensa la muerte y logra sacar estas cosas en limpio también está destinado a morir. Y bien, Jankélévitch parece jugar un poco con esto, como alguien que trastabilla, y termina diciendo que todo pensamiento requiere de un ser pensante, y que dada la ausencia de éste, el pensamiento desaparece, pero duda en qué consiste exactamente ese desaparecer. Y, sin embargo, tiene la clave para salir del problema: ningún ser comporta en sí mismo un dejar de ser, dice. Estamos en el plano del pensamiento, donde todo es, a pesar de no existir, de modo que podemos arriesgar una respuesta: si el pensamiento es y no tiene por qué dejar de ser, la ausencia del ser pensante es sólo el motivo por el cual el pensamiento se convierte en nada, es decir, lo que siendo, espera el concurso de aquel que lo piensa.

Reflexiones sobre la muerte (entrevista de Georges Van Hout)

Esta segunda entrevista fue realizada en diciembre de 1970 y estuvo especialmente centrada en el contraste que frente a la cuestión de la muerte puede establecerse entre los creyentes –religiosos- y los incrédulos. Pero habría que distinguir entre unas religiones que, llamaríamos, ortodoxas, y otras laicizadas o con un componente mucho más racional-filosófico. La distinción nos sirve para comprender el marco en el que cada una entiende la muerte: las primeras pretenden dar al más allá un valor de existencia y por ello –lo cual desprecia profundamente Jankélévitch- le vinculan distintos matices empíricos, hablan de paraíso, viajes, espacios; para las otras, en cambio, el problema es más de símbolo y, aunque en rigor no se alejan de la idea del más allá como existencia, lo promueven también en términos del fin de la historia.

Diríamos que para el creyente, la religión se presenta como un tranquilizador e, incluso, en prácticas de mortificación, como un aliciente que lo impulsa hacia la muerte sin mayor punto de referencia que el de la fe. No así la situación del incrédulo, para quien el problema se le abre en una doble perspectiva: como misterio y como problema. La muerte es misterio cuando se la vincula al yo, cuando tiene que ver con mi adentro, es la cuestión filosófica que se desprende de la conciencia de la muerte y de la cual hablamos más arriba. Pero, la muerte es también problema cuando se establece con ella una relación desde afuera, desde el él, es la cuestión que pretende explicarse dentro de un marco biológico (orgánico) o demográfico (estadístico).

A propósito de la eutanasia (entrevista de Pascal Dupont)

Sin duda que esta es la entrevista más interesante, pero sobre todo la más polémica del libro y, curiosamente, es la que encontró aquí su primera publicación, a pesar de estar datada en 1974. Y digo que es muy polémica por la manera en la que Vladimir Jankélévitch plantea su posición frente a este tema tan en boga actualmente. Para el autor el problema de la eutanasia comporta dos dimensiones: una filosófica y otra técnica y, por supuesto, ambas operan directamente en la figura del médico. La primera tiene que ver con la cuestión deontológica que emerge frente al médico con relación a su labor como preservador de la vida. Jankélévitch descarga toda la responsabilidad en el médico, lo denomina el “juez” de la situación, pide de él fungir como el hombre que decide en tanto el estado actual de la técnica científica se lo permite y con relación a la consideración de la voluntad del enfermo y el tipo de vida que puede llevar.

Lo que sucede, y a esto dedica muchas palabras nuestro autor, es que no se trata simplemente de una decisión, sino de un conjunto de tabúes, señalamientos, intereses y culpabilidades que social e históricamente están condicionando a los médicos. Perfectamente puede vérseles como asesinos o profesionales sensatos, dependiendo del lugar en donde usted prefiera pararse. Como sea, Jankélévitch está convencido de que es necesario para abordar a cabalidad esta cuestión alejar lo máximo posible los prejuicios religiosos, ellos ayudan a acrecentar la culpabilidad del médico que tiene ante sí un caso denigrante y aun así no se decide; son intolerables sus opiniones sobre las intervenciones quirúrgicas o los transplantes de órganos argumentando ser procedimientos contra natura, y sobretodo debe superarse aquello de creer que el único que dispone de los cuerpos, la salud o la muerte de los hombres es dios.

Pero, al mismo tiempo, hay un peligro que se vislumbra del otro lado, del conjunto de la técnica. Aquí debe situarse una posición intermedia, porque si bien el avance científico y técnico ha permitido mejorar las condiciones de vida y ha hecho creer al mundo que no hay enfermedad incurable, una mala interpretación de la eutanasia podría perfilarse como una herramienta para la eugenesia, lo que equivale a decir, el asesinato premeditado de personas anormales o vulnerables en las sociedades. De suerte que Jankélévitch asuma una posición ecléctica por la cual otorgue al médico un papel de ponderación sobre la viabilidad de la eutanasia en función de la situación histórica del conjunto de elementos vinculados al problema: medicina, técnica, enfermedad, la opinión del enfermo, calidad de vida, etcétera.

Cuerpo, violencia y muerte (entrevista para Quel Corps?)

Esta entrevista con la que cierra el libro, referenciada en París, 1975, contiene un campo de reflexión diferente al esbozado en las otras. Aquí se trata de ubicar el conjunto de las manifestaciones sociales que en torno al hecho de la muerte se desarrollan en las distintas culturas. Jankélévitch hará ver cómo todas estas ceremonias –pensemos en los cementerios, las misas, las cremaciones- están basadas esencialmente en los muertos, pero nunca en la muerte per se, y al mismo tiempo, cómo varían de acuerdo a la cultura y sociedad. Sin embargo, en opinión del autor, todos estos actos resultan irrisorios puesto que prácticas tales como los aprendizajes de la muerte o las ceremonias de clase, no son más que fórmulas para familiarizar y hacer más cercano algo que está infinitamente lejos de nuestras posibilidades de comprensión.

Y está así de lejos porque ni siquiera nuestro lenguaje logra alcanzarla. El pensamiento trabaja a través de una lógica de asociaciones, pero la muerte es un punto irrepresentable, sin posibilidad de contraste o referencia, la muerte es lo impensable, lo que experimentado una vez se acaba. Pero además, porque la muerte es siempre una violencia, sea cual sea su motivo. Es una violencia en el sentido de no ser necesaria, de venir sin pensarla, incluso en los casos de “muerte natural”, porque allí también opera un desequilibrio, en este caso orgánico que igual pudo haber sido hoy que mañana. De modo que Jankélévitch sabe que se pueden hablar muchas cosas sobre ella pero que, en rigor, la muerte es aquello ante lo cual cualquier "actitud" siempre resulta inútil.

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