AUTOR: Próspero Morales Pradilla
TÍTULO: Los Pecados de Inés de Hinojosa
EDITORIAL: Seix Barral (Primera edición)
AÑO: 1999
PÁGINAS: 560
RANK: 7/10




Por Alejandro Jiménez

La mayoría de las novelas históricas están basadas en los grandes acontecimientos y, por supuesto, lo que exponen no es otra cosa más que lo que gira en torno a esos hechos que hacen época. No así, Los Pecados de Inés de Hinojosa, en donde lo que se perfila con particular importancia no es, en rigor, ese hecho histórico, sino por el contrario, la cotidianeidad, los encuentros y secretos, los deseos e intrigas de una nómina un tanto extensa de personajes durante la colonia, en el Nuevo Reino de Granada, por allá cuando transcurría la segunda mitad del siglo XVI.

Próspero Morales Pradilla (1920-1990), recupera de esta forma, uno de los capítulos más picarescos narrados en El Carnero, de Rodríguez Freyle, y construye su novela sobre la cautivante historia de Inés de Hinojosa, una mestiza llegada del Cabo de la Vela quien, seguramente, habrá sido la primera mujer condenada en el Nuevo Reino a morir en el patíbulo, y cuyo único pecado quizá fue el de ser demasiado bella y auténtica como para ser aceptada por la mojigatería tanto de la iglesia como de la Real Audiencia, que vieron en ella transfigurados de una forma increíble, la rebeldía propia de los “indios” y la voluptuosidad arraigada a las costumbres españolas.

El éxito de la novela fue tal que muy pronto fue traducida al alemán, al búlgaro y al chino, al tiempo que, en 1988 -dos años después de publicarse también empezaba a grabarse, tomándola como base, una serie televisiva que, por demás, dio bastante que hablar en nuestro país. Así pues, Morales Pradilla, reconocido hasta entonces principalmente por su trabajo diplomático y su producción como cuentista, configuró el perfil de uno de los personajes femeninos más importantes en las letras colombianas, aun cuando tuvo tiempo de escribir después La Mujer Doble, novela publicada después de su muerte.

La historia de Inés de Hinojosa

Inés de Hinojosa, mestiza de madre “india”, que doblegaba la mirada de los hombres con su sola presencia, y frente a quien las cosas de alrededor parecían transformarse, es entregada en matrimonio a Pedro de Ávila –un hombre adinerado de Carora (hoy Venezuela)- después de que su padre Francisco de Hinojosa la perdiera en una apuesta. El padre piensa que ha hecho un buen negocio porque ha podido preservar para él todos sus bienes y, por otro lado, casar a su hija con un hombre que le procurará un buen futuro. Sin embargo, Inés comprueba muy pronto que su relación será desdichada, puesto que su esposo sólo tiene cabeza para el juego y, lo que la marcará para siempre: la única forma de complacerse en la cama es lastimándola fuertemente.

Después de un tiempo conoce a Jorge Voto –un español que ha huido de su país por líos de faldas y que ha venido a probar suerte en los nuevos territorios-. Él, bailarín de profesión y enamoradizo, al tiempo que inescrupuloso, se convierte en el amante de Inés, cuyo apetito sexual desborda cualquier límite, y planean entre los dos la muerte de Pedro de Ávila. Convencidos de su idea, Jorge huye a Pamplona para despistar a Carora y vuelve luego para matar a estocadas al esposo de Inés. Después de un año de comunicación por cartas las Hinojosas: Inés y Juanita –sobrina en apariencia, pero hermana por parte del padre-, y la Torralva –antigua marañona, cuidandera de la hija de Lope de Aguirre-, su criada, parten a Pamplona, segundo esposo de Inés, se ha granjeado una cierta posición social gracias a su ímpetu, palabrería y a los favores del clero.

Pero como las costumbres y la presencia de las Hinojosas y del mismo Voto pronto perturban a Pamplona, que se encuentra escandalizada, deben partir de nuevo, esta vez hacia Tunja, en donde son recibidos por el encomendero Pedro Bravo de Rivera. Aquel hombre pronto queda atrapado en los juegos de Inés, de modo que mientras Voto se dedica a su escuela de baile y a buscar contactos más cercanos a la Real Audiencia, la pareja de amantes empieza a cultivar una relación voluptuosa que los lleva, incluso, a construir un pasadizo secreto que comunica sus dos habitaciones. Juanita entregada a las orgías, Voto alternado sus favores con ella misma y sus otras alumnas, y un mundo de intrigas incontrolables, paulatinamente hacen pensar a Inés y Pedro Bravo de Rivera que es necesario asesinar al esposo para continuar su relación.

Olvidada así por completo la atracción entre esposos, los amantes conjuran junto a Pedro de Hungría –un sacristán enemigo de Voto- y Hernán, hermano de Pedro Bravo, el asesinato. Sin embargo, desde el primer momento las cosas no salen de la mejor manera, de suerte que el oidor de la Real Audiencia de Santa fe y el mismo corregidor de Tunja, pronto se percatan de quiénes han sido los culpables de la muerte de Voto que, en efecto se lleva a cabo, y bajo la intervención misma de Andrés Díaz Venero de Leiva, instancia máxima del Nuevo Reino, son juzgados por lo hecho, mientras Juanita huye, al igual que la Torralva.

Sobre los pecados de las Hinojosas

Inés y Juanita creen ser tía y sobrina, pero lo cierto es que son hermanas. La primera mestiza, la segunda española, pero aún así hermanas. Sin saberlo caen en incesto cada vez que se procuran mutuamente los efectos de los bálsamos, o cuando se acuestan al tiempo con un solo hombre. Pero, Juanita siempre ha estado a la zaga de Inés, porque los hombres prefieren a aquella. De modo que debe conformarse con los favores y el apetito de los esposos de su tía o de los hombres que la pretenden sólo por el sexo. En todo caso, y como decía Voto:

“(…) las mozas de España no andan amarradas a un solo hombre, porque perderían el deleite de las comparaciones, como tampoco los hombres nos amarramos a una sola mujer cuando se puede yacer en muchas camas” (Pág. 147)

El sexo es el pecado que atraviesa la historia. Cada hombre y mujer en Carora, Pamplona o Tunja parecen estar pensando a partir de él, proyectándose desde él. Jorge Voto persigue a sus estudiantes o a las damas de nobleza, Juanita tiembla en su cama cuando las corrientes del deseo la atraviesan, Inés piensa cuando mira a los hombres en lo que se esconde detrás de sus braguetas, o los altos funcionarios crean intrigas diversas con tal de explayarse con cualquiera. Y a pesar de que todo esto es así, cada sensación y cada deseo debe procurarse solamente a través de las miradas o en los oídos de los cómplices, en secreto, puesto que hay una apariencia y unas normas morales que no se osan sobrepasar.

La muerte es el otro pecado cardinal. Al parecer todas las intrigas creadas aparecen abocadas a la muerte. Voto mata a Pedro de Ávila y muere a manos de Pedro Bravo; Inés es cómplice de ambos asesinatos y termina en la horca. Pero, la muerte es también la lucha frente a la conciencia moral que, por ejemplo, en el caso de Hernán Bravo lo lleva a la desesperación, o del mismo Voto que toma su decisión sólo después de ponerla a consideración de cientos de razones. La iglesia y la moral constituyen el baluarte frente al progreso y el pecado que parecen ir de la misma mano; es por ello que:

“Tal sociedad estaba montada sobre la remisión de los pecados, porque si no fuera posible aligerarse de las culpas con el recurso de la confesión, se acumularían las desvergüenzas, las fornicaciones, los falsos juramentos, los deseos malsanos, las mentiras, los robos, las hechicerías y los crímenes para el Juicio Final…” (Pág. 221)

Esa misma fuerza moral que parece comportar la remisión hace que la comprensión del mundo sea particular, basada de sobremanera en la religión. Una habitante de Carora creyó ver el diablo en el techo de las Hinojosas después de la muerte de Pedro de Ávila; Pamplona cree que Inés y Juanita son la personificación del mal; Tunja está convencida de que el Judío Errante –una estatuilla de madera utilizada en la semana santa- es lo que ha traído a la ciudad las malas costumbres, la brujería y la muerte.

Y junto al marco prescrito desde la moralidad existe el otro que tiene que ver con la Real Audiencia, o más exactamente con las costumbres y hábitos de las personas más respetadas en la sociedad. Ellos son, en rigor, quienes conservan las buenas maneras y, quienes además, dan cuenta de la grandeza del reino de Felipe II. Está allí, de esa manera, la pretensión de hacer de las nuevas ciudades una extensión de la España lejana, y por eso se le rememora en las fiestas y se recuerdan anécdotas que la mayoría de las veces son meras habladurías pero que, sea como sea, sirven para cruzar una línea entre el conquistador y el mestizo o el “indio”.

Una línea difusa quizá, porque los crímenes y mentiras de los “blancos” sorprenden a su vez, a las tradiciones y formas de relación entre los “indios” y porque, además, muchos de ellos, ricos y mandadores, son solamente esclavos de las mismas pasiones que doblegan a cualquiera, y terminan en la ignominia frente a las normas que ellos mismos han creado. De allí esa imagen que percibe Inés de Hinojosa al final de sus días:

“(…) tripas de glotones, venas de prostitutas, matrices secas, saliva de cobardes, cerebros de loco, hígados de asesino, semen de hipócrita, leche de india, glándulas de encomendero, un río de menstruos, penes fornicadores, humedad de busconas, sudor de fraile, babas de dama principal, jugos de vagina, esputos demorados, mocos entre pañuelos y toda la corte del Judío Errante –leprosos, paralíticos, cojos, tuertos, mancos, sordos, ciegos, tullidos-. Sin embargo, unos a otros se veían con el disfraz del momento: caballeros, soldados, mujeres, niños, indios, sacerdotes, artistas, monjas, criados, fregonas y, al fondo, el árbol” (Pág. 557)

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La gran historia se escribe merced a las pequeñas intrigas que se cuecen. Los Pecados de Inés de Hinojosa, novela extensa de delicado lenguaje y amplias descripciones, tiene la virtud de hacer ver que mientras los grandes movimientos de la colonia se desarrollaban, los ojos de las personas no estaban estrictamente puestos sobre ellos, sino que fue una época como cualquier otra, en donde el deseo y la búsqueda de placeres, el pecado y el señalamiento, eran cosas del día a día, pero que permanecieron en el desconocimiento, porque los grandes cronistas de la época nunca se atrevieron a mencionarlos.

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