AUTOR: Pío Baroja y Nessi
TÍTULO: Susana
EDITORIAL: Bruguera S.A. (Primera edición)
AÑO: 1981
PÁGINAS: 190
RANK: 7/10




Por Alejandro Jiménez

Esa división que un grupo amplio de lectores traza a veces entre obras menores y obras celebradas es francamente peligrosa. Podría suceder, por ejemplo, que en el caso de Baroja, la gente continuara hablando de La Busca o Zalacaín, el Aventurero y echara un poco en el olvido a esta otra novela. Y aquello constituiría un error porque en esta pequeña pieza parecen concretarse algunas de las características más aplaudidas de la prosa de Baroja: la marcha continua de la acción, la aguda construcción de los personajes y esa contundencia que está de fondo en la descripción de los espacios.

Sea pues esta oportunidad la ocasión para el “rescate”. La oportunidad para darle un vistazo a una obra madura de Pío Baroja (1872-1956) e, incluso, la de reconstruir a partir de ella, algunas pistas sobre las impresiones que iba configurando nuestro autor por allá cuando la Guerra Civil estaba apoderándose de España y tenía que exiliarse en el vecino país de Francia a causa de sus diferencias con los carlistas.

En efecto, Baroja marchó a París al estallar la guerra, regresando a Madrid sólo hasta 1940. Fruto de aquella época es, entre otras, Susana, fechada en abril de 1938. Miguel Salazar –protagonista de la historia- se nos presenta aquí como referencia biográfica de Baroja por tres razones especiales. En primer lugar, por la relación que ambos tienen con la medicina: el autor la estudió y ejerció en Madrid y Valencia; Salazar regenta –en la novela- una farmacia y vive de traducir información sobre medicamentos.

Luego tenemos la coincidencia en el plano temporal: la novela transcurre durante la Guerra Civil Española pero se localiza en Francia, es decir, durante la misma época y en el mismo lugar en que se exilió Baroja. Y, finalmente, está el hecho de que la novela termine con la vuelta a España del protagonista, tal como París deja de tener importancia para el autor en 1940, cuando vuelve a Madrid para asentarse allí definitivamente hasta su muerte.

Sobre la historia de Susana

Fuera de los referentes mencionados lo demás tiene un carácter más bien especulativo, sobretodo lo relacionado con la figura de Susana, aunque no tanto con lo esbozado sobre las condiciones sociales parisinas, más a sabiendas del Baroja anárquico y anti-institucionalista que ataca fuertemente a la burguesía y la iglesia en sus trabajos.

Susana nos presenta la historia de un hombre que viaja a Francia por cuestiones de negocios, encontrándose con que le es imposible regresar a su país por el inicio de la guerra. Estando las cosas de este modo se ve forzado a instalarse en una zona residual de París y procurarse un empleo como traductor para subsistir y poder enviarle dinero a su familia. La historia que si bien nunca para de andar se concentra, en un primer momento, en todo lo que sucede en los márgenes del parque Montsouris –cercano a la pensión del protagonista-, y se perfila luego, poco a poco, como una historia de amor cuando Miguel Salazar conoce a Susana a través de sus amigos.

Con Susana vendrán además un padre “cazador de moscas” -el nombre con que se pensaba editar la novela fue, precisamente, Susana y los Cazadores de Moscas-, un hombre problemático y nada dispuesto a perder el privilegio de una hija única; y también el encuentro con un París aburguesado que desconoce o toma distancia frente a los suburbios y los pobres. No sabemos en qué momento exacto Baroja nos ha embarcado en esa relación amorosa, pero lo cierto es que después de cruzado el límite nos vemos abocados a seguirla página a página hasta el final, en donde nos tiene preparado un fuerte golpe en la cara.

Pero mientras tanto hay tiempo para caminar por las calles de París del brazo con la muchacha, molestarse con el estrépito de las fiestas, sentirse celoso de las conversaciones y actitudes de los otros, conocer a un químico experto con quien es posible hacerse a un mejor empleo, discutir sobre pintura y hasta arriesgarse a echar unos pincelazos, escuchar la socarronería de los burgueses que construyen sus casas a las afueras de la ciudad, y lo más significativo de todo, observar las pequeñas cosas, las cosas más nimias para percibir en ellas el rastro de lo oculto.

Sobre el estilo de escritura

Es un poco insistir en lo que ya se ha dicho antes, pero el estilo de Baroja tiene al menos tres grandes rasgos: la continuidad, la sequedad y la claridad. Todos confluyen y configuran un cierto estilo muy particular. La narrativa de Baroja es continua porque la acción parece nunca parar; aun cuando el autor desea tomarse un tiempo para describir una calle, una casa, o para recordar a través de un personaje alguna leyenda, la fábula se sigue construyendo, acopia más instantes, continúa andando, un poco al estilo cinematográfico.

Su estilo es también seco, porque no adorna con mayor artificio lo que dice; otros podrían decir directo o expresivo, eso no importa, acá esos adjetivos funcionan como sinónimos. Y, por supuesto, esa sequedad es un rasgo que fortalece aquello que decíamos sobre la continuidad de la acción. Pero, además, el estilo de Baroja es claro; realista, esquemático, si se prefiere: no hay grandes juegos metafóricos o figuras literarias, más bien se apunta a lo que es y listo. Tres grandes rasgos que unidos propician cosas como esta:

“Me llamo Miguel Salazar, y soy hijo de un boticario de un pueblo de la Mancha. He estudiado la carrera de farmacia con muy buenas notas. No considero esto como una gran cosa, pero así es. Antes de terminarla, murió mi padre en la aldea. La familia tuvo que vender la botica. No había en la casa dinero guardado, y me faltaban meses para licenciarme” (Pág. 7)

Algunos rasgos cardinales en Susana

Este es uno de esos libros que apuntan con demasiada precisión hacia lo absurdo. Miguel Salazar es un tipo sin expectativas, un tipo que se sobrevive, y así hay muchos caminando por París, sobre la Tumbe-Issoire, o la Solpetrière. Él nunca se ha creído hombre de importancia, ha pensado siempre que no es nada, y considera normal que la gente no le tenga simpatía. Pero he aquí que esas cosas de creer un poco, también lo alcanzan y, entonces, conoce a Susana y piensa que tal vez se puede ser un poco optimista; de suerte que asistimos a una transformación de un pesimismo exacerbado a un carácter menos receloso.

Pero, qué sutil juego el que nos propone Baroja, qué capacidad para abrirnos los oídos a esas palabras que por allá hacia el final se escuchan y dicen algo como: “no hay seguridad contra el destino, y contra lo determinado por las contingencias del azar”, y que devuelven todo a su sitio, a su perspectiva de partida. Por eso aquello que se ha escrito sobre el papel de la sociedad como elemento de presión y luego de derrota y frustración, acá en Susana opera a sus anchas y con todo su rigor.

Y quizá esa vista desesperanzadora es mucho más profunda por el esquematismo de los personajes de Baroja. Superar un estado para ellos se presenta como una situación de imposibilidad. El señor Roberts –padre de Susana- no puede escapar de su egoísmo, es un esclavo de la asepsia, de lo normativo; Susana no podría intentar ser melancólica, ella es la “alegre, infantil, ligera”, siempre debe sonreír a las personas, pensarla de otra forma equivale a desnaturalizarla; y el mismo Miguel Salazar está amarrado a lo que es, a ser un hombre triste y realista.

Ese esquematismo también tiene una consecuencia en la interpretación que hace Pío Baroja de las relaciones sociales. Al presentarse como dificultad insuperable aquello que se es, las personas empiezan a verse con hipocresía, a actuar sólo conforme a sus propios intereses y a apartarse entre ellos siempre más y más. Propone así, esas dos semblanzas ejemplares; la de la familia pobre, en donde están:

"El padre y la madre disputando con acritud; el niño o la niña cansados, y el chiquitín, dormido en el cochecito”

O la de la familia burguesa que sale a la calle y:

“…El hombre comprende, más o menos claramente, que el día de labor, entre su despacho y su café, es más entretenido; su mujer lleva un aire agrio y displicente; la chica va con más gusto sola a la escuela con sus amigas, y el chico levanta la nariz para soltar bromas impertinentes” (Pág. 167)

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Miguel Salazar escribe las cuartillas que componen esta Susana a una amiga de su hermana, y le pide que olvide todo aquello que pueda oír sobre él, para que pueda juzgarlo sólo por lo escrito. Así que yo pienso que lo mejor que puede plantearse es hacer extensivo ese deseo, e invitarles a leer este retrato de la derrota humana para que ustedes mismos saquen conclusiones.

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