AUTOR: John Cleland
TÍTULO: Fanny Hill
EDITORIAL: Bruguera S.A. (Primera edición)
AÑO: 1980
PÁGINAS: 249
TRADUCCIÓN: Beatriz Podestá
RANK: 9/10



Por Alejandro Jiménez

Estamos frente a un libro del que deben decirse muchas cosas. En primer lugar, que constituye algo así como una pieza maldita, una página que intentó mantenerse a raya durante más de dos siglos en Inglaterra y el mundo; luego, que es –como dicen algunos críticos- una de las primeras grandes novelas eróticas modernas; pero, sobretodo, que tiene la virtud de contener en sí una serie de condiciones que para cualquier lector son motivo de deseo: su exquisito lenguaje, un carácter inquietante y, por supuesto, la fuerza e intensidad de sus temas.

Fanny Hill, o Memoirs of a Women of Pleasure –como también se la conoció en las ediciones piratas que circularon por Europa-, fue al parecer concebida cuando John Cleland (1709-1789) pasaba una temporada en Bombay, lugar en que desde 1736 trabajaba para la Compañía Británica de las Indias, y de donde regresó prácticamente en la ruina. Sin embargo, fue editada sólo hasta noviembre de 1748 (la primera parte) y febrero de 1749 (la segunda). No sé con certeza si esta división se corresponde a su vez con las dos extensas cartas que componen la novela; pero lo que sí es cierto es que, un mes después de publicada, es decir, en marzo de 1749, Cleland era enviado a prisión por el escándalo que desató su libro.

Durante ese primer juicio que tuvo que enfrentar el autor, afirmó explícitamente sobre la novela: “Wish, from my soul, that the book be buried and forgot” (deseo, de corazón, que el libro sea enterrado y olvidado). Pero, claro, la recuperación de las ediciones originales no impidió que se siguiera publicando de manera subterránea y, además, que la sociedad inglesa, unas veces celebrándola y otras repudiándola, se viera profundamente afectada por la novela; la obra miraba desde una perspectiva muy sofisticada hechos tales como el libertinaje, el homosexualismo o la prostitución.

Pero he aquí una cuestión muy interesante. Es posible encontrar indicios que muestran cómo el libro no llegó a ser tan importante en el sentido de develar una serie de comportamientos e inclinaciones propias de la sociedad burguesa –como la sodomía, o el cultivo de los vicios-, sino que alcanzó su principal proyección en el terreno de las conjeturas que se empezaron a establecer respecto de John Cleland: su homosexualismo y su vulgaridad, especialmente.

Él, Cleland, quien había nacido en una familia adinerada que le procuró comodidades que desatendió, fue en su época, amigo de figuras como James Boswell o David Garrick, quienes recibieron algunas de las confidencias más importantes sobre el origen y sentido de Fanny Hill. Pero, el hecho de nunca haber organizado una familia, sumado a su carácter errabundo y solitario, fueron vistos por buena parte de la sociedad inglesa, como aspectos que se perfilaban a modo de pistas para encontrar en la figura de Frances Hill, en las continuas referencias al tamaño de los falos o, en la escena homosexual explícita de la historia, el John Cleland, sodomita y enfermo que pretendía pervertir a la sociedad.

Sea como fuere, esas conjeturas son ante todo recursos para alcanzar un sentido del que, a mi entender, puede perfectamente prescindir la obra. Fanny Hill –esta versión que debe corresponder a la que sólo hasta 1970 fue nuevamente editada en Inglaterra-, es una novela de rasgos bastante bien definidos, de suerte que pueda mantenerse al margen de las figuraciones propias de la sociedad y la época: un lenguaje delicado, sin excesivo recurso metafórico –con el que, según se dice, pretendía mostrar el autor a Boswell la manera de crear una obra sobre el libertinaje, despreciando las fórmulas vulgares-, una historia intrigante y muy bien narrada, un estilo contundente que sabe definir muy bien los límites entre lo voluptuoso y lo grotesco, y, finalmente, una audacia, un arrojo sobre temas tabúes que todavía hoy pueden hacer retroceder a muchas personas.

La historia de Fanny Hill

Frances Hill es una joven campesina de quince años que vive en Lancashire, pueblo cercano a Liverpool. Sus padres, de origen humilde, mueren a causa de la viruela, motivo por el cual la muchacha viaja a Londres en busca de suerte. Cree haber conseguido la ayuda de Esther Davis, para ubicarse en la nueva ciudad donde no conoce a nadie, pero pronto descubre que tendrá que enfrentarse sola a la capital. Al día siguiente de su llegada conoce a la Señora Brown, una mujer que maneja un burdel clandestino, a donde irá a parar sin saber del todo cuál será su trabajo. En aquel lugar empieza a experimentar el descubrimiento de su sexualidad a través de relaciones lésbicas y una curiosidad que despierta el avistamiento de algunas parejas que acuden allí para explayarse.

Pronto conoce a Charles –su único amor-, un joven caballero que ha asistido a una de las reuniones de la casa, y logra salvarla de un nuevo intento por parte de la Señora Brown de vender su virginidad. Escapa con él y viven durante once meses hasta que el muchacho es enviado por su padre fuera de Inglaterra. La noticia hace que ella pierda el hijo que espera de Charles –con quien ha perdido su condición de doncella- y que entre en una profunda crisis de la que sólo se repondrá con su relación con el Señor H., un hombre adinerado que le procura regalos y comodidades. Sin embargo, Fanny descubre que aquel hombre la engaña con su propia criada, y después de vengarse con un mensajero, con quien refina ampliamente el sentido del placer, es vista en dichos trances por su amante, de suerte que deba reiniciar su vida sola.

Con la ayuda de la Señora Coll, que maneja también un burdel disfrazado de sombrerería, empieza a deleitarse con los placeres otorgados por otros caballeros, y gracias a los favores obtenidos se granjea una fortuna considerable. Allí, precisamente, conoce a Louisa, Harriet y Emily, otras doncellas prostituidas que se convertirán en sus amigas y confidentes, hasta que unos años después, cuando está al portas de sus dieciocho años, y el séquito de muchachas se ha desvanecido, decide emprender un viaje de vuelta a Lancashire, con la suerte de encontrarse en su camino con Charles, que ha vuelto de los mares del Sur, en la ruina, pero con quien está dispuesta a compartir su riqueza.

Fanny Hill: libertinaje, sensualidad y amor

No sería justo pensar que Fanny Hill es una novela vulgar; como pocas hace propio un lenguaje que sin caer en lo grotesco tampoco tiene el refinamiento propio de las cosas que buscan disfrazarse. Es una conciencia que tiene la misma narradora de la historia, cuando desprecia alternativamente las expresiones bajas o los circunloquios afectados. Pero, además, sería injusto pensarlo porque no es una cuestión sólo apremiante en el lenguaje o el estilo, sino en la concepción misma de lo que es o no es vulgar:

“¡Los grandes! Existen pocos entre los que ellos llaman vulgares que sean más ignorantes o que cultiven menos el arte de vivir que ellos; ellos digo que siempre erran, eligiendo las cosas más alejadas de la naturaleza del placer, cuyo objeto favorito y principal es disfrutar de la belleza dondequiera que ese invalorable don se encuentre, sin distinción de linaje o posición” (Pág. 116)

De modo que Fanny relata su historia en dos extensas cartas, en primera persona, sobre todo aquello que vivió en su juventud cuando la voluptuosidad la hacia experimentar los más variados placeres, pero sin caer nunca ni en la vulgaridad del lenguaje ni en la del hecho. Por ello, la homosexualidad, las orgías, el sexo, no tienen aquí un carácter semejante al del vicio, sino que antes bien, son considerados como arquetipos de la más refinada virtud. Los placeres del vicio son “las arpías que infectan y ensucian el festín”, dice, no así los de la virtud que preparan “la salsa de los sentidos”.

Y en tanto esto es así, gozar de la virtud equivale a ser preparado para su experiencia. Frances Hill asume con intensidad cada posibilidad: compartir caricias y libertades con otras damas, permitir que se la observe mientras copula con su amante, ser golpeadas en sus nalgas hasta sangrar, ser atravesada por penes descomunales, cualquier posibilidad es un nuevo espacio en su búsqueda del placer de la virtud, porque aquí no se trata de aceptar que esto o lo otro sea visto como aquello que es, sino entenderlo en el plano de lo que permite la experiencia de lo sensible, de lo sensual, de la comunicación a través del lenguaje de los transportes.

Y habría que añadir, además, algo en lo que va a insistir nuestra protagonista respecto de la manera en la que el placer es mucho más profundo cuando aquel se experimenta con la persona que se quiere. La muchacha se acuesta con un marinero que la arrincona por la calle, porque dice que quiere “sentirse como una prostituta callejera”, o muestra su “roja grieta de la carne”, su “tibia e insuficiente abertura”, su “delicada glotona”, igual a cuatro caballeros la primera noche que los conoce, que a un anciano del que puede sacar provecho. Y lo hace, básicamente, porque encuentra placer al hacerlo, y en el sentido de la experiencia de la que hablamos la enriquece y la llena de una voluptuosidad que sólo es posible cuando se desea alcanzar la profundidad en el goce, por eso mismo afirma:

“¡Oh! Qué diferencia inmensa sentí entre esta impresión de un placer meramente animal y encendido por la colisión de los sexos, por un efecto físico pasivo, y la dulce furia, esa rabia de activo deleite que corona los gozos de una pasión amorosa mutua en la que los dos corazones, tierna y sinceramente unidos se juntan para exaltar su júbilo y comunicarle un espíritu y un alma que desafía a esa culminación en que desaparecen los deseos meramente momentáneos, ¡que mueren de un exceso de satisfacción!” (Pág. 90)

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Novela para despertar los espasmos de los recatados, oportunidad para sublimar el deseo y el placer como constituyentes profundos del espíritu del hombre. Fanny Hill nos presenta un cuadro en el que el placer es uno y grande, que rompe con los límites de las condiciones sexuales o las disposiciones para el goce. Un homenaje a John Cleland, en la conmemoración del tercer centenario de su nacimiento.

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