AUTOR: Enrique Pajón Mecloy
TÍTULO: El Ser y la Libertad
EDITORIAL: Fundamentos (Primera edición)
AÑO: 1992
PÁGINAS: 182
RANK: 8/10


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Por Alejandro Jiménez
Es conocida por la mayoría de nosotros la locución de Descartes: cogito ergo sum; pienso, luego existo. Pues bien, estoy persuadido de que una de las mejores formas para englobar el contenido de este complejo libro que nos presenta Enrique Pajón Mecloy, es trastocando esta fórmula por esa nueva definición que el mismo autor arriesga. Aquí, el cogito ergo sum equivaldría más bien a afirmar: pienso, luego soy; porque definitivamente existir y ser no son términos y nociones que puedan equipararse.

Pajón Mecloy, filósofo gallego de origen cubano, trabajó durante años en la Universidad Complutense de Madrid y fundó, además, la revista Sirio, editada hasta el año 1964. Si bien nuestro autor debe pertenecer al conjunto de las figuras intelectuales más importantes de la España del siglo XX, su nombre no se ha reconocido como debiera por una u otra razón y, en algunos lugares como Sur América, ha sido leído apenas por unos pocos. De cualquier forma, la presente obra, y sus otras reflexiones sacadas en limpio en El Ser y el Hombre, Buero Vallejo y el Antihéroe o, Psicología de la Ceguera, ponen de manifiesto inquietudes muy originales dentro del panorama cultural y filosófico contemporáneo.

En lo que corresponde estrictamente a este volumen, podríamos entender que se trata de mostrar la manera en la que la libertad del hombre, es imposible dentro de la realidad real o, cósmica, como prefiere denominarla Pajón Mecloy, pero sí probable a través de un transhumanar que permita al hombre superar su propia naturaleza –la dada en la realidad- y conquistar un espacio de libre autocreación que se configura por el lenguaje –como medio- y, el arte –como la infinitud de la irrealidad-.

Se trata, pues, de hacer una especie de inversión de la voluntad de dominio, para alcanzar una voluntad de ser. Es decir, superar la mera oposición que puede hacer el hombre frente a su realidad real, en la cual se encuentra sometido –y en nuestros tiempos más que en cualquier otros-, y apostar por un querer ser, por la creación de nuestra propia libertad en el único espacio donde es imposible su alienación: la irrealidad, donde todo es siempre posible, nunca acabado e ilimitado. Este viaje, esta fiesta del ser libre, atraviesa por una serie de elementos que intentaré reconstruir a continuación.

La realidad dada: el punto de partida

Hay algo que podríamos denominar como un “descuido histórico” y que tiene que ver con la manera en la que el pensamiento de occidente ha atendido el problema de la realidad-irrealidad. Pajón Mecloy hace cientos de reflexiones sobre cómo desde los griegos la realidad pareció encerrar todas las miradas con relación a las posibilidades para el hombre. Pero, si bien la realidad en tanto es dada, supedita en alguna medida nuestra naturaleza, no alcanza a limitar nuestro ser. He aquí la primera diferencia. La realidad supedita nuestro existir (es decir, aquello que hace el hombre en la realidad), pero nunca el ser (aquello que configuramos libremente en la irrealidad, en el pensamiento, en el arte). Por eso en la fórmula cartesiana con que abrimos, en donde el pensamiento haría parte de lo irreal, lo más acertado es sacarlo de su consecuencia en el plano de la existencia e inscribirlo en la irrealidad, porque de otro modo sería una consecuencia errónea.

La realidad es el principio. Es, por otro lado, el espacio que permite la rebelión, uno de los dos movimientos que intuye Pajón Mecloy como contrarios al inmovismo –costumbres, reglas- que evidenciamos en la realidad. En efecto, si queremos alcanzar la libertad, esto es, la autonomía frente a la naturaleza, lo más sensato es que no la hallemos allí mismo, sino dentro de un espacio nuevo. Por esa misma razón no es suficiente una revolución, entendida en El Ser y la Libertad, como un proceso a través del cual el orden de la naturaleza se cambia, pero continúan las mismas relaciones internas y externas entre hombre y realidad. Lo necesario es la rebelión, porque allí el orden se quiebra, se crea un nuevo hombre y un nuevo mundo.

Pensamiento y lenguaje: camino a la sustitución de lo real

El lenguaje es un suplemento de la realidad; la consecuencia de la rebelión del hombre que entenderemos ahora como negación. Digamos que el hombre se extraña de su mundo, de su situación y, por ende, toma distancia. En ese sentido, el lenguaje se le presenta como un medio para designar (sustituir lo real), exponer (construir el acontecimiento) y significar (atribuir sentido). El lenguaje es la primera negación en el proceso que busca nuestra libertad, con el se desrealiza el mundo, deja de serlo básicamente porque al estar ahora en lo abstracto ya no tiene manera de realizarse concretamente.

Pero es necesaria, además, una segunda negación que viene de la mano del pensamiento. El lenguaje se presenta como un medio corto cuando pretendemos construir el sentido, es decir, la creación. Es como si el lenguaje nos alcanzara para desrealizar el mundo, pero ahora nos encontramos con que allí no puede operar la libertad, hasta que no sea posible la creación de lo nuevo. No basta con desrealizar lo dado, debe crearse lo nuevo, porque sólo allí es posible hablar de ser, del hombre que se crea a sí mismo. De modo que Pajón Mecloy tomará una distancia muy marcada frente a la ciencia, puesto que reconoce que su alcance, inscrito en el conocimiento, sólo tiene posibilidad en el marco de lo real. No así, el arte, que no tiene ningún compromiso con el conocimiento, sino con el pensar; sólo el arte es libre, dirá el autor, puesto que es el único que logra apartarse enteramente de lo dado por la realidad.

La rebeldía del arte: único espacio para la libertad

Dijimos que buscamos la libertad, pero que no la hayamos probable en la realidad puesto que ésta nos somete y aliena. De suerte que apostamos por su búsqueda en el plano de lo irreal. Lo primero que hicimos fue tomar distancia de lo dado, extrañarnos y negarlo a través del lenguaje, con el que lo desrealizamos, al tiempo que vimos cómo era necesario el pensamiento, en el sentido de poder crear lo nuevo. Pues bien, ese lugar libre del pensamiento es el arte. Es lo que permite cerrar la negación de la realidad sin caer en la nada, que sería la desrealización del mundo, sin uno nuevo que podamos considerar como nuestro. El arte busca ubicar lo permanente dentro de la irrealidad, lo estable, es como una restauración de lo destruido, con la clara salvedad de que lo que sustituimos es totalmente creación nuestra.

Por lo tanto el arte es el espacio para transhumanar. Pero he aquí un aporte sumamente original del pensamiento de Pajón Mecloy al problema. Si aquello con lo que se entiende el arte no es el conocimiento, sino lo posible; no la totalidad dada, sino la infinitud de lo indeterminado; nuestro autor piensa que ese proceso de autocreación llamado libertad, viene a semejarse de sobremanera al dios hebreo-cristiano. Su constatación de este hecho –esbozada a lo largo del libro- tiene, sin embargo, rasgos muy particulares: 1. Se aparta de las tradicionales interpretaciones religiosas, pues lo sitúa como esa otra mitad de la filosofía que le hace falta al hombre para ser todo un creador; 2. Lo ubica en el plano de la irrealidad y por lo tanto la comprobación de su existencia es un sinsentido; 3. Al atribuirse el artista la figura de dios creador abarca la conciencia del otro, pero no como una nueva alienación sino en el plano de las formas del ser; 4. Busca la creatividad plena del ser, alejarse del mero logocentrismo y; 5. Es la base del arte, porque se aparta de lo histórico-real y se enlaza plenamente al ser humano.

Habría que decir que como no resulta suficiente transformar lo real, sino que es necesario crear la irrealidad, aquello equivale a decir que con la libertad uno se crea a sí mismo. Pero que, además, y por esa misma razón, la responsabilidad frente a lo creado, que vendría a ser todo lo mio, todo lo que soy, alcanza puntos insospechados. Esa responsabilidad configura el último aspecto de nuestro viaje.

Ética y socialización de lo creado

En la irrealidad el encuentro con el otro se da en el marco del sentido, de la posibilidad de ser. Usted toma una novela en sus manos y la lee, y aquello que hace no es otra cosa que crear lo interhumano. No es alguien real con el que usted se entiende, se identifica con una posibilidad y, por ello, su identificación desborda lo real y se inscribe en lo infinito. Lo real existe a nuestro pesar, pero no sucede lo mismo con lo irreal. Sobre cada palabra, cada trazo o nota, está pesando sobre su creador y sobre quien se acerca –quien también es un creador- el peso de la responsabilidad, y todavía más cuando usted ya no está encargándose de un pedazo más bien difuso de la realidad, sino de un sentido infinito del hombre.

Si el dios hebreo dice: “yo soy la palabra”; y el verbo SER se conjuga en la irrealidad, no en lo que existe, cada quien define la manera en que se encuentran implicados el bien y el mal en su obra, porque aquello también es tarea de un dios creador; debe saber que aquella fiesta del arte en el que unos y otros nos encontramos en el pleno espacio de la libertad, también comporta una moral de creación cuya configuración nos involucra a ambos. A lo Nietzsche, los valores de la realidad dejan de tener significado para quien los supera en el acto de su libertad, pero sólo a razón de que ha creado un espacio en donde él puede configurarlos en un sentido más humano de lo compartido. En palabras del autor:

“Del mundo de las cosas en sí sabemos que existe, ajeno a mi saber de él; pero si hemos de decir lo que es, o lo que es lo mismo, para transformar su existir en ser, es necesario que ese mismo mundo se convierta en mi interlocutor” (Pág. 148, la negrilla es mía)

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El Ser y la Libertad es un libro para despertar hasta las más sutiles fibras del hombre. Las fuerzas de lo real parecen estar dispuestas sobre el mundo con el único objetivo de tiranizar nuestra existencia y, sin embargo, hay una posibilidad abierta en el campo de lo irreal, no sólo para escaparse de lo dado, sino para apoderarnos del privilegio de la naturaleza, superar la utilidad de lo mundano y acercarnos al pleno pensar sobre nosotros, en donde ser y libertad se unen tan profundamente que resulta una estupidez intentar de nuevo separarlos.

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