Autor: Camilo José Cela
Título: Mrs. Caldwell Habla con su Hijo
Editorial: Salvat S.A.
Año: 1970
Páginas: 183
Rank: 10/10




Por Alejandro Jiménez

212 capítulos para una historia de 180 páginas puede parecer una extravagancia, pero ciertamente no lo es para la madre de Eliacim Arrow Caldwell –tierno como la hoja del culantrillo, muerto heroicamente en las procelosas aguas del Mar Egeo-. En su viaje de prácticas, apenas después del bachillerato, el joven ha zarpado de Inglaterra y ha estado en Argel, Alejandría, Colombo, pero su fuerza no le alcanzado para superar el Mediterráneo y ha desertado, como dice su madre, a quien el suceso perturba de tal manera, que empieza a escribir un manuscrito intrincado, complejo y lo suficientemente melancólico como para terminar sus días en el Real Hospital de Lunáticos.

Escrita durante dos periodos (1947 y 1952), Mrs. Caldwell Habla con su Hijo fue la quinta novela publicada por Camilo José Cela (1916-2002), posterior en su orden a las afamadas La Familia de Pascual Duarte y La Colmena. En ella, Cela, haciendo gala de un dominio insuperable del lenguaje, del juego de palabras y, llevando la imaginación a situaciones e ideas increíbles, nos presenta un largo y sentido monólogo en segundo persona, en donde Mrs. Caldwell rememora todo un conjunto de experiencias que compartió junto a su hijo, pero también le hace saber cómo ha sido su existencia luego de su muerte e, incluso, plantea la posibilidad de vivencias futuras.

Tal como afirma Jorge C. Trullock –hermano del autor que hace las veces de prologuista para esta edición-, en Mrs. Caldwell Habla con su Hijo no existe un argumento claro, a no ser que asumamos como tal, el esbozado anteriormente. Lo que, por el contrario, sí es perfectamente contundente es el estilo de la novela, eso que el mismo Cela ha llamado su “quinta técnica de novelar”: una serie de fragmentos que se explayan por todos los tiempos verbales posibles y que, a pesar de estar escritos en segunda persona, nunca llegan a constituir ni una confusión –como pudo temer en su momento el autor- y mucho menos un engaño.

Aquellos fragmentos, escritos durante un tiempo imposible de establecer para el lector, están atravesados por algo que podríamos intentar definir como confidencia. La confidencia de una madre que ha perdido a su hijo definitivamente y no logra asumir esa realidad, que empieza a trastabillar peligrosamente entre el recuerdo y la locura; una confidencia de los momentos del pasado, de los juegos de la niñez, de sus costumbres, de las palabras pronunciadas, lo pensado, lo nunca realizado, y todo aquello con el único y firme propósito de mantener un sentido de existencia, un algo por lo cual levantarse en las mañanas:

“Todo es muy simple, Eliacim, de una simplicidad que sobrecoge. Una mujer nace, crece, se casa, va de compras, tiene un hijo, se ocupa aparentemente del hogar, pierde a su hijo, hace obras de caridad, se aburre y muere. Y así una vez, y otra vez más, y otra vez más aún, hijo mío” (Pág. 168)

Mrs. Caldwell ¿Madre o amante?

La relación de Mrs. Caldwell con Eliacim, a pesar de lo dicho, es mucho más compleja de lo que parece. Su forma de referir las actitudes o acciones de su hijo, va y viene de la más oscura reprobación a una abnegación casi frustrante para ella. Lo mismo condena las relaciones de Eliacim con mujeres mayores, que alaba la tarde en que llevó una moneda falsa en sus bolsillos. Lo mismo le reprocha el que no le guste la baraja española, que reconoce el gusto que le da limpiar la colección de sus fetiches. Mrs. Caldwell se debate, de esta forma, entre aquello que siempre gustó de Eliacim y, aquello que ahora, a razón de distancia, es observado con ojos nuevos, pero no por ello se salva de un examen minucioso de conciencia, aquello que se levanta a cada momento y exige algo así como una exploración.

Lo que si está claro, lo que siempre está claro es que Mrs. Caldwell no se permite poner en tela de juicio el sentimiento hacia su hijo. Ella es una figura ejemplar en este sentido, una madre modelo, si se quiere: siempre preocupada por las cosas de su hijo, siempre dispuesta a considerar de la manera más profunda las palabras de Eliacim y de ponerse, como se dice, en sus pantalones, así repruebe lo que haga. “Yo nunca fracasé contigo, hijo mío –dice Mrs. Caldwell- porque jamás te pregunté una sola palabra sobre la que tuviera duda alguna de tu respuesta”.

Pero he aquí que ese amor tan certero, en ocasiones se perfila de una manera mucho más inquietante. Quien lee la historia empieza a observar una, dos, tres pistas que conjuran en él quizá, una extraña intuición, algo que se concreta al ritmo de las páginas: Mrs. Caldwell no ve en Eliacim únicamente a su hijo, ve también una transfiguración más o menos real de su hombre, esto es, de su amante. En el fragmento número 44 parece plantearlo a modo de confesión cuando afirma: “En nuestra Vieja Inglaterra, las madres no tienen una manera determinada y prevista de amar a sus hijos varones. En esto, como en otras muchas cosas, existe una gran libertad”.

Y luego de esto, van cayendo ya casi sin pudor, una tras de otra, más líneas desconcertantes:

“A mi me hubiera gustado veranear contigo en una ciudad que no fuese la nuestra, en un hotel en el que ya casi no quedaran habitaciones, en un hotel lleno de tímidas, de recoletas parejas de recién casados” (Pág. 72)

“Tus labios, hijo mío, no eran inmensos y virtuosos, eran cometidos y de tamaño normal. Pero de haber sido inmensos y virtuosos, Eliacim, inmersos y virtuosos como el fuego, por ejemplo, yo no me hubiera atrevido a mirarlos con el descaro con el que, a veces, ¡Bien pocas, por cierto! Me atreví a hacerlo” (Pág. 117)

Ese suave aire de erotismo y de incesto tiene su contrapartida en todas las situaciones que recuerda Mrs. Caldwell con relación a los amantes que tuvo, a la forma en que los besaba, a cómo se desnudaba frente a ellos tal como lo hacía frente a su hijo, a sus amores perdidos, a su belleza de otra época. Una manera más para ahogarse dentro del conjunto de cosas que ha perdido, que ya no tiene y que sí, por el contrario, contribuyen a acrecentar su delirio.

La Mrs. Caldwell que se perfila al Sanatorio

Bien es cierto que un hombre extremadamente racional no podría dejar de ver en toda la historia de Mrs. Caldwell sólo un montón de incoherencias, de delirios; lo más probable es que asegurara de ella, que sin duda se trata de una mujer mentalmente afectada. Alguien menos racional, como es el común, pero sobretodo un poco más suspicaz podría, en cambio, encontrar, en esa desembocadura triste de la protagonista en el Real Hospital de Lunáticos, todo un proceso que, sin duda, va intensificándose a lo largo de la historia.

Por supuesto que los temas que motivan lo escrito por Mrs. Caldwell parecen desde el principio traídos de los pelos: la exigencia de más tratados taxonómicos sobre las moscas, la importancia de recibir cartas anónimas en casa, el vecino bien educado que ganaba siempre a los ascensores o los problemas de la ordenación urbana. Ese no es normal, estaremos de acuerdo –pero siempre interesante-, no es normal para una mujer que quiere escribir sobre su hijo. Pero, sucede que cada una de las 212 situaciones por descabelladas e inusuales que parezcan, siempre tienen una estrecha relación con Eliacim, con esa confidencia de la que se habló antes. En las últimas páginas, sin embargo, cuando un grupo de “amigas” insta a Mrs. Caldwell a tomar un descanso de la rutina, y desde un poco antes incluso, se encuentran cosas como estas:

“He hecho la observación Eliacim, de que los pedazos del jarrón estallado están calientes, muy calientes, en tus aniversarios, y después, poco a poco, se van enfriando hasta el aniversario del año siguiente, que vuelven a tener fiebre” (Pág. 158)

“Tus retratos de sangre, Eliacim, los recorto cuidadosamente para que no se deshilachen, suelo hacerles un dobladillo todo alrededor; en esto vengo ocupando casi todo mi día. En mi testamento, hijo mío, he añadido una cláusula disponiendo que me amortajen con una sábana cociendo todos los retratos tuyos que yo escupo cada mañana” (Pág. 161)

El desenlace de este paulatino proceso de delirio concluye, se ha dicho, en el sanatorio. La misma mujer que apuntaba sin dilaciones los pensamientos del enfermo, los matrimonios de chismosos, las cerillas suecas, las fotografías de color, las figuritas de marfil o los peces sin escamas, esa mujer con un secreto insondable que, a pesar de todo, tenía muy claro que aquellos que caminaban por la calle y que podía ver desde sus visillos, eran hombres más bien camino del suplicio, ahora hace un inventario de las cosas de su casa, como para barrer finalmente con todos los recuerdos y marcha al sanatorio en donde tiene un extraño encuentro con los elementos sustanciales de este mundo.

Quizá, en el fondo, no es cuestión de perfilarse como loco, porque después de todo, seremos muchos los que pensamos en lo que saben las estatuas, o lo que guarda la madera. En el fondo, quizá, lo que sucede es que se pierde la paciencia y, en últimas, qué aburrido es, qué realmente aburrido es pensar que todas las cosas mueren y desaparecen sin remisión.

These icons link to social bookmarking sites where readers can share and discover new web pages.