AUTOR: William S. Burroughs

TÍTULO: El Almuerzo Desnudo
EDITORIAL: Anagrama S.A. (Decimoséptima edición)
PÁGINAS: 254
TRADUCCIÓN: Martín Lendínez
AÑO: 2006
RANK: 9/10
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Por Jorge Vanegas Aparicio

Diversas paradojas se entrecruzan en el universo onírico de la narrativa del autor norteamericano, porque la historia del El Almuerzo Desnudo en sí carece de un espacio-temporal consolidado, así como también de una sucesión fija de personajes, exceptuando algunos como el Doctor Benway o Lee el exterminador -alter ego del mismo Burroughs-, que se podría decir es el personaje central del libro.

Ésta es per se, sin duda alguna, su obra más acabada y también la que le dio notoriedad dentro del ámbito literario mundial. Libro que en su tiempo de publicación causó gran revuelo dentro de la puritana sociedad estadounidense de los años cincuenta; y no es para menos, su descripción de lugares sórdidos está revestida de un lenguaje punzante que no se anda con tapujos a la hora de narrar temas tan pringosos como la violencia, la drogadicción, el sadismo, las perversiones sexuales o incluso la prostitución llevada por la necesidad imperiosa de la droga, tópicos que provocaron la acusación en su tiempo de ser una obra excesivamente obscena y hasta pornográfica.

Los lugares en los que transcurre el relato de Burroughs bien pueden ser los tugurios de un barrio de Nueva York, o las roñosas callejuelas de la ciudad de Tánger, así como la lúgubre frontera con México (lugar en el que Burroughs se autoexilió luego del asesinato accidental de su esposa). Un Lee perseguido por la policía lo lleva a deambular por estos recónditos sitios plagados por pintorescos figurantes de gran sordidez: prostitutas, homosexuales, ladrones de poca monta, traficantes de droga, vagabundos míseros, beduinos antropomorfos, marineros degenerados, bestias apocalípticas, ciempiés que antaño pertenecían a la raza humana, grotescos mutantes hambrientos de sexo, policías corruptos imaginados por una mente paranoica, yonquis y enfermos mentales, entre otros.

La náusea que uno puede sentir cuando lo lee es síntoma de que su prosa está haciendo efecto a la hora de revelarnos una retorcida realidad, mostrada con una escabrosa sonrisa que no duda en mofarse de todo lo concerniente a una sociedad tan tecnificada como la del primer mundo, puesta al servicio de un colonialismo inmoral dado a la explotación de los recursos de países pobres y colonizados. Sus habitantes no son más que insectos, bichos inmundos que impiden que el avance sea llevado a cabo por la mano industrializadora del hombre occidental.

Sus universos oníricos retratan la dispersión caótica que le vino a la mente luego de sus continuas experiencias con los alucinógenos. Los burlescos personajes y las absurdas situaciones forman parte de la factura estilística del autor, afanado por crear un mundo terroríficamente corrupto, degradado en su más alta expresión, falto de unos valores fundamentales.

La psique del subconsciente

Queda una vaga sensación de pavor cuando uno se acerca a la prosa de Burroughs, en especial en este libro, tanto por su pesimismo como por la acritud de los detalles con los que describe la barbaridad de una sociedad que ha perdido toda su humanidad.

Todo nuestro mundo ensoñado pierde validez porque los soportes morales en los que descansaba su figura no son más que meras fachadas que el propio ser se ha forjado para sí mismo con el pretexto de elaborar una existencia perfecta o en su más filosófica denominación razonable. Aquello que el ser humano se esfuerza en ocultar con avidez se muestra, no obstante, como su más sombría condición, representada, en éste caso, en una fuerte represión sexual. La sexualidad se muestra como un punto fuerte en El Almuerzo Desnudo, pues es sobre esta donde surgen los temores del hombre.

Su visión del mundo moderno, es más bien la de un sitio deformado, la moralidad ha perdido su valor intrínseco, por lo que se burla con rotunda ironía de la forma en que viven actualmente las personas cuando aparentan algo que no son, ocultándose tras una máscara ficticia, existiendo sólo para su propio conformismo que es alimentado a su vez, por un consumismo materialista.

Cut-up

Muchos críticos de la época denostaron los escritos del autor por hallarlos como ellos mismos lo habían definido una vez: “basura indescifrable”. Claro que de eso nada, y tal como sucede cuando observamos una incomprensible pintura abstracta, su narrativa es, si acaso, un cuadro oscuro y a la vez alucinado de una realidad demasiado aterradora para ser contemplada como tal. Su peculiar estilo narrativo, con el que estamos muy poco habituados, le sirve para describir un universo personalizado, mezcla de realidad y ficción, así, lo uno se apoya sobre lo otro. Esto porque los datos que el autor nos suministra no son como lo dijeron aquellos críticos:”indescifrables”, sino mas bien como rompecabezas que el lector debe asumir y tratar de armar a su modo para lograr interpretar, si es que puede, un mundo caótico y desenfrenado.

La técnica que emplea Burroughs en su escritura es la denominada “cut up”, consistente en crear una narración coherente para luego, desarmarla, revolverla y así, de forma aleatoria, conseguir una nueva historia, que escapa a cualquier convención lógica de la narración. Esto fue lo que en últimas le permitió esculpir una prosa enigmática dentro de su obra.

Debido a ello las dimensiones por las que se mueven sus personajes son descaradamente absurdas y múltiples, llenas de una esquizofrenia inaudita; sus mundos están interpolados por ciertos fetiches que van apareciendo a medida que nos hundimos en sus páginas y que al parecer son mensajes clave que sirven de puente para crear una mejor comprensión de su universo.

La pérdida de la humanidad y El doctor Benway

Algunos de los mundos por los que circundan los personajes en El Almuerzo Desnudo están basadas en repúblicas totalitarias (recordemos que este libro fue escrito en plena guerra fría), Libertonia, Interzonas, etc., son países imaginarios que ejemplifican el control que los estados dictatoriales quieren infringir a sus ciudadanos; las herramientas que utilizan para ello están, a menudo, ligadas a un pragmatismo exacerbado aquí retratado en la siniestra figura del Doctor Benway, viva imagen del desalmado científico de carácter frío pero cuyos fines no están, contrario al cliché popular, al servicio de la ciencia, sino mas bien a una sombría reacción en contra de la humanidad del individuo. Entonces, como su exploración no es el dogmatismo científico, su gran cruzada está volcada a la total destrucción de la sensibilidad del individuo. El ser humano ha de perder su identidad para convertirse en un insecto más dentro de la sociedad de la que hace parte.

La personalidad del doctor Benway constituye un elemento cáustico en el relato. Todo se cruza en la figura de Benway pues es tanto un ser ilustrado, sagaz y maquiavélico, figura sofisticada de la psiquiatría moderna; como a su vez un tipo vulgar, tosco y poco ortodoxo, brutal tanto en sus métodos, como en su pensamiento; sus formas de trabajar llegan a ser espantosamente chabacanas:

“Doctor benway. -El sereno se la chutó toda para divertirse.- mira a su alrededor y coge uno de esos desatacadores de goma con un mango que se usan para retretes atascados… avanza sobre la paciente-. Haga una incisión doctor Limpf- dice a su aterrado ayudante-voy a darle un masaje cardiaco.Limpf se encoge de hombros e inicia la incisión. El doctor benway lava el desatascador agitándolo en la taza del water…” (Pág. 69)
Benway es el epitome de un pragmatismo llevado al absurdo, lo inhumano en su proceder no es algo gratuito, sino mas bien la regla que se entrevé en la sociedad moderna.

El infierno de la droga

Para nadie es un secreto que Burroughs fue un declarado adicto a los narcóticos, nada más claro que la introducción -confesión donde narra su batalla personal en contra de las drogas. Las substancias alucinógenas constituyen un instrumento primordial en su narrativa ya que gracias a ella – afortunada o desafortunadamente- logra poner en contacto a sus más terribles demonios, permitiéndole infringir las barreras de la racionalidad. La locura surgida en las páginas del El Almuerzo Desnudo es producto de ese continuo delirio que el escritor vivió en carne propia cuando era un consumado adicto a la morfina.

La droga es vista como un ente destructor de los valores, pues corrompe a todas y a cada una de las personas, esclavizándolas al no permitirles llegar a ser, ya que anula cualquier acto de voluntad, puesto que el adicto depende absolutamente de ella, alienando su propia libertad. Sin embargo el acierto de Burroughs está en no satanizar a la droga como tal, sino más bien a sus consumidores que son los que en últimas mantienen a unos perniciosos distribuidores que se lucran con su negocio, o dicho en otras palabras porque no ve la droga como un producto que deba ser restringido sino como una enfermedad que se transmite necesariamente por medio de unos expendedores sin escrúpulos a un grupo de consumidores determinados (“Cuando no hayan adictos que compren droga, no habrá trafico”). Aquí el problema no es la droga en sí, sino también aquellos a los que les interesa que el negocio de ésta perviva (“Y la droga es una gran industria”).

El libro en sí llega a ser bastante denso, de eso no cabe duda, pero no por ello hermético. Su prosa esta enfrascada en un lirismo que la convierte en una extraña obra, poco recomendada para mentes cuadradas. Su incoherencia espacio-temporal agrede contra la forma tradicional de narrar una historia, quizá debido a la necesidad de relatar hechos ficticios junto a algunas experiencias vividas por el autor durante su estancia en esos lejanos pueblos exóticos en los que permaneció algún tiempo.

Lo que advierte el relato de El Almuerzo Desnudo es hasta qué punto la sociedad logra moldear a su total antojo la personalidad del individuo, recurriendo para ello a la total destrucción de la identidad en el ser; ya sea mediante el control mental que impone un cruel psiquiatra en un sanatorio estatal, como en el uso de la droga, en tanto manipuladora de la psique humana, porque como lo afirmaba el Doctor Bemway en el almuerzo desnudo:

“... las drogas seguirán siendo una herramienta esencial del interrogador en su ataque a la identidad del sujeto.” (Pág.39)

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