AUTOR: Tomás Borrás
TÍTULO: La Pared de Tela de Araña
EDITORIAL: Círculo de Lectores S.A. (Primera edición)
AÑO: 1972
PÁGINAS: 218
RANK: 8/10
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Por Alejandro Jiménez

Tomás Borrás fue una de las figuras más destacadas del periodismo español a lo largo del siglo XX. Madrileño, ya en 1905 –con apenas catorce años- se involucraba en el mundo de la comunicación. Como corresponsal y cronista tuvo la oportunidad de presenciar algunos de los hechos históricos más importantes durante la Primera Guerra Mundial y también aquellos que envolvían a la España colonizadora del norte africano, específicamente de Marruecos (toma de Xauen, 1920). Fruto de ese contacto directo con las tradiciones, prácticas y modos de pensar del hombre árabe y berebere, son algunas de sus colecciones de cuentos y, también, esta novela La Pared de Tela de Araña, escrita en Tetuán en el mismo año de 1920 y publicada cuatro años después en su país de origen.

Quizá el rasgo más particular de esta novela –que al mismo tiempo da cuenta de la profesión de Borrás- sea su gran alcance descriptivo. En La Pared de Tela de Araña se construye un universo muy puntualizado, en donde ningún rasgo del entorno, de las costumbres o del lenguaje, tanto de musulmanes como de los judíos de la región se queda en el tintero. El autor, con un estilo que en ocasiones hace recordar al Lytton de Los Últimos Días de Pompeya, se esfuerza en concentrar todo el impacto del mundo árabe, toda su fuerza, su compulsión, en una sola imagen muy firme y convincente. Hace entrecruzarse dos historias que correspondiendo a unas naturalezas diferentes se concretan en el espacio-tiempo de esa misma imagen: por un lado, la mítica historia de la aila –ramera- árabe, y su esposo poseído por mard-el-bard –la enfermedad del frío- y; por el otro, la reflexión sobre la invasión militar española a Marruecos y la forma en la que la evidencia de esa realidad trastoca el propio mundo musulmán.

Axuxa, una hermosa niña árabe termina en uno de sus juegos en el patio de la casa de Abdala-ba-el-Medhí –anciano hadari- quien, por los efectos de la bebida y ante la belleza de la joven, considera que es la aparición de un djinn –un ángel-. Al día siguiente, comprueba que sólo se trata de una joven que saltaba sobre los tejados de las casas vecinas, pero aún así decide ofrecer a su padre la mitad de su hacienda para que acepte el matrimonio. La primera esposa de Abdala-ba-el-Medhí al enterarse de la noticia huye de la casa llevándose las pertenencias, y al poco tiempo, todos los rituales propios de las bodas musulmanas se llevan a cabo. Durante los festines del dar islán, sin embargo, cuando la pareja tenía la libertad para relacionarse íntimamente, el hombre descubre que todo su deseo hacia la niña no es otra cosa más que pensamiento, que lo máximo que puede ofrecerle es la ternura de un padre, pero nunca la pasión que la neggafa –negra casamentera- ha hecho despertar en la niña y que ahora espera impaciente: Abdala-ba-le-Medhí tiene la enfermedad del frío.

La niña, ahora su esposa, se llena de tedio encerrada en una mansión de la que no puede salir más que a la azotea durante las tardes y trata, inútilmente, de despertar el deseo en su esposo. Transcurrido un tiempo, cuando las intrigas entre ambos empiezan a llegar a un punto inaguantable y el hombre se atreve a golpearla fuertemente, la niña decide divorciarse. Días después es raptada de Tetuán por unos moros árabes que cumplen las órdenes de la primera esposa de Abdala-ba-le-Medhí, quien la vende a unos montañeses para convertirla en chettaha –bailarina- y explotarla en los beit-es-shofa –prostíbulos- de Tánger. El anciano y el padre de Axuxa, sin conocer la suerte de la niña deciden enviar a Muley Idris, un árabe empleado del primero, para buscarla creyendo erróneamente que se ha marchado con Shalum, un embaucador que había logrado quitarle la virginidad a la muchacha.

El moro sale en su búsqueda y con la ayuda de un judío y del español que cuenta la historia logran ubicarla en Beni Arós, de donde salía rumbo a Tánger ya instruida en su oficio por una pareja de montañeses. El Hain de la región de Xauen, apresa a dos de los captores, fusila a uno y golpea al otro. Un tercero, que había logrado escapar de la intercepción se alía con Shalum y vuelven para vengar la muerte de Abd-el-Jálak, logrando matar al Hain, pero desinteresándose por la muchacha. Pronto, el anciano y el padre de Axuxa se enteran del paradero de ella en Xauen y van a su búsqueda creyendo poder traerla de vuelta, pero algo ha cambiado irremediablemente.

Sobre esta historia –bastante ambientada por el espíritu de Las Mil y Una Noches-, se está cerniendo la invasión española de Xauen por parte de Berenguer, el oficial español. Quien narra esta compleja red de tela de araña, es también un soldado español que empieza a descubrir en este conflicto contra los árabes un conjunto de correspondencias entre el mundo hispano y el musulmán, al tiempo que da forma a las diferencias entre los semitas y los árabes. En este sentido, es pertinente recalcar unas situaciones que logran poner de relieve las características de ese mundo indómito, inescrutable y lleno de misterios como es el árabe.

El Carácter del Hombre Árabe

Musulmán quiere decir: “aquel resignado a la voluntad de dios”. El perfil que nos presenta Borrás sobre él, podría definirse satisfactoriamente como paradójico. Por un lado, el árabe se muestra lleno de fanatismo cuando escucha hablar de religión, guerra o amor pero; por el otro, apenas si se despierta de su ensimismamiento cuando no es testigo de ninguna de estas situaciones:

“El día del alma del moro es un incendio soberbio, como el incendio celeste. Fuera de esos destellos de vida intensa, el árabe se refugia en sí mismo, en su interior, en su noche. La noche de su alma está algodonada por el silencio, y sus constelaciones son los fantasmas de su imaginación. Ha construido la casa para la noche de su alma. Los aposentos, sin luz, el patio elevado con la única abertura a las estrellas, las colchonetas y los cojines mullidos, las envolturas sedosas, el surtidor monorrítmico, las alfombras, la pipa de kif” (Pág. 40)
Se percibe, sin embargo, una diferencia más o menos pronunciada entre el moro árabe y el berebere. En Marruecos, la población total está aproximadamente repartida en partes iguales entre estos dos grupos, mas, los pueblos bereberes, en su mayoría montañeses se han ido hacía las zonas más adentradas, aquellas que la misma Francia denominó en sus tiempos de colonización: el Marruecos Inútil, porque era indómito, inaccesible. El berebere, es quien con más violencia, por ejemplo, entiende las relaciones con las mujeres, y consagra su vida de manera exclusiva a un trabajo individual dentro de su dxora –lugar-; no existe para él, ninguna cosa llamada Marruecos, mucho menos nociones de patria o raza. Su ensimismamiento es tan profundo que están dispuestos a defender sus cultivos y pertenencias no apelados por alguna reflexión de derecho o propiedad, sino por un certero impulso del instinto.

Muchos moros árabes, en cambio, en la época se perfilan con una característica mucho más amplia hacia lo extranjero. Así, si bien conservan mucho de su carácter velado y solitario, parecen tener muy claro un pasado común con los españoles; de modo que muchos lugares en Xauen y más allá, yendo hacia Rabat o Casablanca recuerdan al Toledo español y en general a esa España árabe de antes del siglo XIII. Algunos de estos musulmanes, incluso, llevan su preocupación como grupo hasta niveles intelectuales como el de El Hain, para dirigir ese torpe ritmo del devenir marroquí hacia una unidad del mundo del Islam que alcanzara el norte de África, la Europa Mediterránea y el Oriente.

Con respecto a la forma en la que asume el personaje Abdala-ba-le-Medhí la pérdida de su esposa –una cuestión de honor dentro del mundo árabe- puede graficarse la diferencia mencionada:

“Un berebere, un montañés, un joven, hubieran destrozado a Axuxa a la menor rebeldía de ella. Tendrían del amor un concepto rudimentario; en su primitivismo, Axuxa sería para ellos una procreadora de hijos, una sierva sin voz, un objeto, un banquete lúbrico tan sólo. Pero Abdala, moro de la ciudad, poeta, refinado en su vida, pertenecía a la suprema categoría del árabe elegante, cuyo espíritu delicado es el adorno y la expresión sutil de su raza” (Pág. 74)
La visión que tienen otros pueblos –como el judío- sobre los musulmanes resulta iluminadora también en el momento de examinar su carácter. Para el semita el árabe es el hombre menos imaginativo de la tierra: sus creencias religiosas no son otra cosa que la simbolización de sus pasiones terrenas, una excusa para poder practicar la lascivia, la lujuria. Algo así, es deplorado por el judío, que consagra su vida en la fe y la vida en el seno de dios. Dice Yahuda Pinto, un judío al respecto:

“De todos sus santos dicen lo mismo y a todos atribuyen idéntico milagro. Crédulos como niños, los marroquíes hasta consideran que cualquier meslub (loco) que hallan en su camino estáhablando con Al-lá” (Pág. 134)
El Hombre Árabe y sus Formas de Relación

Se logran percibir distintas maneras de relacionarse de los árabes con los otros. Podrían examinarse el caso de la relación con las mujeres de su pueblo y, en segundo lugar, con otros grupos étnicos como los judíos o los cristianos. En el primer caso debe destacarse también un cierto carácter paradójico: mientras que para los árabes la mujer del prójimo constituye una imposibilidad rotunda, una negación; su mujer carece de todo valor, pueden golpearla a su gusto y obligarla a hacer todas las labores de la casa y el cultivo, mientras ellos se dedican a la oración y al kif, y siempre encontrarán en las lecturas del Corán cientos de reflexiones que justifican su postura. Sucede, sin embargo, que esa condición puede modificarse sustancialmente cuando la mujer deja de ser una simple esposa para convertirse en procreadora. Se dice al respecto:

“Las mujeres para no ser arrojadas del hogar; para no ser asesinadas por los parientes al tener éstos que devolver la dote; para ser en la casa no la esposa, que no era nada, sino ‘la madre del hijo’, que lo era todo, llegaban a un frenesí inimaginable en sus enlaces con el varón. Transmitiéndose las generaciones este ardor furioso, el temperamento de la mujer se había modificado y la hembra alcanzaba –sólo en esos instantes- un inaudito vértice de lascivia. El placer procedía de la necesidad perentoria” (Pág. 168)
Los hombres árabes conciente o inconcientemente consiguen así que en el harén cada mujer, tanteando sus posibilidades de miseria o tranquilidad se lance a una búsqueda insaciable por el hombre, hecho que contribuye a la dominación que sobre ellas se cierne. Las únicas que logran burlar esa decisión son, acaso, las aila, las prostitutas errantes que van y vienen sin mayor futuro que dar placer a los moros envueltos en rutina o a los turistas europeos.

Borrás reconstruye ese paisaje alterno que en las tardes se apoderaba de Tetuán: las mujeres, desde las niñas hasta las más ancianas subiendo a las azoteas de su casa para disfrutar de la libertad de ver algo del día, de reír y hablar entre ellas, de ver sus cuerpos de la manera en que a otras horas y en los demás sitios se les tenía prohibido. Corrían en el crepúsculo por las azoteas confesándose secretos y escapando de la rutina de esposas a la que tenían que volver cuando el día finalmente se replegaba sobre sí, cubriendo de negro los espacios. Abajo estaba el cuarto con los cojines y las colchonetas donde el hombre disponía a su gusto y suerte el orden de la noche.

Otra cuestión son las relaciones con grupos distintos a los árabes. Con los cristianos, personificados históricamente en Marruecos por España y Francia, la situación durante la toma de Xauen era compleja. Por supuesto, como ha sido desde siempre, muchos musulmanes agrupados o de forma individual terminaron “vendiendo” sus servicios a los países invasores. Aquellos árabes eran quienes entraban en el juego de la “civilización”, los que transitaban como sujetos normales por las calles de su cabila, que se postraban en la mezquita como cualquier otro, o participaban de las fiestas tradicionales pero que, al mismo tiempo, se consagraban a una labor de espionaje, de acecho y vigilancia.

Ahora bien, la mayoría de los árabes permanecían al margen de la influencia de los españoles. Si no eran levantados y puestos en marcha por algún intelectual musulmán que advertía los peligros de la invasión a su pueblo, permanecían circunspectos, sumergidos en sus pensamientos y rutina. La guerra, el punto de encuentro entre el cristiano colonizador y el árabe intelectual o guerrero, no constituía para el berebere o árabe común algo de importancia:

“Aquella guerra no tiene para ellos significación. Ningún sentimiento religioso, de patria, de solidaridad, de idioma, de vecindad, les agita. Las ideas que trastornan a los europeos o a los islamitas educados, no han aparecido ni rudimentariamente en aquellos cráneos afeitados y ennegrecidos” (Pág. 98)
“Ni saben que existe Marruecos, ni cuál es su raza, ni tienen idea de patria, ni solidaridad con nadie. Cada cabila es un compartimiento estanco, y en su espíritu la muralla que les envuelve tiene un espesor de siglos…” (Pág. 195)
Un español afirma esto, claro, o quizá un “musulmán educado” y sabe percibir detrás de ello algo: la excusa para la colonización. ¡El árabe, es un pueblo salvaje que no se reconoce ni siquiera a sí mismo, que permanece en el anonimato y el individualismo, habría que civilizarlo! Dice el narrador de la historia: “La independencia también es un problema de cultura” Pero podría apostarse a que la verdadera independencia es, precisamente, el romper con esa “cultura”, porque al menos allí se sabría de qué parte juega cada uno, no como hasta ahora.

El otro punto concierne a las relaciones con el judío. El árabe –es mayoría en Marruecos, desde luego- descarga sobre él toda clase de improperios. Esa actitud frente al semita, parece compartirla con el español. Así, aquel vive relegado, en ghettos perfectamente definidos, en donde todo es suciedad, miedo y pobreza. El judío, se dijo, afirma del árabe consagrar su creencia sobre la base de la lascivia y el ajuste de lo santo a las pasiones terrenales. Se sabe con mayor fe que aquel y por ello observa su aparente superioridad sobre una base no meritoria. Pero, eso en la vida práctica parece no importarle a nadie: los árabes y bereberes se burlan de los judíos, los insultan, los roban, etcétera. Los españoles, a su tiempo, hacen lo mismo, huyen de ellos para evitar sus piojos, sacan a relucir sus diferencias físicas y les tiran las monedas al suelo cuando pagan sus trabajos.

Pero, aquí mismo tiene lugar un nuevo descubrimiento: un judío de apellido Pinto, unas calles que recuerdan lo más característico de España y, finalmente, muchos, muchos judíos aquí y allá hablando un español a hurtadillas que traía infinitas nostalgias. Así como existía un lazo de unión entre el árabe y el español, había también otro con el judío denigrado:

“Mas algo incorrupto y celeste brillaba entre su esclavitud y podredumbre; algo exclusivamente suyo, heredado y transmitido de generación en generación con el mismo respeto y la misma fe que el Arca: el habla, la palabra, el verbo. ¡Poder de lo inmaterial! España, cuando entraba en aquella ciudad rompiendo su cerco salvaje, cuando descorría su misterio y rasgaba sus velos intactos, no encontraba suntuosas riquezas ni majestuosos futuros. He aquí lo que encontraba: el romance de Delgadita, cantado por una dulce voz adolescente ‘todavía soltera’. Y al rescatar su idioma, florecido en labios humildes y puros, era una nación que se rescataba así misma” (Pág. 121)
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Esa es pues, parte de La Pared de Tela de Araña, de esa pared que sutilmente se va tejiendo entre los hombres hasta convertirse en una muralla de hierro que es imposible derribar. La misma que separa a un anciano de su niña por no poder convertir su pensamiento en pasiones, la que separa a esa niña de lo que cree es la civilización, la misma por la cual azotan en círculo con piedras a las mujeres árabes, o por la cual los judíos guardan sus monedas celosamente. Nadie levanta, se sabe, como tampoco lo hizo Abdala-ba-le-Medhí su mano para derribarla, cada quien acepta su dolor y su tiempo, cada quien parece seguir alimentando esa hambrienta red de fatalismo.

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