AUTOR: Jorge Child
TÍTULO: Los Grandes Poderes y la Apertura Económica
EDITORIAL: Grijalbo S.A. (Primera edición)
AÑO: 1991
PÁGINAS: 235
RANK: 7/10



Por Alejandro Jiménez

Lo más probable es que con un título semejante y sabiendo que es el texto de un economista, pueda creerse que se trata de una mirada bastante sesgada, es decir, lo suficientemente concreta como para que sólo interese a los econometristas. Sin embargo, si debe destacarse una característica con relación a la manera en la que está enfocado el tema de discusión en este libro es, precisamente, el de ser concebido dentro de una proyección muy amplia, diversa y problemática, que rompe con las preocupaciones estrictas de la economía, para demostrar que la apertura económica como estrategia de mercado en el actual modelo capitalista, también es una cuestión atravesada por elementos que corresponden a otras naturalezas.

Jorge Child –una figura destacada dentro de la intelectualidad colombiana, profesor de la Universidad Nacional, columnista y autor de numerosos libros y artículos-, reitera constantemente esa idea, la de que una división arbitraria de las inquietudes económicas del campo social y filosófico, en primer lugar, es perjudicial para un verdadero entendimiento del tema y, en segundo término, sólo se convierte en beneficiosa para los grupos sociales que históricamente han mantenido el control y poder a nivel político en nuestro país. Por esa razón, su discusión es crítica y compleja; apoyada en un pensamiento de izquierda que renuncia a encasillarse dentro de los rótulos exclusivistas de un socialismo utópico o científico y que, por el contrario, empieza a reconocerse en una cierta noción de nueva izquierda con un conjunto de condiciones y características particulares y, al mismo tiempo, con su propio horizonte reflexivo.

El libro está dividido en dos grandes partes; la primera titula: Mercado y Naturaleza, aquí Child construye un marco histórico que permite situar la tesis posmoderna por la cual el capitalismo de mercado constituye el fin de la historia. Para ello recurre a las relecturas de Bornheim, Lyotard, Smith, Wilde, Bloom, Kantor, Baudrillard y Fukuyama. La segunda parte (trabajo presentado a la Academia Colombiana de Ciencias Económicas en 1990) titula: Apertura y Estructuras de Dominación, en ella, el problema del capitalismo de mercado se concreta en la discusión sobre la apertura como estrategia económica para acelerar el desarrollo nacional. Por un momento parecería que el hilo de conexión con la primera parte no se encuentra claro de modo suficiente, pero a lo largo del desarrollo, las problematizaciones sobre la naturaleza humana y la sociedad de consumo van tomando forma, específicamente para el caso de la apertura en países latinoamericanos.

Resulta necesario sacar en limpio algunas de las reflexiones adelantadas por Child en su disertación con relación a la manera en que la economía de mercado conlleva a la pregunta por lo filosófico, lo ético, lo político, lo social y lo histórico:

Mercado, Apertura y Filosofía. El principal problema filosófico que presenta la sociedad de mercado –desde la perspectiva del autor- es la consolidación posmoderna de una naturaleza humana. Esta naturaleza que bien podría denominarse como “de consumo” se establece como definitiva y rompe con cualquier lazo histórico. Al parecer, las actuales condiciones de vida hacen asumir a los hombres como propia, como lo que los hace ser hombres, su posibilidad de consumo. Más allá de este homo economicus cualquier otra preocupación se diluye o transforma. El mismo Marcuse afirma que una pregunta tan fundamental como aquella hecha por la libertad, ha llegado a convertirse en una exigencia innecesaria frente a una sociedad que pretende reducir cualquier noción de subjetividad con un vuelco de comodidad y “desarrollo”.

De modo que esa preocupación antropológica y filosófica que había hecho dejar a un lado la búsqueda de una naturaleza humana (léase aquí, la fundamentalización de lo diverso, histórico y contingente), vuelve en la posmodernidad y se instaura como un discurso definitivo, pretendiendo convertirse en lo que Leibniz llamó la armonía preestablecida, señalando un orden de coexistencia, pero negando la posibilidad de la política, de ser inconsistente con su tiempo, de convertirse en motor de cambio. Y, sin embargo, en ese paisaje estatista, la única alternativa para la transformación sigue siendo la filosofía, es decir, la recuperación de la dominación de la naturaleza, en contra de una visión por la cual ahora estamos siendo doblegados por la técnica y el mercado.

Mercado, Apertura y Ética. Este aspecto transversal está referido básicamente al cuadro de valores que sostienen el discurso económico de la posmodernidad, esto es, la eficiencia, la competitividad y el rendimiento. Se trata, pues, de la “cosificación” de lo humano, de exigírsele a través de los medios de comunicación, los desarrollos tecnológicos y las máquinas de producción algo que, en rigor, no es humano, pero que permite estandarizarlo, ponerlo a circular como algo que puede ser cambiado por otro en cualquier momento sin ningún inconveniente. Aparece así el concepto de performatividad como el hecho por el cual la maximización de la eficacia del sistema productivo da su legitimidad social.

Deben señalarse además otros puntos. En primer lugar, un cambio histórico –que pretende detenerse- en el fundamento de los cuadros axiológicos: de una base metafísica para la moral religiosa a una certeza en la razón para el modelo racionalista, de allí a la validación por eficacia en la moral pragmática y, finalmente, una aparente libertad individual para sostener la propuesta posmoderna. Lo que habría que destacarse allí es un paso más o menos explícito de modelos apriorísticos como el religioso y racional (deber ser), a otros en que, sin ser del todo a posteriori, su fuerza recae especialmente en los resultados obtenidos. Y de qué manera se sostienen socialmente estos últimos modelos si no es a través de una aparente “doctrina de seguridad” y el exterminio militar de los adversarios: la moral pragmática y posmoderna en el fondo es el escudo axiológico de un fascismo disfrazado.

Mercado, Apertura y Política. Sin duda son demasiado numerosas las consideraciones políticas hechas en el libro como para tenerlas en cuenta a todas aquí; pero, podría resultar interesante tratar de resumirlas en la clásica disputa entre el pensamiento político de izquierda y el de derecha. Como se mencionó anteriormente, la base de reflexión de Child es una nueva apuesta por la izquierda que se aparta de forma considerable tanto de las nociones románticas de la revolución a toda costa, como del socialismo científico, que ha terminado por acuñar para sí el mismo lenguaje del capitalismo y dejando para la historia las más vergonzosas muestras de totalitarismo de estado. Lo que habría que rescatar, por esta razón, es la necesidad de búsqueda que hoy más que nunca insta a una transformación del pensamiento de izquierda. Child vuelve a Marx y a Wilde, por ejemplo, no con el ánimo de hacerlos funcionar a cualquier precio dentro de las actuales dinámicas del capitalismo, sino de encontrar en ellos elementos para el pensamiento; y, sin duda, encuentra conceptos fundamentales: hablamos de la noción de individualismo en Wilde, como marco social determinante para el no estancamiento de una sociedad, las dificultades propias de la llamada “opinión pública”, la tipología de déspotas que arriesga el mismo autor (de cuerpo: príncipe; de alma: papa; de cuerpo y alma: quienes detentan el poder económico y político), etcétera.

De modo general podríamos establecer una serie de prioridades políticas con relación a la nueva izquierda: 1. Asumir las contradicciones entre el sistema capitalista y las posibilidades que tiene en las sociedad propias; 2. Reducir el lenguaje y estructura clasista del comunismo clásico; 3. Recuperar el valor que tiene para la identidad nacional el tradicionalismo y la cultura ancestral (sin caer en el parroquialismo); 4. Saber negociar internacionalmente con beneficios contractuales para toda la sociedad; 5. Derribar la “ética de la solidaridad” propio del mercado para mostrar su verdadero discurso de sometimiento y explotación; 6. Respetar la legalidad social (derechos humanos) ganada a través de la lucha obrera y no de las iniciativas de la burguesía; 7. Combinar todas las posibilidades de levantamiento, resistencia y denuncia posibles; 8. Crear una nueva dimensión humanista en donde todo desarrollo técnico-científico redunde en el pueblo.

La derecha, dirá Child, es simple y llanamente quien idealiza dogmáticamente el sistema capitalista, quien simula con un progreso general las verdaderas dimensiones de pobreza que ha dejado el capitalismo. Su pensamiento está repartido dentro y fuera del estado. Dentro, en los grupos monopólicos y oligopólicos tradicionales y, por supuesto, en las multifamiliares dueñas al mismo tiempo de los centros de producción cultural, científica y política. Afuera, en las orientaciones que dictan el Fondo Monetario Internacional y el Banco Mundial y, quienes bajo una aparente neutralidad, tienen muy claros sus objetivos: 1. Estandarizar un tipo de economía (de apertura) que permita a los países ricos hacerse más ricos todavía y a los pobres vender recursos para que cancelen, sin importar las consecuencias, las deudas adquiridas y; 2. Crear el mayor número de divisas posible para que el capital extranjero fluya de la manera más fácil y rentable.

Mercado, Apertura y Justicia Social. Hay una crítica reiterada y muy bien argumentada de parte de Child a los economistas que han matematizado la reflexión sobre la apertura económica y la sociedad de consumo: su mirada excluye el verdadero problema, se centra en cifras y especulaciones que no tienen nada que ver con la realidad de pobreza, exclusión y neurastenia de los individuos:

“La economía se hizo para el hombre y no el hombre para la economía, osea que el hombre no es un medio para la acumulación del capital, sino un fin en sí mismo que no debe dejarse dominar por las fuerzas de acumulación del capital que el puso en marcha para que lo ahoguen” (Pág. 191)

Child analiza de manera sistemática el modelo económico colombiano y señala una serie de características: 1. Es paradójico, porque han existido momentos en los que al tiempo que aumentaba la producción, el nivel de industrialización descendía; 2. Las re-estructuraciones macroeconómicas no han coincidido con cambios a nivel social, educativo y cultural; 3. Ha sido tradicionalista, puesto que ha mantenido históricamente los niveles más bajos de integración comercial en Latino América, al punto que hoy en día desea recuperar el tiempo perdido sin pensar en las consecuencias; 4. La apertura comercial ha sesgado su mirada al campo de la privatización y la inversión extranjera, antes que al fortalecimiento industrial y comercial estatal.

Ese conjunto característico explica, según Child, cientos de problemas que afectan a nuestra sociedad: el terrorismo, el narcotráfico, la economía subterránea, el paramilitarismo, el sicariato, etcétera. Nadie quiere quedarse rezagado en la sociedad de consumo, a toda costa pretenden darse a sí mismos aquello que el estado, en cabeza de sus gobernantes, no ha querido proveerles. Al contrario de lo que dice la mayor parte de los discursos pro-capitalistas en cuanto a que la expansión total de la dinámica del mercado traerá como consecuencia la felicidad y el fin de las ideologías sociales que exigen reivindicaciones, la sociedad, es decir, nuestra sociedad, sigue estando exageradamente polarizada. Puede coincidirse con el discurso de derecha según el cual la guerra de clases es una cuestión del pasado, pero, eso no significa que la sociedad no siga siendo excluyente a nivel de identidades, de cultura o de posibilidades de consumo.

Lo que es inquietante con respecto a la manera en que lo social se expresa en la actual orientación económica es lo que Child trabaja bajo la mirada de la identidad nacional. No existe una particularidad –dice- que pueda, dentro de una dinámica de apertura económica, hacernos identificables en el mercado. A diferencia de sociedades como la japonesa e, incluso, la estadounidense, Colombia ha sido un país parroquialista que no ha sabido combinar una política de expansión económica con el fortalecimiento de la identidad nacional. O bien, se repliega en sí misma y practica un proteccionismo excesivo que no lo lleva a ninguna parte o, por el otro, cree a pie juntillas el discurso neoliberal y está dispuesto a entregarlo todo, a sacrificarlo. Ese es el problema social de Colombia en el mercado: no saber exactamente qué papel juega en él, qué posibilidades concretas tiene y de qué manera su participación redunda en justicia social y repartición de beneficios.

La sociedad del Tercer Mundo, caso históricamente particular, porque en él convergen, la premodernidad, la modernidad e, incluso, la posmodernidad, es hoy día el escenario más importante del capitalismo. No lo es la sociedad postindustrial, los países desarrollados con economías altamente sofisticadas en marcha. Es el Tercer Mundo el objeto del capitalismo actual en el sentido de que sobre él se está cerniendo con su propósito expansionista, si no, preguntémosle al Banco Mundial, al Fondo Monetario Internacional, a los Tratados de Libre Comercio o a las multinacionales. Aquí están los recursos; el colonialismo, en apariencia extinguido, surge nuevamente de manera disfrazada y, cuando una multinacional francesa trabaja en Colombia (bajo las condiciones en que lo hacen actualmente) los beneficios son para Francia, porque nuestra industria, nuestros territorios siguen en el subdesarrollo, en la inopia.

Mercado, Apertura e Historia. Se habló de la tesis posmoderna del fin de la historia. Todas las condiciones contemporáneas culturales y sociales parecen apuntar, es cierto, a una rutinización, a un estancamiento. El hombre no cree ya en la utopía, en esa fuerza que siempre dio origen al movimiento y a los cambios; lo único que parece interesarle es tomar la mejor silla en este juego, preocuparse por sí, por poder mirar al otro desde arriba, tal vez con arrogancia. Lo que podemos esperar de la historia es, simplemente, la profundización de este modelo, de las prácticas de consumo, de des-subjetivización; para qué preguntarse por qué debo trabajar, cuando todos lo hacen, para qué preguntarse qué otras posibilidades hay por fuera de esto, si cada quien parece cómodo, con una vida asegurada y un Estado trabajando para que todas nuestras necesidades estén suplidas: eso es fin de la historia.

Por esa misma razón, el socialismo tradicional no sirve. Los mismos pensadores de izquierda han terminado en posiciones de simple neutralización, haciendo oposición, en la T.V. dicen: “una crítica de la oposición”, pero no parece haber ya algo nuevo, algo que se esté gestando siquiera en silencio. Todos asumen más o menos concientemente el juego del fin de la historia: se privatizan parques naturales, territorios, empresas públicas, una playa para construir un hotel, una ruta; y en todos aquellos actos sólo hay como un letrero que dice: “este es el fin de la historia”, “el fin de esto o aquello”. Como el juego del péndulo para convertir al otro en un ente, en una cosa.

¿Por qué, en fin, habría que leerse a Child? ¿Por qué habría que creerse en el socialismo hoy en día? Wilde, decía: el socialismo es necesario para librarnos de la necesidad de que unos vivan de otros, de la necesidad de venderse. Si, ciertamente, el Tercer Mundo es el escenario más importante en la actualidad, esa misma condición para quienes creemos que la historia no termina, por supuesto, debe exigirnos la responsabilidad intelectual y práctica de ir de frente a esa máquina y hacerle tragar todo su discurso, de apoyar la desobediencia, la resistencia, de declararnos HOMBRES que exigen su derecho a decidir sus posibilidades no entre posibilidades:

“Porque la riqueza de los pueblos no se encuentra en sus recursos naturales (…) sino en la creatividad de sus ciudadanos. (…). Una sociedad evoluciona de abajo hacia arriba, liberando el talento de los muy pobres”




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