AUTOR: Enrique Ferrer Corredor
TÍTULO: Ceniza de Luna
EDITORIAL: Independiente (Segunda edición)
AÑO: 1998
PÁGINAS: 106
RANK: 5/10




Por Alejandro Jiménez

Este poemario Ceniza de Luna puede considerarse algo así como un camino recorrido, como una suerte de testimonio, el testimonio de Ferrer Corredor, de su descubrimiento y experiencia de la poesía. Francamente, pienso que es la mejor forma de explicarlo porque, por un lado, contiene poemas desde 1981 –cuando el autor apenas tenía 18 años- hasta 1997, lo que implica, en alguna medida, la consecución de una conciencia que podríamos denominar poética y, por otro, porque es evidente un desdoblamiento, el advenimiento de una contundencia para construir el lenguaje del poema.

Los primeros poemas de esta antología, esto es, los que corresponden a Jornadas (1981-1987) y La Estación de los Ojos (1987-1992), o lo que equivaldría a decir, los poemas de juventud y transición, si se quiere, constituyen un conjunto que propone la búsqueda de una sencillez en la palabra, a través, por ejemplo, de metáforas “limpias”; poemas que son ante todo imágenes dispuestas para una mirada caleidoscópica: la noche, la palabra, el tiempo, la ceniza; esos son los elementos recurrentes:

Canto a una enfermera

En la fábula de la noche
El asesino ignora
Que con su puñal,
Al brotar la sangre,
Contribuye:
A que te ame más
Con tu vestido de algodón

Tiempo de arena

Aférrate
A la arena que desciende
Entre labios atareados
En demostrar,
Que el tiempo se mide
Con el cuerpo ausente
Pero en los últimos poemas de La Estación de los Ojos y, en la mayoría de aquellos que conforman Ceniza de Luna (1993) el lector se encuentra con un quiebre, algo que cambia sutil, muy sutilmente, en la forma en la que venía trabajándose el lenguaje, pero el cambio afecta esa sencillez de la palabra; en el fondo estos poemas son bastante abstrusos, intrincados, parecen perder las conexiones entre líneas, tensar la metáfora y la imagen de una manera completamente inesperada:

Un pianista en el mar

Una estancia navega la noche precaria
Murmurando tu silencio
De voces rasgadas.
Una cofradía de estrellas rotas voló sobre el mar
Y las manos del pianista
Aleteaban entre árboles antiguos,
Su madera había sido tatuada por el viento y los dientes.
Allí los niños juegan a los sordos
Porque ya conocen el camino a las estrellas.
Soy un marinero de tu estancia
Donde cada estrella tiene un nido de lunas
Y cada pez una estrella naufragada.
Allí la memoria no sirve de equipaje,
Allí el tiempo acude a hombres libres.
Y los pájaros arrojaron sus muletas
Y las puertas se cierran en el alba.
Hay metales que se truecan por el trigo
Hay desiertos donde las huellas se borran
Y caminamos de la mano escalando montañas de sueño.
Hay vientos repletos de noches
Niños que lloran la ausencia de las mariposas
Sus alas han dejado de rasgar
El piano de un mar nocturno,
Navegante de tu estancia precaria
Que murmura tu silencio de luna naufragada
De modo que aquí la búsqueda del poema resulta mucho más intensa, puesto que el lector tiene que jugar con imágenes que ahora no se encuentran, digamos, aisladas, sino que por el contrario, todas ellas están superpuestas, imbricadas, contenidas. Es la parte de la antología que da título al libro, pero considero muy a su pesar que aquí no se encuentran los poemas más nítidos; porque en el fondo de cualquier cosa y ya no sólo en el arte, a veces la sencillez resulta más contundente, más categórica que lo robusto o lo complicado.

Al parecer el mismo Ferrer Corredor es conciente de esta condición, puesto que en sus Crónicas de Indias y El Fútbol es un Jardín Azul (1993-1997), con las que cierra el poemario, el lenguaje parece retornar a una cierta naturalidad, hay como un flujo muy suave en esos escritos, un oleaje –esa palabra aplica perfectamente- blando. Pero, además aparece un nuevo elemento en el plano de la formalidad del poema: este, sin sacrificar, el ritmo, su equilibrio se transforma en prosa poética:

Luna nueva

Todo era verde. Todo era murmullo. Nosotros éramos muchos nosotros. Nuestras voces estaban solas.

Entonces compartimos la luna. Llegaron otros vestidos, otras hambres, otros muertos.
Palabras nuevas desorientaron nuestros caminos.

El nuevo canto avivó el fuego. La conjunción entre el verbo y los hombre produjo, sin saberlo, poesía.
El encuentro multiplicó las voces, las voces transgredieron la ruta de los
nombres.

Ahora tenemos más nombres que ojos. Nuestros días no soportan el nuevo calendario. Ahora somos tantos que no sabemos si oímos o hablamos
Ese camino recorrido que da cuenta de la experiencia creativa de Ferrer Corredor, viene a corresponderse con la experiencia de quien asume la lectura. Es más, quien la asume, ante la ausencia del poeta, es quien da cuenta desde su interpretación de aquello que considera es la experiencia creativa de aquel. Así, lo dicho hasta ahora, respecto de la sencillez que percibo en la primera parte del libro, el quiebre de la mitad y un cierto retorno o regreso, me permite reconstruir ahora una cierta idea por la cual sería posible que aquella percepción hubiese sido realmente experimentada por el autor.

Es una cuestión de probabilidades, de coincidencias. Sartre afirmó alguna vez: “Para el lector todo está hecho y todo está por hacer”. La obra está dispuesta, hay un todo construido allí y, sin embargo, todo está por hacer, la tarea del lector es re-construir, porque en verdad se trata de una doble construcción, y así opera cualquier forma de arte. Ahora, quería mencionar estas cosas, porque con relación a este Ceniza de Luna, hay una serie de elementos que me permiten como lector aventurar una tesis como: la producción poética de Ferrer Corredor puede entenderse como una obra de ruptura y retorno.

Existe una ruptura –me permito decir, tanto en la experiencia de la creación del autor como en los poemas editados en el poemario, que responden a aquella experiencia-, una ruptura de lenguaje. Un trastrocamiento de una primera producción caracterizada por la sencillez, por lo liviana y lo breve. Del mismo modo existe un retorno, porque sean cuales sean las razones –y es necesario reiterar que en el fondo puede ser una cuestión de percepción-, después de esa ruptura, que redunda en un conjunto de poemas caracterizados por lo intrincado, lo confuso, se apuesta nuevamente por un lenguaje sencillo, ahora conjugado a las posibilidades de la prosa.

Tenemos por otro lado que cuando se habla de ruptura se puede referir al menos a dos cosas diferentes. O bien, a algo que ha roto completamente con las condiciones y la realidad que lo definía en un primer momento; o, bien, que ha roto con aquella base, pero conserva, a fin de cuentas algo que permite reconocer todavía el origen primario de aquello que ha surgido de la ruptura. En el caso de Ferrer Corredor es una ruptura del segundo tipo, porque hay unas preocupaciones, unas imágenes, en suma, unos elementos que están allá, en Jornadas, pero también en Ceniza de Luna, y en los poemas más recientes.

En ese juego de correspondencias tiene un papel de mucha importancia la figura de la noche. A ella se alude a lo largo de la antología como el espacio adecuado para el viaje, para la aventura. La ceniza de luna, precisamente, es la certeza de un sueño que existió, de la decisión tomada a propósito de una barca, por ejemplo, o de una antorcha, aquello que nos recuerda siempre el viaje y que va siempre hasta los límites del alba en donde todo vuelve a su rutina. “Los habitantes de las estrellas también cuentan constelaciones de hombres”, dirá Ferrer Corredor, en uno de sus poemas, esto es, hay allá una especie de señales que trabajan en el tiempo como motores de memoria, de lo que hemos sido, y de las proyecciones que tenemos.

De lo que se desprende que lo importante es no echar las cosas por la borda, léase, en el olvido. En algún sentido es una mirada que irradia optimismo –en eso coincidimos con Enrique Hoyos, el prologuista del poemario-, pero la cuestión no es serlo o no, el problema es que hay una demanda en curso que parece ser irrevocable, es una necesidad no una actitud:

El ábaco

El tiempo no tendrá
Tratos con tu cuerpo
Mientras mi palabra
Interrogue nuevos puertos,
Mientras mi red
Sea un nido para el sol
Y en cada noche
Trafique con poetas y cizaña.

Cada día
Mi canto
Renovará tu piel.
Habrá palabras nuevas
Labradas por las horas
Esas figuras son, pues, elementos constantes de la experiencia poética, son sus recurrencias, incluso, cuando en Crónicas de Indias Ferrer Corredor, se centra en algunos problemas con relación al lenguaje entre España y América, y la relación entre ambas realidades. Podríamos afirmar más bien, que aquello que durante todo el libro había sido una exigencia de tipo inmediato, emerge aquí también como exigencia, si se quiere, histórica. “Somos memoria de un hombre siempre nuevo”, dice, “Hay en América personajes en busca de autor”.

These icons link to social bookmarking sites where readers can share and discover new web pages.