AUTOR: Mirian Reina, Mireya Gutiérrez Alzate y Olga Patricia Moritz
TÍTULO: ¿Alumnos Problema o Maestros Problema?
EDITORIAL: FES (Primera edición)
AÑO: 1991
PÁGINAS: 65
RANK: 6/10



Por Alejandro Jiménez
La Fundación para la Educación Superior (FES) publicó en 1991 este pequeño cuadernillo y, creo que a pesar de los años que ya han transcurrido desde entonces, la Secretaria de Educación, o la misma FES, deberían procurar reeditarlo para distribuirlo entre todos aquellos maestros en que supervive todavía el discurso de los alumnos problema. Y pienso esto, porque se trata de una lectura muy rápida, pero bastante problematizadora, y porque estoy persuadido de que es un número bastante reducido de docentes el que, personal y continuamente, asume la cuestión de su formación a través de textos de investigación o teoría sobre la educación.

Se trata, en este caso, de los resultados de una investigación realizada en un colegio privado de Armenia con estudiantes de básica primaria por las profesoras Reina, Gutiérrez y Moritz, todas ellas psicopedagogas y especialistas en orientación escolar, sobre la presencia y el origen dentro de la cotidianeidad escolar, de un grupo de estudiantes que, según los maestros, presenta “características específicas de rebeldía, agresividad, apatía, inestabilidad e inseguridad y que han generado (en los docentes) reacciones de rechazo, rotulación, crítica, juicios y angustia”.

La conclusión es alarmante y sabemos que no de muy buena gana es asumida (si se asume) por los maestros: “las características de autoritarismo y dejar-hacer –propiciadas por los docentes- han creado un alumno que ha sido llamado (por ellos mismos) niño problema”. La conclusión parece ser, al mismo tiempo, una invitación a la reflexión en el sentido de la pregunta: ¿Cuántos maestros con su actitud crean en los niños ansiedad, agresividad, angustia y deserción, para luego señalarlos como problema? Fácilmente habían logrado desentenderse de la cuestión asumiendo y haciendo creer a los demás, como buenos demagogos, que las causas de los niños problema eran, por un lado, psicológicas y, por el otro, de contexto familiar. A través de estas páginas, sin embargo, se hace ver el error en el que se cae al creer a pie juntillas aquello y, sobretodo, las implicaciones que tiene para los procesos y las relaciones entre los actores que intervienen en la escuela.

Existen varias razones para que este texto, más allá de su sencillez y extensión, constituya una referencia importante sobre el tema. En primer lugar, porque se inscribe dentro de una línea de investigación que –como bien explica Cajiao Restrepo en el prólogo- toma distancia de las orientaciones positivistas y especulativas propias de la tradición de investigación en educación hasta la fecha, y apuesta por una lógica en donde: 1. el mismo maestro se asume como investigador; 2. se sitúa en dinámicas y procesos propios del aula y la escuela; 3. la escuela y sus actores son al mismo tiempo objeto de conocimiento y campo de acción ; 4. pretende influir en el cambio de la formación e identidad docentes y; 5. recupera y valora cualitativamente las voces de estudiantes, profesores y coordinadores, a través de la trascripción de entrevistas, impresiones y diálogos.

En segundo lugar, porque el desarrollo temático está estructurado adecuadamente. En un momento inicial se abre el horizonte de la problemática describiendo la cotidianeidad de un día dentro de la institución; el ejercicio sirve para ubicar dos elementos configuradores dentro de esa rutina: el aula de clases y la coordinación de disciplina. Las investigadoras se hacen las siguientes preguntas:

• ¿Qué encierra ese pequeño mundo escolar conocido como aula de clase?
• ¿Por qué en unos grupos se observa gran orden y disciplina y en otros no?
• ¿Qué guarda la coordinación disciplinaria que permite el desplazamiento constante tanto de maestros y alumnos?

Así, se decide explorar la rutina concreta de la coordinación, la manera en la que se entienden dentro de ella coordinador, docentes y estudiantes, las herramientas con las que se cuenta allí para la regulación disciplinaria y, finalmente, las impresiones propias del coordinador con respecto a los niños problema. Él, parece percibir una cierta división dentro del grupo de docentes y, además, logra reconocer el grado de correspondencia entre niño problema y profesor asignado. De modo que se hace apremiante, ahora, ir a estudiar la rutina dentro del aula de clase; aquí, la investigación concreta esa división que percibía el coordinador, señalándola así: maestros arbitrarios, maestros “dejar-hacer” y, maestros democráticos. Sobre cada uno de ellos se hace un registro de su propia cotidianeidad. Podríamos arriesgar una caracterización de la siguiente forma:

Maestro arbitrario: Aquel que entiende la educación como dominar al otro en una relación de verticalidad. Utiliza un lenguaje despectivo, hay agresividad física y psicológica de su parte sobre los alumnos, amenaza, no considera al otro en términos de reciprocidad, humilla, usa tonos y modos de comunicación inadecuados, impide la participación, hay un excesivo control disciplinario y, el trabajo pedagógico y didáctico sólo se desarrolla de acuerdo a lo que él/ella desea.

Maestro “dejar-hacer”: Aquel que entiende la educación como una libertad para la acción, pero que por la falta de control redunda en el caos. Utiliza también un lenguaje despectivo, pasa por alto el descontrol de los estudiantes, desatiende el proceso de formación, es indiferente ante los sucesos de la clase, no domina al grupo y no motiva ni dirige adecuadamente los procesos.

Maestro democrático: Aquel que entiende la educación como un proceso de comprensión y diálogo. Demuestra afecto por sus estudiantes, se dirige con modos adecuados, en su clase hay libertad para la participación, utiliza fórmulas de control no autoritarias, delega funciones y poder, reflexiona conjuntamente sobre los contenidos y modos de desarrollo de la clase, explica las razones por las cuales son adecuadas ciertas actitudes y comportamientos.

Esta división es el grueso de la investigación, porque con la puesta en claro de ella, los dos siguientes capítulos, simplemente analizarán las implicaciones en términos de los alumnos problema. En los dos primeros casos, el verdadero “problema” es, precisamente, la situación que debe enfrentar el estudiante en su rutina escolar: sometimiento, agresividad, fuerza, o, indiferencia y una libertad bastante mal entendida. ¿Qué podrá hacer el estudiante frente a esta situación, sino dar de lo que recibe? Si la orientación y las prácticas del maestro cambian, necesariamente el cambio redunda en un nuevo ambiente que el estudiante asumirá y en donde actuará de forma diferente. Mientras tanto, para él el panorama es bastante desolador: inseguridad, culpabilidad, cansancio, dependencia.

La última parte de ¿Alumnos Problema o Maestros Problema? se encarga de recoger opiniones y formas de ver la problemática de docentes y estudiantes, desde las distintas perspectivas. Quizá de lo único que adolece este acercamiento es de una vinculación de la situación examinada a la teoría. Algunas reflexiones conceptuales resultarían enriquecedoras, sobretodo para ampliar la problemática en términos de los comportamientos y actitudes, que son los dos focos de análisis de la investigación, pero también en el sentido de una visión de los niños problema, señalados desde la incomprensión de los distintos modos de aprender, o las posiciones frente al conocimiento e, incluso, las formas de relacionarse con la realidad. Por ello, la pregunta sigue abierta: ¿Hay niños problema o maestros problema?

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