AUTOR: Theodore H. Sturgeon
TÍTULO: Regreso
EDITORIAL: Minotauro (Primera edición)
AÑO: 1996
PÁGINAS: 310
TRADUCCIÓN: José Valdivieso
RANK: 9/10
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Por Alejandro Jiménez

Segundo libro que leo de Sturgeon (1918-1985) y he quedado nuevamente sorprendido por la capacidad de su lenguaje y por la manera tan sutil en la que la ciencia ficción y la realidad real terminan, en su obra, complementándose en un solo universo. Sturgeon, quien recibió el Premio Internacional Fantasy Awards en 1954, publicó en esa misma década sus tres obras más representativas: Los Cristales Soñadores (1950), la alabada Más que Humano (1954) y, esta Regreso (1955). Las dos primeras, novelas y, la última, una colección de nueve relatos que, sin embargo, está en la misma línea de las novelas en el sentido de su horizonte narrativo y juegos espacio-temporales.

Pero si en Los Cristales Soñadores, Sturgeon no pretendía sacrificar la noción de lo humano a la creación de la ficción –como ocurre con muchos escritores del género-, aquí, en Regreso, la noción de lo humano no es ya, solamente, lo que debe evitar destruirse, sino que es el punto de partida y de llegada, tanto de la creación de la realidad narrativa, como de la proyección que deviene de esa creación. Y algo, que a mi modo de entender, resulta mucho más complejo todavía: implicaciones y consecuencias de la realidad narrativa que no sólo se relacionan con lo humano, en el sentido de su existencia, sino además, de su carácter político.

Me explico mejor. Un relato de ciencia ficción, puede o no, en términos del mundo posible que crea, prescindir de lo humano como noción de algo que existe. No en su creación, porque ésta es inevitablemente humana, pero sí del mundo que resulta de esa creación. Así, puedo transportar mi obra a un lugar bastante lejos de aquí, a un planeta, por ejemplo, en donde mis personajes respiran amoníaco, y tienen un solo ojo gigante con algunas órbitas a su alrededor y, permitir, que todo el desarrollo narrativo se mantenga dentro de esa realidad, sin ninguna referencia a lo humano. Pero, por otro lado, también puedo implicarlo, construir cadenas de relación entre lo que parece ser y lo que no es, evidentemente, humano.

Ahora bien, si permito en mi obra –como lo hace Sturgeon- esa implicación, que sería justo entenderla aquí como una necesidad, lo que dentro de ella es explícitamente no humano, sin embargo, puede aludir a lo humano en varios sentidos. Supongamos que un personaje extraterrestre, ha terminado en la tierra por un accidente, y luego de que un grupo de personas ha logrado reconstruir su máquina, parte hacia su lugar de origen agradeciendo la actitud y ayuda de esas personas. Bien, tendremos una característica de lo humano (es decir, una cierta idea de agradecer la ayuda recibida en los momentos difíciles) en un elemento que dentro de la creación de nuestra obra no era humano.

Sin duda recordamos muchos ejemplos en la literatura, pero también en el cine del género sobre este respecto: personajes no humanos que sienten, sufren, ríen y, en alguna medida, son como nosotros. Y, sin embargo, estas acciones, estas actitudes, no dejarán de inscribirse exclusivamente en el plano de la existencia más o menos personal de lo creado. Faltaría hacer aún más compleja nuestra creación para hacer devenir de ella consecuencias políticas. Las habrá, por ejemplo, cuando existan dos grupos encontrados dentro del mundo creado, y ahora deban dirigir sus acciones de acuerdo a un conjunto de razones o gustos, concertando, disponiendo, condicionando, etcétera.

Y hay, finalmente, una cosa más. Lo humano en mi obra puede o no ser total “creación” mía, pero, en ambos casos, siempre se tratara de algo ficcionado o ficcional, si se prefiere. Esto quiere decir que la ciencia ficción me permite inscribir una cierta dimensión humana que puede ser totalmente invención mía; pensemos que una obra puede hablar de lo humano en el año 2300, en este caso será algo humano totalmente ficcional. Pero puede ser, también, que nos refiramos a lo humano, e incluso, a lo político, atendiendo hechos o espacios históricos: las guerras mundiales, las relaciones binacionales; esto será, sin duda, ficcional, pero tendrá, por decirlo de algún modo, una base factible, evidenciable.

Decíamos, pues, que en Regreso, Sturgeon supera una primera noción de lo humano y ahora, esto es, precisamente, lo que constituye el principio, sustento y fin de su ciencia ficción. No hay, no existe algo de lo creado en la obra, que logre desprenderse, tomar una distancia definitiva de lo humano. Que esto constituya un mérito o, por el contrario, una desventaja, sólo puede decirlo el lector, de acuerdo a sus propios gustos y a su propia manera de entender la creación y la realidad misma. De modo muy personal considero que no sólo es un mérito; es, además, un profundo ejercicio de destrucción-creación, por el cual se elimina una lógica que ha operado tradicionalmente en la ciencia ficción y se sugiere la emergencia de una nueva forma de relación entre la ficción y lo humano en donde los límites ya no están precisos, de manera que una diferenciación entre ambos resulta no sólo inoperante, sino además absurda.

Lo sugerido en esta forma de entender las cosas es, precisamente, que la ciencia ficción no es, en rigor, lo no humano; por el contrario, es la posibilidad de ser a cada momento, y en todo lugar, más humanos. Y, sin lugar a dudas, Sturgeon tiene experiencia en hacerlo, en mostrarnos esta posibilidad. En él, aplica lo dicho por Músculos en Unir para Vencer, el primer relato de Regreso:

“Cuanto más hace un hombre más puede hacer, hasta alcanzar el punto óptimo, y el punto óptimo es subir continuamente, si le importa lo que hace”

Por supuesto, este marco abstracto que podríamos señalar como el fundamento principal de la obra de Sturgeon, requiere de unos correlatos muy bien definidos en el lenguaje y la estructura de la narración, por un lado y, por el otro, en su tema, en la trama que desarrolla. Con relación a la estructura de la narración y su lenguaje habría que señalar la sorprendente manera en la que se concluyen todos los relatos. Sturgeon es un especialista en invitar durante el desarrollo del relato a ir formulando hipótesis, a establecer sugerencias y luego, tas, de un golpe, destruirlas con un final absolutamente inesperado y, sin embargo, tan lógico que abruma por su evidencia. Los finales de Unir para Vencer, El Hurkel es una Bestia Feliz, El Cohete de Mewhu y Mamparo son, sin exagerar, los mejores que haya podido leer en el género jamás. Y este elemento de ir levantando para consolidar, también es evidente con relación a la construcción de sentido a través de juegos de sintaxis y lenguaje. Fíjense en este:

“Durante los ‘diez días que sacudieron al mundo’ los cafés y teatros de Moscú y Petrogrado continuaron abiertos, la gente se enamoró, entabló pleitos, murió, derramó sudor y lágrimas, y algunas de esas lágrimas fueron de risa. Así en Lirht, mientras se decidía el destino del miserable Hvov, los gwiks, siguieron fardando, funtando y fupando. La gran central hiutónica siguió emitiendo sus poderosos latidos, y en los ánamos brotaron los corsones” (Pág. 171-172)

Con el lenguaje de Sturgeon siempre hay algo inacabado, algo que lector debe sugerir para consolidar su interpretación. Si decíamos que el fundamento de la ciencia ficción en su obra es –desde nuestra perspectiva- el de posibilitar un complemento a un ser humano inacabado, en proceso de construcción constante, falto y carente; su lenguaje, el de la narración, también es, por ejemplo, en el párrafo citado, una estructura que requiere de nuestra acción para concluir, para darle sentido a esos “funtando”, “fupando”, “ánamos” y “corsones”, que pueden ser esto o aquello, si así queremos y que, al mismo tiempo, nos están complementando como humanos recíprocamente.

Sturgeon domina todas las perspectivas de tiempo en su narración. El ejemplo de Aptitud Especial es increíble: una historia que acontece en el futuro y que, sin embargo, es su pasado. Un retrotraerse en lo que para ellos ha acabado, pero les ha permitido ser lo que son. Y, además, también domina cualquier persona como narrador. Incluso, la segunda, fantástico, en Mamparo: segunda y, en presente, eso sólo lo puede mantener por casi cien páginas un genio. Su lenguaje, en los diálogos no agota, y a pesar de las continuas referencias a elementos y procesos físico-químicos, que para un lector profano pueden resultar agobiantes, la lectura puede hacerse fácilmente; es una cuestión más personal, creo.

Con relación al tema y la trama de los relatos la situación también es muy compleja. Tenemos aquí que en todas las situaciones representadas lo humano es un CASI. Algo que requiere todavía de algunos impulsos, de reivindicaciones. Lo humano es algo que se concreta en TODO por una invasión aparentemente extraterrestre como ocurre en Unir para Vencer, en el reconocimiento a través de un extremo contraste con habitantes venusinos en Aptitud Especial, en la profundización de lo que se es a medias en “Trío en un Huracán” o, a través de la re-captura de lo que hemos sido en un intento por reconfigurar la totalidad, como en el espléndido Mamparo.

Pero existen algunas situaciones en donde ese CASI, parece tan radicalmente paralizado que, Sturgeon, se arriesga a sugerir algo así como un renacimiento. El Hurkel es una Bestia Feliz, por ejemplo, es un mito de origen en la tierra: el origen de una nueva especie que logra erradicar lo humano a medias para constituir una nueva realidad. Y El Huracán y las Rosas sugiere la hermosa posibilidad de ser algo distinto a ese CASI, a través de una destrucción eminente, para ser más allá algo nuevo que, sin embargo, mantiene una cierta afinidad con lo que se es. Estamos frente a la necesidad irrevocable de un ser humano completo, porque si bien, somos menos que algo (algo concreto, un TODO), sabemos también, que somos más que nada, evidentemente. Y si se han agotado las posibilidades factibles de encontrar esos medios y formas para ser totalmente humanos, necesitamos ahora recurrir a otras formas de entendimiento, al menos para reflexionar a partir de ellas sobre lo que nos ocurre como especie frente al reconocimiento y nuestras dimensiones políticas. Porque resulta indudable que, como asegura Sturgeon, la mejor forma para vivir juntos no es sacrificando lo que somos, sino siéndolo cada vez más profundamente.

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