AUTOR: Luis Iván Bedoya
TÍTULO: Cuerpo o Palabra Incendiada
EDITORIAL: Otras Palabras (Primera Edición)
AÑO: 1985
PÁGINAS: 63
RANK: 5/10

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Por Alejandro Jiménez

Tengo la certeza de compartir con muchos lectores el hecho de haber tenido un primer acercamiento al mundo de la literatura a través de la poesía. En mi caso particular, recuerdo de sobremanera la experiencia con Barba-Jacob, Baudelaire y Benedetti; experiencias dispares, por supuesto, pero que constituyen en el fondo, la experiencia única de la poesía, si se me permite hablar en esos términos. Y, por esa misma razón, siempre que vuelvo a una antología poética, significa mucho más que la búsqueda de interpretar nuevas metáforas o nuevas figuras, porque allí se encuentran implicados una suerte de regresión, y un escape del mundo a veces demasiado formal de las otras lecturas.

De modo que con esa inquietud he tomado en mis manos este poemario de Luis Iván Bedoya, titulado Cuerpo o Palabra Incendiada y publicado ya hace 23 años en Medellín. Se trata de una poesía muy sutil y sugerente, una escritura que sin renunciar de manera completa al sentido más o menos tradicional de la metáfora, esto es, el juego con el símbolo y los sentidos, parece en ocasiones arriesgarse a ir un poco más allá, al estilo de la poesía del pensamiento que hizo tan reconocido a Roberto Juarroz. El autor tiene unas preocupaciones básicas que se van enlazando a lo largo de los 28 poemas que componen la antología: la relación espacio-tiempo, la relación cuerpo-palabra, la relación fuego-poesía y, la relación poesía-realidad.

Esas preocupaciones, que son al mismo tiempo proyecciones, deseos e interpretaciones, están evidenciadas más o menos en ese orden a lo largo del libro, y conservan entre ellas una imbricación a veces tácita y otras bien explicitada. Antes de intentar comprenderlas, sin embargo, resultaría necesario proponer una mirada frente a la relación cuerpo-palabra, puesto que esta es la que orienta las demás. Bedoya nos sugiere como título para su colección: Cuerpo o Palabra Incendiada; estableciendo con ello una relación de aparente disyunción entre el cuerpo y la palabra; pero sucede que, más allá de su naturaleza concreta, estos dos mismos elementos parecen no entrar -en su poesía- en un juego optativo, sino al contrario, en un juego de complementariedad; esto se debe, básicamente, a que como es sabido, en poesía, la lógica se invierte, se re-significa a cada paso, con cada figura, con cada letra y, por ello, no todo debe interpretarse en un sentido estricto.

En esa relación, pues, entre, por un lado, el cuerpo (con su modo de expresión en los movimientos) y, por el otro, la palabra (con su propia proyección en la escritura), no se debe optar por una elección de la que resulte una marginalidad. Al contrario, lo que se manifiesta constantemente en los poemas, es la necesidad de establecer entre ellos una correspondencia metafórica en donde no se sabe a ciencia cierta qué remite a qué. Lo que sí se sabe, sin embargo, es que la relación entre cuerpo y palabra está cruzada, atravesada, por un símbolo central de la poesía, que no puede ser otro que el del fuego.

Decimos así, que lo importante no es poder encontrar un conjunto de características análogas entre el cuerpo (mortalidad, vitalidad, transitoriedad), y la palabra (contingencia, silencio, desaparición), sino poder entender estas dos realidades en términos de una figura emegente, también metafórica, que expresa específicamente su carácter efímero, pasional y declarativo.

Pero, por otro lado, el fuego, esa figura emergente, no es algo que aperece de la nada, algo que está en medio del cuerpo y la palabra; porque, si bien los relaciona -como hemos visto-, sólo logra hacerlo en la medida en la que el fuego (lo efímero, lo pasional y lo declarativo) sea el principio, medio y fin de ELLOS MISMOS. "¿Qué es el fuego?", se pregunta Bedoya en uno de sus poemas, para contestar inmediatamente: "Es multitud... todo lo que es para ser nombrado". El fuego no es algo distinto de lo que es el cuerpo y la palabra, son ellas mismas en el sentido de ser o poder ser realidades efímeras, pasionales y declarativas. El fuego es el elemento, la fuerza, el impulso que rompe la piel del cuerpo y hace surgir la poesía. Si no existe, si se desatiende, el silencio y la muerte oficiarán su labor de olvido. El poema número 11 dice lo siguiente:

el cuerpo y el poema
abigarradas arquitecturas
de gestos y palabras

a las puertas de la noche
puestos serán en caja funeraria
sellados por silencios

naúfragos en el hueco de los sueños
En un "tiempo siempre fugaz" y en un "espacio enrarecido", cuerpo y palabra deben permitirse la ceremonia del fuego, porque el fuego no es un agregado, mucho menos un don fortuito. Si bien entendemos que su realidad es lo efímero, lo transitorio, reconocemos también que él tiene la fuerza de lo declarativo, de lo que gana su espacio y su tiempo en la danza de lo creado y recuperado con ojo nuevo cada día. El fuego es lo mágico que habita este instante y que permite conocer la belleza aunque se hunda. Solos, parecen los cuerpos astillarse en las raíces del tiempo, simular frente al espejo ajenos rostros y acallarse en el ruido sempiterno de las noches, pero lo buscado hoy -a pesar de la inconsciencia- parece tener tanto en común con lo buscado desde siempre: la misma danza repetida, la recurrencia inevitable al tacto y la escucha, el llamado al y desde el otro lado. Este es el mundo del fuego, pero no lo sabemos:

una llama en la antorcha
del sueño del hombre primitivo

muchas luces sembradas
en el centro de la noche urbana

unos ojos ancestrales que miran
augurios en las facetas de la luna

una mirada vacía que siempre emigra
aferrada al miedo de su vacío lunar

mientras este contrapunto se escribe
la palabra intenta su propia llama

mientras tanto el fuego encendido
se agota entre signos y voces
El fuego es aquello que convierte los movimientos del cuerpo en señales de existencia; "el fundamento de toda habla", "la base de todo desplazamiento"; es el desafío que nos lanza el destino para apadrinarnos de las cosas que insisten en ser nombradas, lo que pervive en todo espacio y tiempo para recordar lo necesario, lo que debe hacerse para recuperar la voz y el coro. Eso es, por otro lado, lo que vincula la poesía a las cosas del mundo: ser el tejido del nuevo diseño de los trabajos y los días y las noches.

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