AUTOR: James Joyce
TÍTULO: Dublineses
EDITORIAL: Alianza S.A. (Primera edición en A.C.)
AÑO: 2000
PÁGINAS: 224
TRADUCCIÓN: Guillermo Cabrera Infante
RANK: 9/10



Por Alejandro Jiménez

Quién podría cuestionar la figura y el valor de Joyce (1882-1941) en la historia de la literatura universal. Su Ulises, considerada una obra perfecta por miles de críticos y lectores, su Retrato de un Artista Adolescente, su Exiliados, obras que se mencionan por doquier, aquí y allá, en los más sencillos manuales de literatura y en las más importantes y renombradas antologías. De modo que uno puede estar seguro que la lectura de este Dublineses será una exaltación y una compleja catarsis. Lo que ocurre cuando uno lee por primera vez a uno de los grandes, es que las expectativas se triplican y uno no desea terminar desilusionado y regresando a sus viejos volúmenes. Pero, sinceramente, creo que eso no ocurre con Joyce y, en general con la mayoría de los autores renombrados de mitad del siglo XX hacia atrás, porque por una u otra razón, su reputación y valor artísticos se constituyeron ajenos a los shows publicitarios y al despliegue mediático que hoy día posicionan a muchas "revelaciones" y a no menos "consagrados".

Este, Dublineses, publicado cuando Joyce apenas tenía 23 años, constituye una obra interesante por varias razones. En primer lugar, porque fue publicada un año después (1905) de que Joyce se marchara de Irlanda hacia el ‘continente’, aburrido de su trabajo como profesor y del cerrado ambiente religioso en el que fue educado. Y, en segundo lugar, porque si bien se publica desde el exilio, marca desde entonces la preocupación sustancial de su obra: Dublín, o si se prefiere la idea de la ciudad como parálisis. Claro, de qué otra cosa podría tratar una colección de relatos titulada Dublineses, si no es de Dublín y sus ciudadanos, de su corroída rutina lejos de las grandes transformaciones de su tiempo. Pero, decía que es la marca de una inquietud, puesto que en 1922, se complejiza hasta el límite con Ulises.

Unos cuarenta años después de esto, Sartre teorizaba sobre la importancia del trabajo del escritor como intelectual en la denuncia y preocupación por su época. Decía: “La época se expresa en y por las personas y las personas se eligen en y por su época”. Y encontramos a Joyce a principios del siglo XX, protagonista de su época, interiorizándola para exteriorizarla a través del arte. De modo que hay en ello, también, un cierto espíritu político, porque no se trata de apuestas como las de el arte por el arte, sino que existe una preocupación de fondo, una necesidad de sentirse dentro de la época y dentro del espacio; esa es una sensación que se experimenta en cada una de las páginas de estos quince relatos: en los diálogos de los personajes, en sus apreciaciones, en su forma de entender la realidad y referirse a ella, en la manera de concebirse como dublinés, como niño, joven o adulto en Irlanda.

Sobre la idea de la ciudad como parálisis

Pensemos que cuando se narra uno puede escoger un solo personaje, expresar con él las desavenencias o virtudes de su tiempo; si se hace así, se sabrá que hay una mirada que prevalece en la narración y que uno podrá decir cosas como: “su obra es la interpretación del burgués de unas condiciones” o, “sus textos son la mirada del artista sobre esas condiciones”. El escritor se hace responsable de ello, de esa única mirada. Pero, pensemos en la complejidad que alcanza una obra cuando es narrada a voces, por distintos personajes. Pensemos en que hay un niño dublinés hablando sobre su ciudad, sobre los malecones que parecen invitar a alguna aventura; también en que hay algunos jóvenes juzgando sus posibilidades aquí, pero también al otro lado del charco, en donde todo brilla; también en que hay hombres cansados que empiezan a sacar conclusiones definitivas sobre su vida, sobre sus empleos en la ciudad y tantas cosas.

A esa complejidad apuesta Joyce. No sólo sus personajes varían (niños, mujeres, ancianos, jóvenes), sino también sus narradores; incluso varían, en la persona que narra, en el tiempo verbal, en su estilo, en su lenguaje. Y, sin embargo, detrás de todo, hay algo que parece inamovible, algo que continúa replegado frente a lo dicho, que se supervive a pesar de; eso, esa idea de algo que perdura, de una hemiplejia o parálisis es lo que Joyce quiere entender por ciudad. Dublín sigue siendo lo que es a pesar de lo que se dice; la ciudad ha quedado estancada en el devenir de sus habitantes, por ella transitan hombres de distintas edades y dicen Dublín esto, Dublín aquello, pero ella continúa, parece no percatarse del desencanto, de los desengaños y de las ilusiones de su gente.

Al contrario de lo que muchas teorías contemporáneas sobre cultura y sociedad aseguran, en Dublineses, la ciudad no parece transformarse al tiempo que ella transforma a sus ciudadanos. Es una relación de reciprocidad por la cual, si bien la cultura me supedita en lo que soy y puedo ser, yo, en contraposición, puedo transformarla, cambiarla, cuestionarla, para que no permanezca invariable. Pero, en Joyce, la ciudad es una hemiplejia, es imposible su transformación, sus personajes observan la ciudad, ven ese horrendo paisaje cotidiano y tedioso, muy parecido a la imagen de spleen en Baudelaire, y parecen sentirse condenados a aceptarla tal y como se les presenta.

Por supuesto que la ciudad es un descubrimiento y la visión que se tiene sobre ella va cambiando al tiempo que el ciudadano adquiere cierta experiencia, pero eso no significa que como consecuencia de ese conocimiento existan posibilidades de transformación. Fijémonos en esto: los primeros tres relatos “Las Hermanas”, “Un Encuentro” y “Arabia” son experiencias narradas con relación a la niñez. Son, en su orden, el descubrimiento de la muerte, la aventura y el amor. Son elementos que hacen parte de la realidad dublinés, la muerte existe allí, la aventura no parece probable en sus fronteras y el amor se transfigura en uno de sus habitantes. Sin embargo, sólo se trata de descubrimientos, porque nada cambia realmente en el aspecto:

“Me pareció extraño que ni yo ni el día estuviéramos de luto y hasta me molestó descubrir dentro de mí una sensación de libertad, como si me hubiera librado de algo con su muerte” (Pág. 10)

Podría resultar valioso considerar el trabajo de Pavese con relación a lo mítico y lo poético en este punto. En sus Fiestas de Agosto, el autor considera la manera en la que los grandes descubrimientos que tenemos de las cosas en la niñez son revelaciones de lo mítico y, por ende, formas de lo absoluto; no existe la posibilidad de entenderlas por su mismo carácter y mucho menos de transformarlas; para ello haría falta poderlas comprender echando sobre ellas una segunda mirada cuando se tenga más experiencia y destrozándolas en su carácter mítico, esto es, entendiéndolas racionalmente. De suerte que un niño dublinés perciba el estancamiento de su ciudad, pero no logre comprenderlo. Uno de ellos dice:

“La mimética guerrita vespertina se volvió finalmente tan aburrida para mí como la rutina de la escuela por la mañana, porque lo que yo deseaba era correr verdaderas aventuras. Pero las aventuras verdaderas, pensé, no les ocurren jamás a los que se quedan en casa: hay que salirlas a buscar en tierras lejanas” (Pág. 19)
La idea de la parálisis de la ciudad se va profundizando a través de las experiencias de sus habitantes. A medida que van llenándose de experiencia, comprenden que su ciudad no se mueve, que las cosas ocurren en otros lugares, y que ellos están sometidos a un empleo, a unas obligaciones o a unas responsabilidades que nunca decidieron asumir libremente. Este es el caso de “Eveline”, “Después de la Carrera”, y “Dos Galanes”; historias de jóvenes que no acaban de decidirse a renunciar a la rutina para escaparse a Francia o Cambridge, donde tienen lugar los grandes proyectos. Eveline piensa antes de renunciar definitivamente a su idea de huir:

“El trabajo era duro –la vida era dura-, pero ahora que estaba a punto de partir no encontraba que su vida dejara tanto que desear” (Pág. 37)
Algo más. Al parecer llegan mensajeros de los otros lugares a Dublín para recordar la miseria de la ciudad:

“(…) Los espectadores se aglomeraban para presenciar la carrera de vuelta, y por entre este canal de pobreza y de inercia, el Continente hacia desfilar su riqueza y su industria acelerada. De vez en cuando los racimos de personas lanzaban al aire vítores de esclavos agradecidos” (Pág. 41)

Está claro que el problema de una ciudad en parálisis es también el problema de unos hombres con parálisis. Ellos también son la Dublín que nunca se mueve. En “Dos Galanes” aparece una pequeña escena en donde un arpista parece ser el símbolo de ese auto-reconocimiento como parálisis:

“No lejos del portal del club, un arpista tocaba sobre la acera ante un corro de oyentes. Tiraba de las cuerdas sin darle importancia, echando de vez en cuando miradas rápidas al rostro de cada recién venido y otras veces, pero con idéntico desgano, al cielo. Su arpa también, sin darle importancia al forro que le caía por debajo de las rodillas, parecía desentenderse por igual de las miradas ajenas y de las manos de su dueño” (Pág. 53)

Después de los relatos de los jóvenes, viene el cuadro de las narraciones de los hombres maduros. Aquí hay un derrumbe; cualquier posibilidad por lejana y contingente desaparece; Dublín se vuelve algo así como un monstruo; no existe nada ya para hacer: “Una Nubecilla”, “Duplicados” (sin duda uno de los relatos más sentidos del libro), “Un Triste Caso”, “Efemérides en el Comité”, etcétera, son situaciones bochornosas, humillantes; seres que deben aferrarse a su miseria porque no tienen otra salida, porque nunca se arriesgaron por otra aparente decisión. Son empleados que se emborrachan en las noches para olvidar su rutina, grupos políticos que se organizan sin ninguna esperanza, mujeres que hacen celebraciones para erigirse como orgullo, allí donde todo está perdido, sinecuras, imposibilidades, desencuentros, dolor, pesimismo, remordimientos:

“Se sentía humillado y con ganas de desquitarse; no estaba siquiera borracho; y no tenía más que dos peniques en el bolsillo. Maldijo a todos y a todo. Estaba liquidado en la oficina, había empeñado el reloj y gastado todo el dinero; y ni siquiera se había emborrachado (…)” (Pág. 95)

Se cae necesariamente en algo que podríamos llamar estados de parálisis: cambiar una parálisis por otra. Un hombre quiere cambiar su empleo, pero sabe que pronto se aburrirá también, alguien pretende solucionar sus problemas cambiando de religión, pero en el fondo sabe que sigue siendo el mismo discurso, un padre piensa que quizá la muerte de su hijo traiga algo de cambio. Ni siquiera el amor o la vida, pueden redimir, ellas también son situaciones de parálisis:

“A las tres semanas ya encontraba aburrida la vida de casada, y, más tarde, cuando empezó a encontrarla insoportable, quedó encinta (…)”

Dublín es la misma. Los dublineses no lo son, solamente en apariencia. Todo lo dicho apenas es un rastro. Y cuando aquello meritorio parece tan lejos, tan en Londres o Francia, pero uno está irremediablemente amarrado a su destino de parálisis, quizá quede un espacio en el recuerdo, pero “Los Muertos”, ese relato contundente con que cierra Joyce, anula incluso esa posibilidad. La felicidad es solamente producto de unas condiciones momentáneas, de un espíritu efímero, porque cuando se intenta agarrarla con las manos, se descubre que nada de eso en realidad existe. Que el pasado feliz también es una fuente de desesperanza y que todo Dublín, como la pareja del relato, se va convirtiendo en sombras, porque, “es mejor pasar audaz al otro mundo en el apogeo de una pasión que marchitarse consumido funestamente por la vida”.

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