AUTOR: Charles Bukowski
TÍTULO: Escritos de un Viejo Indecente
EDITORIAL: Anagrama S.A. (Quinta edición)
AÑO: 1998
PÁGINAS: 213
TRADUCCIÓN: J.M. Álvarez Flórez y Ángela Pérez
RANK: 10/10
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Por Alejandro Jiménez

El lenguaje de Bukowski es directo, contundente, salvaje. Si las historias de este Viejo Indecente estuviesen escritas de otra forma, resultarían absurdas, conformarían algún bloque mierdoso para tirar por el retrete. Pero Bukowski conoce las calles, las ha recorrido borracho, trastabillando, con alguna puta al brazo y una botella de whisky en las manos. No ha tenido que imaginar mayor cosa y mucho menos convertir sus palabras en diamantes, porque él no es Camus, y la mayoría de los hombres, francamente, le repugnan.

Imagínense que alguien llama a Bukowski y le dice: “Oye, amigo ¿Puedes escribir una columna semanal para Open City?” Y luego de ello, añade: “Tienes libertad total”. Bien, pues eso es, precisamente, los Escritos de un Viejo Indecente; catorce meses de libertad para hablar de bares italianos, apuestas en el hipódromo, sujetos peligrosos, coños, pollas, vino, vodka, cigarrillos, intentos de suicidio, sangre, peleas, vendettas, más coños, otras pollas, Nixon, Kennedy, Nueva York, Los Ángeles, moteles y, en fin, todo lo que uno puedo imaginarse mientras está en la taza de su baño o durmiendo su resaca cerca al ferroviario.

Si usted está cayendo en la trampa de sentirse demasiado optimista, el señor Hank está aquí para recordarle su sucio papelito en el juego de los valores que impone el comecoco; lo verdaderamente perverso que resultan los “equipos presidenciales organizados para dictaminar qué nos pasa, quién está loco, quién está alegre”; lo humillante de andar por ahí, en las calles, “con neurosis industriales y esposas y peleas y no tener tiempo para pararse un rato y pensar dónde se está y por qué”.

Bukowski es un irreverente. Llama a Marx “mierda seca”, recomienda no leer nunca a Shakespeare o a Faulkner; no le interesa la revolución, pero no está dispuesto a añadir nada a la vergüenza de la especie humana. Casi se casa con una heredera de un millón de dólares… tiempo después recogía a una cuasi-puta en bragas a la 5:20 de la mañana. No pretende caer en el juego intelectualoide de las lecturas de poemas, prefiere el box o el béisbol, prefiere abrir la válvula del gas para aumentar las complicidades compañía de gas-sucidios, en el Sur de California.

Nada más que decir, a cosas de este tipo siempre hay que ir de frente. Sobretodo en esta época de ilustres fanfarrones presumiendo en la TV de ser también irreverentes, de mostrar teticas o violencia en sus novelas. Y, antes, claro, cuando aquí mal imitaba a la generación beat un grupo de señoritos que se drogaban con la plata de la mami o se suicidaban en Chapinero Alto. (“Por cierto, me doy cuenta de que cambio de presente a pasado, y si no te gusta… métete un pezón por el escroto”).

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