AUTOR: Victoria Camps y Salvador Giner
TÍTULO: Manual de Civismo
EDITORIAL: Ariel S.A. (Tercera edición)
AÑO: 2001
PÁGINAS: 157
RANK: 10/10

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Por Alejandro Jiménez

Este excelente texto es especial por dos cosas básicas: primero, porque recoge un gran número de elementos presentes a lo largo de la historia de la ética y la civilidad y; segundo, porque al contrario de muchos libros similares, este (sin ser un manual procedimental), acerca los conceptos y las nociones más abstractas a las prácticas cotidianas de la sociedad. La trayectoria de ambos autores como teóricos catedráticos de la ética desde la filosofía moral y la sociología no les impide, de esta manera, presentar a través de un lenguaje sumamente sencillo, la complejidad propia de las nociones de ciudadanía, civilidad, responsabilidad política e, incluso, modernidad, ateniéndose a un marco práctico y transformacional.

El libro se encuentra dividido en once capítulos con temas particulares que, sin embargo, están atravesados por una serie de ideas centrales: la posibilidad de un nuevo humanismo generalizable que reemplace el fundamentalismo que reposa en una cierta visión de ética universal; la responsabilidad política como factor esencial para la formación de ciudadanos cívicos, no sólo en el ámbito jurídico, sino también en el social; la desmitificación del trabajo como punto central en la existencia humana y, la necesidad de articular la normatividad legislativa con el propio interés participativo con miras a la construcción de una sociedad mucho más participativa, responsable y ética.

Camps y Giner analizan el problema del civismo, básicamente desde el encuentro que en el marco actual de la economía puede darse entre el liberalismo y la democracia. Esto quiere decir que esa sociedad de consumo, caracterizada por ser la medida de todos los procesos sociales y aumentar la irresponsabilidad política, sumada al triunfo mal entendido de las libertades individuales, esa sociedad, pues, es la que precisamente hace legítima la necesidad de preguntarse por el civismo. Si el hombre ha sido definido tan satisfactoriamente desde los tiempos de Aristóteles como un animal político, debe reconocerse que aquel espectro que supera lo instintivo, o lo que equivale a decir, todo lo que es consensuado, debe ser una de las preocupaciones elementales de quien pretende no solamente vivir, sino hacerlo de un modo de veras humano. Así, se define el civismo como:

“Aquella ética mínima que debería suscribir cualquier ciudadano liberal y demócrata. Mínima, para que pueda ser aceptada por todos, sea cual sea su religión, procedencia e ideología. Ética, porque sin normas morales es imposible convivir en paz y respetando la libertad de todos” (Pág. 9)

Habría que distinguir, además, en eso que llamamos civismo, dos dimensiones. En primer lugar, la que pertenece al conjunto concreto y procedimental de normas de comportamiento (modales, costumbres) y; en segundo lugar, la que se entiende como una cultura pública de convivencia, que tiene que ver con la base moral de los comportamientos. Esa doble dimensionalidad se corresponde con la que también está presente en el caso de la noción de ciudadanía desarrollada por los autores. Habrá una ciudadanía entendida como el conjunto de personas que pertenecen a una sociedad determinada, pero también se entenderá por ella, la condición propia de cada una de esas personas, la cual les permite reconocerse como sujetos políticos y de derecho.

Y si el problema del civismo, es en buena medida, el problema de la convivencia, es necesario también, plantearse la pregunta por los elementos que impiden dentro de las relaciones sociales el buen desarrollo de esa convivencia. Al respecto Camps y Giner distinguen tres específicamente: 1. El conflicto que surge de los intereses encontrados en una sociedad que no ofrece bienes en igual número, ni posibilidades de hacerlos asequibles. 2. La pasión por el dominio de los otros y la maldad (innata, o adquirida –Rousseau-) que privilegia el bienestar individual y; 3. El egoísmo ya no entendido como la virtud que permite a través de iniciativas particulares erigir logros colectivos, sino aquella que se traduce en situaciones de insolidaridad y misantropía.

Hay otro aspecto que es bastante recurrente en las disertaciones propuestas en el libro. Se trata de aceptar el hecho de que una sociedad sin reglas resulta siempre inconcebible. Así, para Camps y Giner, el problema radica en encontrar los marcos sociales y morales que legitiman la continuidad de una determinada norma; en la reflexión particular del libro, de las normas de civilidad. Los autores explayan una rápida mirada sobre algunos aspectos que fueron configurando a través de la historia normas tan comunes como lavarse las manos antes de comer, utilizar palabras de cortesía o guardar siempre las emociones espontáneas, y sobre ellas abren la discusión para que cada quién analice cuáles de ellas continúan siendo legítimas hoy día, y cuáles pueden considerarse anacrónicas, sobretodo teniendo en cuenta que no se trata de que con el tiempo las normas se vayan “suavizando”, sino que las personas empiezan a asumirlas como naturales.

Otro aspecto coyuntural de este Manual de Civismo tiene que ver con el nuevamente complejo problema de la libertad. Los autores toman como base para su análisis las nociones tradicionales de derecho/deber, pero asumen el problema de la exclusión y la discriminación desde el discurso de aquello que "no depende de uno". Es decir, que aquellas razones por las cuales una persona puede ser víctima de discriminación, la mayoría de las veces corresponden a aspectos que escapan de ellos mismos: haber nacido pobres, con un color de piel determinado, con una orientación sexual específica. Así mismo, se atribuye al estado, llamado aquí “estado de bienestar”, las garantías y bienes mínimos que permitan hacer prevalecer los derechos y el respeto a las diferencias.

Pero aquello que corresponde al estado es lo que podríamos englobar bajo el título de la jurisprudencia. El otro marco, es decir, lo que corresponde a la educación de las libertades personales, tiene que ver con el conjunto de las instituciones sociales. La libertad debe verse como la afectación del otro (“cuando elegimos, elegimos por toda la humanidad”, sentenció Sartre), como la preocupación por el otro, el reconocimiento de su dignidad como hombre, y el atender el futuro de la especie. Una trascendencia del sentido del ser humano que equivale, nada más, ni nada menos, que a vernos siempre que nos relacionemos, no como medios, sino como fines.

Esa trascendencia que proponen Camps y Giner atraviesa en la actualidad un conjunto de dificultades: 1. La figura del “polizón”, aquel que no obedece nada, y aprovechando todas las situaciones sólo actúa en busca de su propio beneficio; 2. La equiparación del sentido de la vida con el consumo y la competencia (ser=tener, hombre=propiedades); 3. El ligar la libertad de forma exclusiva a la vida privada, olvidando la responsabilidad social y los deberes que se adquieren en una sociedad con los otros, especialmente con los menos favorecidos; 4. La negación a participar políticamente por un sentimiento de arrastramiento social, o lo que es igual a afirmar el interés privado.

En este punto, lo que pretenden los autores es profundizar en los planteamientos filosóficos y prácticos de la sociedad capitalista con relación a las posibilidades de una nueva ética y un nuevo civismo. Consideran como elementos constitutivos de la contemporaneidad, la opulencia (+ abundancia = + escasez), el relativismo (todo vale, no hay criterios generales de valorización), el instrumentalismo (búsqueda de meros resultados cuantificables) y, el mediatismo (proceso de mundialización a través de los mass-media). Así mismo, como se expresó más arriba, trabajan la idea de una sociedad que pudiese desmitificar el trabajo como única actividad del hombre; para ello, hacen un recuento histórico de la manera en la que el trabajo pasó de ser, en su primera fase (antigüedad), sinónimo de desprestigio social, a vincularse, en la actualidad, con aspectos tales como el estatus profesional, la competencia y lucha desmedida con el otro y, sobretodo, el fin de cualquier posibilidad de ocio.

Dada esa situación y después de analizar algunas cuestiones que tienen que ver con la manera en la que puede constituirse una ética del trabajo, basada en la redistribución económica y su humanización (la creatividad sobre la técnica, y labores que no sólo producen, sino que además se disfrutan); los autores sugieren el necesario reencuentro que debe existir –para la consolidación de un hombre plenamente moral y cívico- con el yo silencioso y contemplativo que se cuestiona sobre lo que observa y tiene la posibilidad de expresarlo abiertamente. Una disidencia que los autores denominarán “pacífica” en contraposición a una violencia armada, a través de la cual el hombre que pretende dignificarse a sí mismo es capaz de DECIR NO, de ser él mismo, con valentía, para que pueda afirmar de manera plena que pertenece y participa en el conjunto de espacios que ofrece su sociedad.

Por eso, esa bella conclusión con la que cierran Camps y Giner su Manual de Civismo. El civismo es una virtud esencial de la democracia, un imperativo de solidaridad que cada quien debe asumir por AMOR PROPIO, con el único interés de no ser indiferente ni inhibirse ante los males de los otros, que son los míos propios. Un civismo que entiende que el sentido personal de la vida, si bien es sumamente importante, es insuficiente para dignificar al hombre, puesto que sólo el sentido social, encierra el punto de vista del universo, es el único que nos permite vivir de la mejor forma.

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