AUTOR: Tradicional
TÍTULO: El Popol Vuh: Las Antiguas Historias del Quiché
EDITORIAL: F.C.E. (Trigésima segunda edición)
AÑO: 2005
PÁGINAS: 185
INTRODUCCIÓN Y NOTAS: Adrián Recinos
RANK: 10/10
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Por Alejandro Jiménez
Uno de los libros más increíbles escritos en la América prehispánica se presenta nuevamente en esta versión con un excelente texto introductorio y una serie de notas que permiten al lector un acercamiento mucho más profundo. El Popul Vuh, publicado bajo este título a finales del siglo XIX por el antropólogo Brasseur de Bourboung, después de "conseguir" misteriosamente el manuscrito dejado por el padre Fray Francisco Ximénez, el primero en establecer contacto con el original de los quichés, es, sin lugar a dudas, junto al Yurupary, los textos más dicientes sobre el alcance cultural que tuvieron los grupos indígenas en América antes de la conquista. Su lenguaje está lleno de belleza y misterio, a pesar de las alusiones que se hacen al dios de los cristianos (hay que recordar que el Popol Vuh fue escrito, al menos la copia que se conserva, después de la llegada de los españoles, durante la persecución religiosa).

El texto está dividido en tres partes fundamentales: la primera parte narra el origen del mundo y los hombres; la segunda, las aventuras de los semidioses Hunahpú e Ixbalanqué en el reino de Xibalbá y; la tercera, corresponde a la historia y genealogía de las distintas tribus que componían la gran familia de los quichés. Un documento imprescindible para reconocer las características de uno de los pueblos más importantes de América Central, exterminado por el reconocido conquistador español Pedro de Alvarado, pirómano sadomasoquista que acabó con once generaciones de quichés.

Los quichés, del maya Qui/Quiy (muchos) y che (árbol), bosque o tierra de muchos árboles –que además dio nombre a Quauhtlemallan (Guatemala)-, dice Adrián Recinos en su introducción, eran los habitantes de la nación más poderosa al interior de Guatemala en el siglo XVI y su ubicación actual se encontraría en el territorio situado al Sur de Yucatán y el Petén-Itzá, conocido ya desde la época de la llegada de los españoles. Su historia y tradición, como se dijo, se reúne acá, en el Popol Vuh, cuyo significado literal es “libro de la comunidad”; libro que los quichés elaboraban con las cortezas de los árboles y distribuían a sus comunidades en su lengua nativa para que conocieran sus más profundas formas de entender el mundo.

Creación del mundo y origen del hombre

La primera parte del Popol Vuh trata la creación del mundo y el origen del hombre. Tal como sucede en la gran mayoría de las explicaciones míticas del universo, para los quichés, en el principio todo era mar y cielo vacío y aquello estaba cubierto por una atmósfera oscura; la creación de la tierra fue el resultado de la emergencia de ésta desde las profundidades del mar y, luego de ella, vino la creación de los animales que, por falta de un lenguaje que permitiera dar gracias a los dioses por su creación, fueron condenados a la muerte.

El primer hombre, hecho de tierra y lodo, desapareció muy pronto por ser demasiado escuálido y débil. Los dioses en asamblea y leyendo a través del maíz y el tzité (los símbolos más representativos del quiché) el futuro de su mundo, decidieron crear un nuevo hombre, ahora hecho de madera. Aquellos hombres se multiplicaron, pero nunca llegaron a tener el don del pensamiento, de modo que al tiempo fueron desaparecidos por efecto de un diluvio y el ataque de muchos otros animales, quedando, apenas, como rastro de este ensayo, los monos. Así, pues después de muchos ensayos infructuosos por fin fue creado el hombre verdadero hecho de maíz (narración hecha en la tercera parte), el principal alimento de los quichés, y a éste se le ordenó expresamente adorar a los dioses creadores constantemente y bajo todas circunstancias.

La primera parte del libro también contiene la narración del castigo que sufrió Vucub-Caquix, el primer vanaglorioso que, sin serlo, se jactaba de ser el dios del sol. Hunahpú e Ixbalanqué, jóvenes semidioses, lo hieren en la quijada y logran hacerlo pasar por donde una curandera quien le quita todos sus dientes y riquezas, haciendo que finalmente muera, lo mismo que su esposa. Zipacná, hijo de Vucub-Caquix, había asesinado, así mismo, a 400 hombres, de modo que los dos mismos jóvenes justicieros lo engañan haciéndolo entrar a un barranco en donde toda la tierra se le viene encima, quedando convertido en piedra. Cabracán, segundo hijo de Vucub-Caquix, quien hacía mover las montañas y presumía de tener más fuerza que ninguno, también es engañado por los jóvenes quienes con ceniza y tierra logran debilitarlo, amarrarlo y sepultarlo.

Las hazañas de Hunahpú e Ixbalanqué

Hunahpú e Ixbalanqué fueron los hijos de Ixquic, joven doncella fecundada a través de la saliva de Hun-Hunahpú cuando se acercó al árbol en donde había sido colgada la cabeza de aquel después de su muerte en Xibalbá. Como el padre de la muchacha mandara a sacrificarla cuando se enterara de la noticia, ella huyó con la ayuda de los mensajeros hacia las tierras altas, en donde se encontró con la madre de Hun-hunahpú y los dos hijos primogénitos de éste.

Al nacer Hunahpú e Ixbalanqué, aquellos primeros hijos de su padre (Hunbatz y Hunchouen) sintieron mucha envidia y evitaron darles comida a los recién nacidos. Cuando pudieron hacerlo, los jóvenes semidioses castigaron la actitud de sus medios-hermanos llevándolos al bosque y convirtiéndolos en monos. Tiempo después, descubrieron en la casa el anillo y la pelota con la que jugaban su padre y tío el día que fueron asesinados en el Xibalbá y deciden jugar con ellas, haciendo despertar la cólera de los dioses de aquel lugar, quienes mandaron a avisar que querían ver a los muchachos.

Ellos estuvieron allí, en Xibalbá, superando todas las pruebas que los dioses habían preparado para torturarlos: la casa oscura, la casa de los tigres, la casa del frío, la del fuego, y la de los murciélagos. En esta última, la cabeza de Hunahpú fue arrancada por desobedecer las reglas del Xibalbá, pero su hermano, convocando a los animales hizo que la tortuga se convirtiera en la cabeza de Hunahpú, con lo que lograron engañar a los de Xibalbá en el juego de la pelota. Aquellos se mataron entre sí, poseídos por la confusión, y sus cenizas fueron tiradas a un río en donde se convirtieron en peces-hombre. Posteriormente, haciéndose pasar por mendigos, a través de una ilusión lograron matarse y resucitarse varias veces ante el estupor de los que quedaban en Xibalbá, quienes quisieron morir también para ser resucitados, pero después de muertos, fueron dejados allí por los jóvenes, que por su parte subieron al cielo, uno para ser desde entonces la luna, y el otro el sol.

Historia y genealogía de los quichés

Como se dijo, los hombres definitivos fueron creados del maíz. Los cuatro primeros en su orden fueron: Balam-Quitzé, Balam-Acab, Mahucutah e Iqui-Balam. A ellos correspondieron, en su orden, las primeras cuatro mujeres: Cahá-Paluna, Chomi-Há, Tzununiha y Caquixahá. A partir de aquellas figuras se establecieron las primeras grandes familias de los quichés, cada una de ellas con su correspondiente dios, de la siguiente manera:

• Familia Cavec, cuyo abuelo fue Balam-Quitzé y su dios Tohil
• Familia Nihaib, cuyo abuelo fue Balam-Acab y su dios Avilix
• Familia Ahau-Quiché, cuyo abuelo fue Mahucutah y su dios Hacavitz

Las tribus de los quichés, los tamub y los Ilocab, recibieron como dios a Tohil, aquellas eran familias quichés hermanas, pero fueron separadas, según se cuenta en Tulán, antes de la aparición del sol y cada uno se estableció en el lugar en donde su dios se hizo piedra por obra del mismo sol.

Los rituales y sacrificios en honor de los dioses de cada una de las tribus iniciaron muy pronto, especialmente en nombre de Tohil, Avilix y Hacavitz, quienes se personificaban en muchachos y se bañaban en los ríos. A pesar de los sacrificios de jóvenes de las tribus contrarias, aquellas que no eran, en rigor, quichés, nunca pudieron derrotarlas, a pesar de ser mucho mayores cuantitativamente. A la muerte de los abuelos formadores de la tribus, sus hijos expandieron sus territorios hacia el oriente y establecieron límites que llegaban hasta el mar.

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