AUTOR: Ignazio Silone
TÍTULO: Vino y Pan
EDITORIAL: Alianza S.A. (Primera edición)
AÑO: 1968
PÁGINAS: 291
TRADUCCIÓN: Carmen Martín Gaite
RANK: 9/10




Por Alejandro Jiménez

Vino y pan son, para la tradición cristiana, dos símbolos sagrados; representan, respectivamente, la sangre y el cuerpo de Cristo. Para el campesino italiano, en cambio, son las fuentes materiales con que diariamente suple su sed y hambre; por ello dedica en su fabricación largas horas de la faena. Pero, para un revolucionario como Pietro Spina, que regresa de manera clandestina del exilio con la intención de reanudar el contacto con sus camaradas, significan mucho más: el mundo del que estaba alejado, el espíritu de la tierra que defiende, el carácter menos prescindible de su ser.

Ignazio Silone (1900-1978), cofundador del Partido Comunista Italiano (1921), uno de los intelectuales más importantes de la época, escritor, ensayista y dramaturgo de primer orden, publicó en 1936 esta novela Vino y Pan –Vino e Pane- que, bajo el contexto de la invasión italiana a Etiopía (1935-1941), reconstruye el difícil panorama que enfrentó por aquellos tiempos el revolucionario socialista debido, por una parte, a la política de Mussolini y, por otra, a los rígidos dictámenes de la Internacional.

Personaje y autor guardan una amplia correspondencia: tanto Silone como Spina son de origen campesino, ambos han vivido en el exilio y, a su modo, cada uno terminará rompiendo relaciones con el Partido. Si Silone lo hace desde Suiza, declarándose en contra del régimen de Stalin, Spina nos lo hace saber denunciando la ingenuidad, constricción e idealismo que –en la novela- acompañan a la lucha que orienta el Comité Central de Roma.

Tal vez por esta misma cercanía entre Silone y su personaje, Vino y Pan es una novela que escapa de la simple reflexión sobre el socialismo. La obra hace suyas también las preocupaciones por el modo de pensar del campesino, la compleja relación entre la religión y el comunismo, la guerra y sus repercusiones en la vida cotidiana, etcétera, todos ellos aspectos que Silone atestiguó de primera mano. En este sentido, no se trata solamente de la historia de un militante que, a guisa de espía, regresa a una Italia en vía de adoctrinamiento, sino más bien, de la historia de un militante que tiene que vérselas con todo aquello que va en contravía de sus aspiraciones: “vivir y luchar, sin preocuparse de las consecuencias, por todo aquello que se presente como justo y verdadero”.

Narrada magistralmente, Vino y Pan es una novela con una fuerza descomunal: irónica, lacerante, conflictiva, pero llena de humanidad desde el inicio hasta el final. Por nuestra parte, intentaremos abordar su propuesta desde tres puntos de reflexión: la realidad campesina italiana, la tensión religión-revolución, y la crítica al socialismo. Echemos un vistazo a su historia antes de ello.

La historia de Pietro Spina

Pietro Spina, miembro activo del Partido Comunista, ha regresado a Italia después de una larga temporada en el exilio. La noticia ha recorrido el país causando revuelo en la región de los Abruzzos, de la cual –como Silone- es originario. Lo que incomoda a la mayoría de personas es aquello que da renombre a Spina: su obstinación, rebeldía y trabajo conspirativo. Quienes lo conocen, ya adecuados al nuevo régimen, han negado cualquier tipo de relación con él, de suerte que Spina continúa vagando por los campos.

En efecto, nuestro personaje se enfrenta a dos situaciones: 1. Permanecer incomunicado con el Comité del Partido en Roma y, 2. No encontrar ayuda de sus excompañeros de colegio que, después de la ruptura con su familia, son los únicos conocidos que tiene en la zona. Quizá sólo don Benedetto, el cura que lo educó en la niñez, podría ayudarlo, pero el viejo también se encuentra sitiado por su comunidad y por el Estado. Todo ha cambiado mucho desde esos años en la escuela: el futuro de los entonces amigos ha tomado rumbos distintos y hasta encontrados; nadie quiere arriesgarse por ningún motivo a perder su puesto y reputación, mucho menos tratándose de un “caso perdido”.

Sin embargo, Spina logra ponerse en contacto con Cardile, un tipo al que conoció en Francia y que, a la sazón, está trabajando en Acquafredda –uno de los tantos pueblos que conforman los Abruzzos-. Cardile lo esconde en una granja, le procura alimentos y llama al médico Nunzio Sacca para que le ausculte. Lo que desconoce Cardile es que Nunzio fue, en otro tiempo, amigo de Spina, y que no quiere verse involucrado en nada peligroso. Empero, la precaria salud de su excompañero convence al médico para ayudarlo allí y, todavía después, en un viaje a Pietrasecca, un pueblo apartado y de mejor clima en donde podrá recuperarse.

En el destierro, con el ánimo de escabullirse de la policía, Pietro Spina trató su rostro con químicos que terminaron cuantiándole la piel, y dándole la apariencia de un anciano. Aún así, transitar de pueblo en pueblo sin encubrirse resulta estúpido; por ello, decide asumir el papel de cura: de aquí en adelante se llamará Paolo Spada y, a quien pregunte, dirá que viaja por prescripción médica. Llegará así a Fossa, una villa cercana a su destino, en donde una chica agoniza por un aborto mal practicado; la madre de la joven, Berenice, a punta de engaños logra poner al “cura” en presencia de la chica, esperando que pueda servir de intermediario entre su hija y dios.

Al día siguiente, marcha hacia Pietrasecca en donde se instalará en la posada de Matalena, una campesina fanática y testaruda que verá en Paolo la oportunidad de hospedar un santo y protegerse de las envidias que corroen la región. En aquel pequeño poblado, Pietro, es decir, don Paolo, conocerá un buen número de personas: Sciàtap, Magascià, Grascia, Daniele, todos ellos campesinos; la maestra Patrigani –fiel defensora de los intereses estatales- y; Cristina Colamartini, una hermosa joven destinada al noviciado, y con la cual mantendrá un difícil trato, mediado por la religión, las apariencias y el amor.

A la par que va recuperando su precaria salud, Paolo –a quien le cuesta mantener su apariencia de cura- irá descubriendo las condiciones para una segunda revolución: a los campesinos les importa bien poco la política, el Estado controla las tasas y precios de los productos, y los jóvenes son enrolados para la guerra que se desarrolla en África. Pero he aquí que, Bianchina –la joven que Paolo atendió en Fossa- se ha recuperado muy pronto y ha venido a ofrecer sus servicios al cura, puesto que encuentra en su salvación un acto milagroso. Él, aprovechando la situación, decide encomendarle la misión de llevar a Roma una carta en la que avisa al Comité del Partido su regreso.

La chica cumple muy bien su tarea y, tiempo después, presenta a Paolo algunos jóvenes de Fossa –Alberto y Pompeo- que parecen ser las únicas piezas dispuestas a trabajar en contra del fascismo. En ese mismo pueblo, tendrá la oportunidad de dialogar con curas, campesinos, y hasta excombatientes socialistas, que han terminado declinando sus propósitos de liberación y apoyando al régimen. Lo paupérrimo de este paisaje (campesinos que no entienden nada, funcionarios que apoyan ciegamente a Mussolini, muchachos enrolados sin más a las filas ejército) forzará a Paolo a marchar personalmente a Roma para ponerse al servicio del Partido.

Así lo hará, pero el encuentro será tan lastimoso como aquel que ha tenido con los campesinos: el Comité está preocupado exclusivamente por los asuntos de la Unión Soviética, cientos de camaradas han desaparecido, las continuas torturas han hecho desertar a otros, la enfermedad se expande por miembros y estructuras (burocracia, falta de valores, idealismo, etcétera). Dos o tres visitas de Pietro a antiguos compañeros lo pondrán al tanto de la situación: nadie quiere trabajar por ahora en asuntos que conciernan a la acción, todo se encuentra en un estado de letargo y desesperanza.

Rotas sus relaciones con el Partido, y con el ánimo venido a menos, pero con la intención de trabajar desde sí por la liberación de sus compatriotas, Pietro Spina –de nuevo como Paolo- regresa a Fossa y Pietrasecca para movilizar los pocos jóvenes que conoció a través de Bianchina. Pero, algo ha cambiado durante su ausencia: unos desean casarse, otros partirán para la guerra, y los últimos simplemente han perdido las expectativas. Solo –en medio de títeres que gritan “¡Duce!” frente a un altoparlante que declara la invasión de Etiopía, curas que bendicen la cruzada, políticos que sacarán provecho, maestros a los que no les importa, y muchachos que no entienden un pelo-, solo, pues, tendrá que empezar a afirmar un nuevo camino, pero tal vez ya tenga muy cerca la pista de aquellos que lo buscan.

La realidad campesina italiana

Vino y Pan elabora un complejo retrato del campesino italiano. Por un lado, recupera muchos de los elementos que lo configuran como hombre religioso: agüeros, supersticiones, y creencias; desde allí, Ignazio Silone estudia la manera en la que muchos de los aspectos de la realidad objetiva son interpretados; una mala cosecha, por ejemplo, puede ser el resultado de la no protección divina, de no colocar una cabeza de vaca sobre el marco de la puerta o, simplemente, de un mal de ojo. En la novela, los personajes de este tipo se ven por montones (la Matalena que cree tener un santo en su casa, la Bianchina que agradece el milagro de su vuelta a la vida, el Magascià que cuenta a Paolo cómo uno u otro vecino perdió su cosecha por envidia, entre otros).

El campesino italiano, por otro lado, es también un hombre trabajador: sea jornalero, propietario o simple arador, siempre debe su vida al trabajo cotidiano. Atestigua, de este modo, la llegada de los bancos que aseguran las cosechas, el declive de los grandes terratenientes afectados por el desmejoramiento de los suelos (este es el caso de la familia Colamartini) y, finalmente, la partida de muchos hacia América en busca de mejor suerte. Es el campesino que ve Paolo todas las mañanas desde su ventana, bien cerca de un borrico, caminando hacia la montaña o los viñedos, y que volverá entrada la tarde, encorvado y sucio a tomar vino en la posada.

Pero, el campesino italiano también es un hombre resignado. Podría pensarse que Vino y Pan es una novela de tono pesimista y, seguramente, podrían sumarse muchos argumentos. Es un hombre resignado porque sólo cree en su briega diaria, en las faenas de su presente y, por lo mismo, las grandes decisiones las deja inconcientemente a los políticos, esos encorbatados que van, de cuando en cuando, a llamarles: héroes del progreso o portavoces del desarrollo. En alguna de sus discusiones con Pietro, Cristina le aclara: “hasta las desigualdades sociales han sido creadas por dios y debemos acatarlas humildemente”; por demás, todos parecen pensar lo mismo: qué pueden hacer, siempre han funcionado las cosas de la misma forma, y pensar en ellas es un privilegio de quienes viven en la ciudad.

Precisamente, la discusión sobre el campesino italiano está propuesta por Silone desde una noción de ruptura: ruptura de la realidad urbana y la realidad rural. Lo que por la experiencia de Pietro Spina se nos presenta como incomunicación, distancia e inquietud, no es otra cosa que el resultado de una ruptura entre lo que se piensa a un lado y otro de ese muro infranqueable que se ha creado entre el campesino y el ideólogo. Se sabe que para un socialista, que encuentra en el campesinado el potencial de la revolución, la imposibilidad de encontrar un lenguaje compartido se traduce necesariamente en problema; pero es más todavía cuando, como es el caso de Spina –y de Silone-, el intelectual es de origen campesino, esto es, ha nacido en el campo, pero ha viajado a la ciudad, aprendido ciertas lógicas, y ahora no sabe cómo ponerlas a funcionar. Para sus adentros, mientras observa detalles del paisaje, Pietro Spina piensa:

“Si pudiese dormirme aquí mismo y mañana por la mañana despertar, ponerle al burro su albarda e irme a la viña. Si pudiese dormirme y despertarme, no sólo con los pulmones sanos, sino también con la cabeza de un hombre corriente y moliente, con el cerebro liberado de toda abstracción. Si pudiese reengancharme en la vida real y normal. Cavar, arar, sembrar, recoger, ganarme la vida y el domingo hablar con los demás hombres. Cumplir la ley que manda: ganarás el pan con el sudor de tu frente. Pensándolo bien, tal vez el origen de mis angustias radique en esta infracción de la antigua ley, en mi costumbre de rodar por cafés, bibliotecas y hoteles, en haber roto la cadena que durante siglos había ligado a mis antepasados a la tierra. Posiblemente me siento un hombre fuera de la ley, no tanto por contravenir los decretos arbitrarios del partido gubernamental cuanto por estar fuera de aquella ley más antigua que estableció: te ganarás la vida con el sudor de tu frente. Ya no soy un campesino, pero tampoco he llegado a político; me es imposible volver a la tierra, pero aún más difícil volver al mundo imaginario en que he vivido hasta ahora” (Pág. 88)
Como se ve, una cuestión que responde a la identidad del campesino –ser religioso, trabajador y resignado- se traduce en términos de gran duda existencial. Un no ser que es producto de una ruptura, de haber sido uno, de ser luego otro, y de no poder congeniar la dualidad. Spina se dice: “me doy cuenta de que no puedo ser campesino, pero tampoco revolucionario”, es decir, ha renunciado a la pureza de esas existencias, y no parece posible una mixtura ideal: el campesino revolucionario. Pietro Spina, criado en los campos de Rocca dei Marsi, empezó a dejar de ser campesino una vez empezó a asumir el discurso socialista; si este último es inevitablemente idealista, estuvo condenado desde un principio frente a la realidad activa y situada del campesino.

La tensión religión-revolución

Esta situación que venimos describiendo encuentra en la religión una de sus vías de expresión más claras. Siendo la religión una característica muy frecuente del campesino italiano, su influencia pervivirá, más o menos, a lo largo de su vida. No importa, como es el caso de Spina, que después de ser educado en una escuela religiosa, haya descreído; el rastro perdurará como marca indeleble. No discutiremos acá las insinuaciones básicas: por qué Silone decide retomar en el título de su novela dos símbolos del cristianismo, por qué el pueblo donde irá a reposar Paolo se llama Pietrasecca (aprovechando el gusto por Pedro y el estatismo), o por qué tendrá que servirse de la imagen de un cura para que su personaje pueda escapar del Estado.

Lo que encontramos no es tampoco una relación de mutua exclusión. Vladimir Lenin se tomó el tiempo para escribir un libro acerca del modo en que se vinculaban religión y revolución, pero la reflexión de Silone se nos antoja más matizada. En el texto de Lenin hay una carga excesivamente abstracta, mientras que en Silone la reflexión toma cuerpo. Un día, mientras dialoga con algunos campesinos, Paolo Spada tomará un pan y dirá estas palabras: “el pan está formado con muchos granos de trigo, por eso significa unidad; y lo mismo el vino, porque está hecho de muchos granos de uva; unidad de varias cosas semejantes, iguales, útiles”. Palabras que son dichas en un momento decisivo y que, al parecer, serán las únicas en que vendrán a encontrarse campesino e ideólogo.

¿Significa esto que Vino y Pan promueve un revolucionario religioso? No, pero Spina defiende el discurso religioso, aun sabiéndolo en descrédito, porque reconoce en él las herramientas que le permiten actuar. A lo largo de las páginas se suceden las metáforas de revolucionarios religiosos, Spina lee en su larga recuperación breviarios y vidas de santos, y un cura –don Benedetto- es la referencia más viva de pensamiento liberador. Y todavía más, porque la religión se erige como zona de referencia frente a los problemas del socialismo como doctrina política:

“Se acordaba ahora de su primer ingreso en un círculo socialista. Se apartó de la iglesia no porque se hubiese desengañado de la eficacia de los sacramentos, de la validez de los dogmas, sino porque le pareció que se identificaba con la sociedad mezquina, corrompida y cruel que, por el contrario, había debido combatir. Cuando se hizo socialista no le movía más que el resentimiento. Aún no era marxista: el marxismo lo conoció más tarde, en el mismo círculo. Lo aceptó “como norma de la nueva comunidad”. Y en el entretanto, ¿aquella misma comunidad no se había venido a convertir en una sinagoga? (Pág. 100)
La religión permite encontrar un punto de reflexión para ir sobre los problemas del Partido: ¿Nos hemos vuelto una sinagoga con sus propios fundamentos inamovibles, a los que hay que rendir culto acrítico? ¿Hemos idealizado el partido hasta deificarlo? Silone se toma mucho tiempo en este análisis, por ello Spina discute con curas, con Cristina que es una acérrima religiosa, con los campesinos, y demás. Al modo de la historia de los mártires vendrá a encuadrarse todo: una iglesia marchita que vive de limosnas, guerras de rapiña que buscan mantener el poder de la dictadura, voces que vienen anunciando la liberación de Oriente, congregaciones que escuchan a los anunciantes, la policía sorprendiendo reuniones, torturas, prisioneros, fieles llorando sobre muertos, suplicios y hasta sonrisas en los labios.

La crítica al sistema socialista

“El socialismo es una doctrina noble, pero ingenua” –dice uno de los amigos de Pietro Spina cuando este le visita en Roma. Sin duda es noble porque está basada en principios justos y humanistas, pero también es profundamente ingenua, no sólo porque desconoce la complejidad de la realidad que tiene enfrente, sino además el futuro incierto que depara. Cuando Silone nos hace recorrer la Roma en pleno apogeo del fascismo, deambular por iglesias y calles en donde se realizan conspiraciones, y nos permite entrar a la sala de los exmilitantes del Partido, tiene una sola cosa en mente: mostrarnos una lista importante de vacíos.

Nos quiere señalar cómo el miedo puede más que el compromiso y la lealtad: varios amigos de Spina han sido torturados (les han abofeteado y orinado encima) y, por ende, ya no quieren saber de mítines, revueltas, ni de nada. Llenos de pánico salen a la calle, una sirena los vuelve locos, son presa de continuas pesadillas. En un régimen de terror, en una sociedad coercitiva hasta límites insospechados, lo mejor es conseguir un trabajo honrado y reducir los riesgos a lo mínimo.

Pero además quiere hacernos ver ese monstruo que se cierne sobre el socialismo: el totalitarismo. Ignazio Silone lo denunció políticamente en la década de los treintas y, aquí, en Vino y Pan, lo hace uno de los tantos inconformes del Partido, cuando le abre los ojos a Spina sobre la manera en la que todo ánimo de liberación termina siempre en un sistema represivo. Uliva, uno de sus amigos, prepara secretamente un atentado contra la iglesia, pero no vive de alucinaciones como cree Spina; al contrario, ha alcanzado la lucidez que le permite poner en claro lo siguiente:

“El porvenir nuestro es el pasado de otros países. De acuerdo, no lo niego, tendremos transformaciones técnicas y económicas. Lo mismo que ahora tenemos los ferrocarriles del Estado, la quinina, la sal, las cerillas y el tabaco del Estado, tendremos también pan del Estado, zapatos, camisas y calzoncillos del Estado, patatas y guisantes frescos del Estado. ¿Qué será un progreso técnico? Bueno, pero este progreso servirá de punto de apoyo a una doctrina oficial obligatoria, a una ortodoxia totalitaria que se servirá de todos los medios a su alcance, desde el cine hasta el terror, para extirpar cualquier posible herejía y tiranizar el pensamiento individual. A la actual inquisición negra sucederá la roja. A la censura de ahora, una censura roja. A las deportaciones de ahora, las deportaciones rojas, cuyas víctimas predilectas serán los revolucionarios disidentes. Y del mismo modo que la burocracia actual se identifica con la patria y extermina cualquier adversario, denunciándolo como vendido al extranjero, vuestra futura burocracia se identificará a sí misma con el Trabajo y el Socialismo, y perseguirá a todo el que continúe pensando con la propia cabeza como agente vendido a los industriales y a los campesinos” (Pág. 185)
Pues bien, ese es el paisaje propuesto por Silone: ¿Un socialismo degenerado en un sistema castrante y opresor? ¿Unos valores que no funcionan en la cotidianeidad de las relaciones? ¿Un insuperable vacío comunicativo entre los hombres? A fuerza de necesidad, todos –todavía hoy- estamos llamados a respondernos a estas preguntas, puesto que ninguna razón puede ser legítima para declarar la pérdida definitiva de lo humano.
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Vino y Pan es una novela de gran alcance descriptivo que permite reconocer la manera en la que el afán liberador del socialismo es concebido en la ciudad y en las zonas rurales, por los intelectuales y los campesinos, por los desencantados y los activistas, por los materialistas y los religiosos y, del examen a lo sumo resulta una cosa en claro: todos somos responsables del destino del mundo, del destino del hombre, "se salva el hombre que supera su propio egoísmo de individuo, de familia, de casta y que libera su alma de la idea de conformarse con la perversidad imperante".

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