AUTOR: Alejandro Mayordomo
TÍTULO: El Aprendizaje Cívico
EDITORIAL: Ariel S.A. (Primera edición)
AÑO: 1998
PÁGINAS: 248
RANK: 7/10
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Por Alejandro Jiménez

Parafraseando a Kerschensteiner, Mayordomo afirma que "La educación es irremediablemente educación cívica", y estas palabras parecen definitivas a la hora de comprender el contenido general del texto: un recorrido histórico que parte de la Europa de la ilustración hasta la contemporaneidad con el ánimo de reconocer en cada momento de la historia, pero además en los diferentes países, las implicaciones que ha tenido la reflexión en torno a las políticas educativas para la formación cívica y democrática. En el primer capítulo se analiza la manera en la que las nociones de identidad nacional, educación y ciudadanía configuraron a través de la historia europea una cierta visión contemporánea sobre la democracia, la participación y el aprendizaje cívico.

El segundo capítulo se centra en las particularidades que esas mismas nociones tuvieron en el caso de la educación en España. El tercer y cuarto capítulo giran en torno a las problemáticas de la educación cívica en la actualidad, entendidas dentro del marco del desarrollo de la globalización económica, la hegemonía de los medios de comunicación y el individualismo.

Finalmente, un quinto capítulo, hace una breve reseña sobre algunas modalidades adelantadas en Europa y América Latina en la búsqueda de establecer prácticas que materialicen los aportes teóricos que se han venido construyendo. El texto cuenta con un gran soporte bibliográfico e ilumina aspecto de suma importancia en el debate sobre las posibilidades de la democracia para las sociedades, pero su lenguaje puede tornarse muy denso debido a la vuelta una y otra vez sobre los mismos aspectos de la problemática.

Identidad nacional y ciudadanía en la educación contemporánea

En esta primera parte Mayordomo inicia su recorrido histórico en el periodo comprendido por la Revolución Francesa. Sobre ella observará la creciente preocupación que tuvo la noción de ciudadano, desde la doble visión moral y ética, y que vendría a concretarse en aspectos tales como la identidad nacional y el patriotismo. La principal característica de la educación durante esta época será el hecho de centrarse en lo colectivo por encima de lo individual y de sacrificar –irónicamente- su inspiración en la razón por el amor que pudiera, por ejemplo, profesársele a la patria.

A partir de este acercamiento, el autor abre un panorama sobre la educación de la época ya con nombres propios. Condorcet (1792), quien distingue tres aspectos en el modelo de ciudadano propuesto por la revolución: 1. el de ciudadano propiamente dicho y que tiene que ver con catecismos políticos, y con nociones patrióticas, revolucionarias, nacionales y liberales; 2. el de la urbanidad, es decir, respecto de las normas y comportamientos propios de la conducta cívica y; 3. el de civilidad, que corresponde a la virtud social y el aprendizaje moral.

Kant atribuirá tres grandes dimensiones a la condición de ciudadano: la preocupación por el otro, por la patria y por el mundo; y dirá de ellas, además, que parten de una voluntad autónoma. Pestalozzi, por su parte observa dos fines concretos para la educación cívica: el uso libre e integral de las facultades (conocimientos) y, el formar hombres y ciudadanos (moralidad). Para el pedagogo tendría que existir una relación efectiva de retroalimentación entre los intereses del estado y los del ciudadano, para que aquel pueda actual libre y autónomamente, y el estado legisle y de espacios de forma acertada.

Así mismo Mayordomo pasa por los aportes de Goethe, Herbart, Fitche y Humboldt. Con este último se abre una cuestión en el panorama de la educación cívica no considerada con anterioridad y que tiene que ver con el sacrificio de la condición de hombres que puede estar como base para una educación del ciudadano. Por esa misma razón y, procurando que aquello por lo que había entrado en el contrato social se mantenga, la educación debe hacer coincidir lo más posible al hombre y al ciudadano, esto es, mantener un cierto estado de naturaleza entre ambos.

El camino esbozado por el autor continúa después de la discusión liberal en el socialismo del siglo XIX. Por supuesto allí el problema recaerá en la autoconciencia de clase y la lucha política, más que en las cuestiones concretas del ciudadano. Por ello mismo la educación tendrá un carácter mucho más emancipador y sus contenidos no podrán ser otros que los de la visión proletaria, puesto que los primeros, aquellos de los estados liberales, eran especialmente producto de la burguesía. Dentro de esta mirada se destacarán los aportes de Lenin y Makarenko.

La primera parte finalizará con la puesta sobre la mesa de los aportes hechos en primer lugar por la sociología, esencialmente de la mano de Durkheim; la escuela nueva, o lo que equivale a decir la exigencia que se hace al estado de formar ciudadanos conscientes de participar en la vida nacional, reconociendo la “ética estatal” de los mismos y sus actuaciones conforme a ella; la escuela activa: Cousinet y Ferriere, especialmente, que harán mucho más pronunciada la búsqueda de que la enseñanza cívica sea ante todo una práctica y no un conjunto de reglas procedimentales o marcos teóricos y; finalmente, los aportes de Freire y su apuesta por la educación para la libertad y el trabajo político-social.

La educación cívica en España

Lo que puede observarse en contraste con lo expuesto por Mayordomo en el primer capítulo es que España siempre estuvo un tanto relegada con relación a los otros países europeos en la formación cívica de sus ciudadanos. La razón más importante para que esto haya sido así está en la fuerte vinculación que tuvo en este país la enseñanza cívica con la religión.

Contrario a lo que sucedía en los estados de avanzada liberal, en España corrientes tales como el moderantismo afirmaban la necesidad de desconfiar de las bondades de la educación cívica como única fórmula para hacer frente a las corrompidas costumbres de la sociedad y postulaban, así, vincular una ética moral al dogma religioso. De modo que, por ejemplo, los deberes del ciudadano que se consideraban para la época (siglos XVIII-XIX) se dividían en tres grandes grupos: los que se tenían con relación a dios, a la sociedad y aquellos consigo mismo.

El cambio más radical de esta forma de entender la formación cívica tendrá lugar en los aportes de avanzada de Pablo Iglesias (1886). El autor dirá que si bien es cierto que los pueblos necesitan instrucción cívica, si ésta es promovida por quienes tienen algún interés en preservar la sociedad en esclavitud, resultará mejor evitarlo. Desde esa primera mirada de Iglesias, pasando por los aportes de Rafael Altamira, Jaime Vera, Eugeni d’Ors y Manuel Azaña, la educación cívica española se va transformando a costa de superar durante años los rechazos a los maestros revolucionarios, las más arraigadas costumbres, etcétera.

El examen del caso español concluye con un acercamiento a lo que fue la noción de ciudadano durante la guerra civil española y el papel que desarrolló el teatro en la propaganda republicana y demócrata en las zonas rurales y, finalmente, el periodo franquista, con sus especiales repercusiones para la forma de entender la educación en términos de el recrudecimiento del sentimiento nacionalista, el carácter militante, la supeditación de lo cívico a lo patriótico, elementos que perdurarían hasta pasada la reforma de 1970 en donde se apuntó a una visión de la educación cívica mucho más tolerante y crítica.

La problemática socio-política actual: una lectura pedagógica

Mayordomo encuentra una serie de problemáticas referentes a lo político-educativo en el panorama actual: 1. La falta de equilibrio entre libertad y deber; 2. Los continuos inconformismos de importantes capas de la sociedad; 3. La rutinización de la representación política; 4. La equiparación de la razón del estado con la razón privada; 5. El advenimiento del “yo” como única identidad y; 6. La economía como única fórmula identitaria.

Estos problemas pueden englobarse en la formulación del problema entre la anomia y la participación política, es decir, en la necesidad de buscar desde la pedagogía mecanismos que permitan desmantelar la burocracia, las estructuras administrativas y las máquinas partidistas, y creen por el contrario un nuevo espacio democrático que en términos de Giner, contendría los siguientes puntos: 1. La existencia de una política participativa; 2. La obligación política respecto al poder legítimo; 3. El reconocimiento y promoción de la libertad individual y el poder compartido y; 4. El ejercicio del disenso y la deliberación.

La formación para el civismo

En este punto, Mayordomo recoge especialmente los aportes de Heller y Mc. Laughlin, y esboza un marco general de cultura cívica. Dicha cultura consiste en la preparación del individuo para un correcto y activo desempeño social y político, desde la comprensión de su realidad democrática y con el consentimiento de la ley y la moral. Esto equivale a hablar de un individualismo responsable, en donde al tiempo que se reflexiona se es capaz de argumentar las posiciones (dimensión ética).

La ciudadanía de esta forma pasa de una visión minimalista en donde la identidad se define en términos formales/legales, y sus virtudes se definen exclusivamente desde un conjunto de requerimientos y herramientas procedimentales; para convertirse en un proceso de construcción constante, de búsqueda de conciencias y redefiniciones. Proceso en el que la escuela tiene su propia cuota de responsabilidad en términos de la necesidad de que se funde en principios democráticos y practique y organice todas sus actividades conforme a ellos, sabiendo que son los mismos que aplican en la sociedad en general y que por lo tanto son el primer espacio de socialización en donde el hombre asume el problema cívico y político.

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